26/07/2026
Santificamos a Evita en una necesidad de honrar su memoria, glorificar su alma rebelde y agradecer hasta el fin de los tiempos su entrega incondicional al pueblo.
En una espita ella puede molestar tanto como cuando salía a hablarles a sus descamisados. Santa no era, era perfectamente humana, suficientemente atrevida para ser la piedra en el zapato de los oligarcas.
Conoció el hambre, la desigualdad y el desprecio de quienes creían que algunos lugares estaban reservados para otros. Y que cuando llegó a un lugar de poder no se olvidó de dónde venía.
Eso es lo que todavía resulta tan difícil de explicar. Evita no entendió la política como una carrera, ni como una forma de ascender individualmente. La entendió como una herramienta para cambiar la vida de quienes habían sido acostumbrados a esperar. ¿Qué es sino acaso la política?
Atrevida y metida era la piba de los Toldos. Así se metió en la discusión pública. Se metió en la vida de las mujeres, de los trabajadores, de los niños, de los ancianos, de quienes nunca habían sido prioridad para nadie.
Por eso la amamos tanto; y por eso la odian tanto.
Porque Evita no pidió permiso para ocupar un lugar. Lo ocupó. Todo en apenas 33 años de vida pero una inmortalidad que sigue molestando.
Todavía molesta que una mujer hable fuerte, que se plante, que no sea dócil, que no pida permiso, que no acepte que le digan cuál es su lugar.
Quizás por eso Evita sigue estando. Porque no fue una mujer que pasó por la historia. Fue una mujer que hizo que la historia cambiara de lugar.
Y algunas mujeres, cuando se van, no dejan un vacío, dejan una tarea.