24/04/2026
Publicidad oficial o propaganda: el memorando que desnuda una peligrosa deriva
En medio de un contexto fiscal apretado, con un Estado que reconoce dificultades financieras y con múltiples sectores reclamando recursos, el presidente Gustavo Petro ha emitido un memorando que, más que una directriz administrativa, parece un síntoma preocupante del rumbo político del Gobierno.
La instrucción es clara: todas las entidades del orden nacional, centralizadas y descentralizadas, deben promover de manera “expresa y urgente” los logros del Gobierno, destinando recursos para pauta publicitaria en medios tradicionales y digitales. No se trata de una sugerencia. Es una orden.
Y allí comienzan los problemas.
El primero es económico. En un país donde el déficit fiscal es una preocupación constante y donde el propio Gobierno ha insistido en la necesidad de austeridad, resulta difícil justificar la destinación de recursos públicos a campañas de autopromoción institucional. No es inversión social, no es infraestructura, no es atención a necesidades urgentes. Es narrativa. Es imagen. Es, en esencia, gasto orientado a mejorar la percepción del Gobierno. En otras palabras, un uso discutible de recursos escasos.
El segundo problema es político, y más delicado. Aunque el documento no lo diga de forma explícita, el efecto es evidente: se está movilizando toda la estructura estatal para posicionar un discurso favorable al Gobierno en un momento en el que sus reformas enfrentan resistencia institucional. La línea entre comunicación pública y propaganda política no solo se vuelve difusa, sino que prácticamente desaparece. Cuando el aparato estatal se pone al servicio de la construcción de una narrativa política, el equilibrio democrático empieza a resentirse.
A esto se suma una inquietud jurídica nada menor: el contexto de ley de garantías. En periodos preelectorales, las reglas sobre contratación pública son claras y buscan precisamente evitar que el poder se utilice para influir en la competencia política. Ordenar la disposición de recursos para pauta publicitaria en este escenario no solo genera dudas, sino que plantea el riesgo de un eventual desconocimiento del marco normativo vigente. La pregunta es inevitable: ¿cómo se van a realizar esas contrataciones sin vulnerar las restricciones legales?
El memorando, en apariencia administrativo, termina revelando una lógica distinta: la de un Gobierno que, ante las dificultades para sacar adelante su agenda en los escenarios institucionales, recurre a la presión mediática financiada con recursos públicos. No es la primera vez que ocurre en América Latina. Y los antecedentes no son precisamente alentadores.
El problema de fondo no es comunicar. Todo gobierno tiene el deber de informar. El problema es cuándo informar se convierte en promover, y cuándo promover se convierte en imponer un relato desde el poder.
En democracia, las instituciones no están para amplificar la voz del Gobierno, sino para equilibrarla.
Y ese equilibrio, hoy, parece estar en riesgo.