22/01/2026
Los invito a leer mi columna de opinión en La Paz Cesar medio de comunicación digital comunitario de mi municipio.
El miedo como estrategia política
Por: Hilmer Costa Urzola
En política, los hechos no operan en el vacío. Operan dentro de narrativas: marcos mentales que ordenan la realidad, definen quién es víctima, quién es villano y quién tiene legitimidad para actuar. Cuando un conflicto se nombra como “terrorismo” o como “defensa”, no se describe un hecho: se habilitan respuestas —militares, económicas o diplomáticas— y se clausuran otras. Quien controla la narrativa, controla la reacción social.
Bajo esa premisa conviene analizar las narrativas que rodean las decisiones económicas del gobierno de Gustavo Petro. El aumento del salario mínimo, el anuncio de reducción gradual del precio de la gasolina tras sanear el Fondo de Estabilización, la eliminación de algunos peajes, la entrega de tierras a campesinos, el descenso del dólar, la reducción del desempleo y la desaceleración de la inflación han sido presentados por el Ejecutivo como una estrategia de reactivación con enfoque social: al aliviar costos de vida y de producción, se estimula el consumo, se dinamiza la producción y se refuerza la demanda interna. Esa es la tesis gubernamental.
La oposición, por su parte, ha construido una narrativa agresiva que no discute únicamente los datos, sino el sentido de los datos. Allí donde el gobierno habla de redistribución y estímulo, la crítica instala marcos de pánico económico: “irresponsabilidad fiscal”, “espiral inflacionaria”, “ahuyentamiento de la inversión”. No se trata solo de advertencias técnicas —algunas legítimas y necesarias en una democracia—, sino de un relato que busca anticipar el desastre para condicionar la percepción ciudadana antes de que los resultados se consoliden o se evalúen con evidencia.
Ambas narrativas cumplen una función política. La primera intenta legitimar un giro del modelo económico hacia la inclusión; la segunda procura preservar reglas de juego que consideran probadas o menos riesgosas. El problema emerge cuando la disputa narrativa sustituye al análisis: cuando el temor se usa como atajo para deslegitimar, o cuando el optimismo se vuelve impermeable a la crítica técnica.
Un liderazgo responsable no renuncia a la narrativa —porque gobernar también es explicar—, pero tampoco la convierte en propaganda. Reconocer avances macroeconómicos no implica negar riesgos; advertir riesgos no exige sembrar pánico. La deliberación pública gana cuando los marcos se transparentan y los datos se
discuten sin caricaturas.
En últimas, la pregunta no es solo qué medidas se toman, sino cómo se narran y para qué. Si la narrativa logra conectar estabilidad con justicia social, y crítica con rigor técnico, el país habrá dado un paso hacia una conversación económica más madura. Ahí es donde la política deja de ser ruido y empieza a ser conducción del desarrollo.
Para cerrar, conviene recordar que las narrativas más agresivas no siempre buscan comprender la realidad, sino condicionar el voto futuro. En contextos de transformación, el miedo suele ser un recurso político eficaz: paraliza, confunde y desgasta la confianza colectiva. Frente a ello, la ciudadanía tiene una tarea estratégica: no renunciar al pensamiento crítico ni dejarse arrastrar por relatos diseñados para deslegitimar avances con fines estrictamente electorales. Evaluar con serenidad, contrastar datos y distinguir entre crítica técnica y pánico inducido es, hoy, un acto de responsabilidad democrática.
El proyecto progresista que encabeza Gustavo Petro no se fortalece negando los desafíos, sino demostrando que es posible gobernar con justicia social, estabilidad macroeconómica y deliberación pública. Si la sociedad logra sostener una lectura propia —informada y no reactiva— , la narrativa del desarrollo dejará de ser un campo de manipulación para convertirse en un horizonte compartido. Allí, más que consignas, lo que se respalda es una apuesta: que el cambio se mida con argumentos, no con miedo