13/04/2026
‼️DE LA IZQUIERDA A LA DERECHA, ¿DEL CRISTIANISMO AL POPULISMO?‼️
PETRISTA ARREPENTIDA?
Colombia no está simplemente en una coyuntura electoral. Está en una encrucijada moral, política y social donde el ciudadano comienza —por fin— a cuestionar lo que antes aceptaba sin análisis.
Hoy, a pocos días de una decisión crucial, no hay claridad absoluta sobre por quién votar. Y eso no es debilidad, es conciencia. Porque quien piensa, duda. Y quien duda, difícilmente cae en el fanatismo.
En su momento, muchos ciudadanos respaldaron propuestas de cambio representadas por figuras como Gustavo Petro, incluso desde movimientos como el Pacto Histórico. Se creyó en una transformación real, en una política más cercana a la gente, en una ruptura con las viejas prácticas. Sin embargo, la realidad ha mostrado otra cara: un país con tensiones crecientes en la salud, incertidumbre en la seguridad, desgaste institucional y señales contradictorias frente a quienes generan empleo y desarrollo.
Pero el problema no es solo el gobierno actual. También lo es la forma en que la política se reconfigura sin principios.
El caso de Amparo Hernández es una muestra clara de esa incoherencia que hoy genera desconfianza. Haber sido parte del Pacto Histórico, apoyar un proyecto político, y ahora aparecer junto a Paloma Valencia, representante de una línea ideológica completamente distinta, plantea preguntas inevitables:
¿Qué cambió realmente?
¿Qué no le gustó del gobierno que apoyó?
¿Hubo una ruptura por principios o un simple reacomodo estratégico?
O peor aún:
¿Estamos frente a una política que no responde a convicciones, sino a la necesidad de mantenerse vigente dentro de un poder efímero?
Porque cuando los discursos cambian con tanta facilidad, lo que se debilita no es una ideología, es la credibilidad.
Y si a esto se le suma la mezcla entre fanatismo religioso y política, el escenario se vuelve aún más delicado.
Cuando la fe —que debería ser un espacio íntimo y espiritual— se convierte en herramienta de influencia política, se crea un cóctel peligroso que distorsiona la conciencia colectiva, manipula emociones y limita la capacidad crítica del ciudadano.
No se trata de atacar creencias.
Se trata de cuestionar su uso como instrumento de poder.
Colombia ya vivió las consecuencias de una derecha que polarizó, que gobernó desde el miedo y que dejó profundas grietas en la sociedad, representada en su momento por liderazgos como Álvaro Uribe Vélez.
Y hoy enfrenta una izquierda que prometió transformación, pero que también ha generado frustración y dudas sobre su capacidad real de gobernar con equilibrio.
Entonces, ¿qué le queda al ciudadano?
No caer en la trampa.
No elegir desde el miedo a que “regrese uno” o “se quede el otro”.
No dejarse arrastrar por discursos reciclados ni por alianzas que nacen más del cálculo que de la coherencia.
Porque mientras el país se divide entre extremos, existe un círculo silencioso de poder que no cambia de color político, que no pierde elecciones y que siempre encuentra la forma de mantenerse vigente.
Ese círculo no cree en izquierda ni en derecha.
Cree en el control.
Por eso, el verdadero desafío no es elegir entre dos bandos desgastados,
sino impedir que los mismos de siempre sigan administrando el país desde distintas caras.
Hoy más que nunca, Colombia necesita ciudadanos que piensen, que cuestionen, que no se arrodillen ante ningún líder político.
Ciudadanos que entiendan que el voto no es un acto de fe, sino un acto de responsabilidad.
Porque si no se rompe ese ciclo,
no importa quién gane.
El poder seguirá siendo de los mismos,
y el país seguirá pagando las consecuencias.