15/08/2026
Mi cabeza y mi mirada se iban inclinando poco a poco hacia el pecho, cuando un espasmo me obligó a abrir los ojos después de dar un brinquillo en esa banca fría e incómoda.
El viento golpeaba mi cara, mezclando el calor de mi rostro con el aire helado de la realidad que me estaba despertando.
Anoche bebí otra vez y, aunque en la mañana logré hacer un poco de ejercicio, al parecer mi batería se había agotado y el poco porcentaje me alcanzó hasta llegar al parque, donde me dejé caer, sentado debajo de la sombra de un árbol y sobre el metal frío en mi posadera y espalda.
Crudo, sin fin alguno. Supongo que buscaré algo de comer antes de que el estómago pase factura y las arcadas se conviertan en algo más bochornoso.
No es la primera vez que bebo sin motivo y, sinceramente, dudo que sea la última, y es que ¿cómo puedo lidiar con un mundo que no me gusta y no quiero vivir?
Y no, no, mi querido lector, no vaya usted a pensar que he llegado a soñar con mi muerte anticipada; es más, al contrario, sigo buscando dónde encajar.
2
Tengo la mala costumbre de caminar con música mientras prendo ci****os en el momento adecuado de cada canción. A veces fumo de más sin querer; a veces camino de más también.
Hoy encontré una nueva marisquería, nada mejor que un buen plato de encebollado para devolverme a la vida. ¡Oh, Dios mío!
¡Recupera este cuerpo!
Creo que este día terminará más rápido que otros. No me gusta ver el reloj, pienso que es una guía para organizar mi día, pero ahora no le encuentro uso, más que adornar mis poemas y mis noches cuando no encuentro la calma necesaria para terminar el día, para terminar la noche.
Un día más, una noche más, todo al final da lo mismo cuando tu único objetivo de vida es dar vueltas entre un trabajo inconforme, saludos triviales entre conocidos y almuerzos rodeado de mesas, mas no de gente.
Sí, sí, es suficiente por hoy, es suficiente por hoy.
3
¡Maldita sea! ¡Maldita sea!
¿Qué necesita hacer uno para poder dormir en paz? ¿Cuál era la maldita necesidad de hacer un desfile a las ocho de la mañana? ¡Maldita sea!
Supongo que no tengo otra opción que levantarme. Supongo que mi única opción es comenzar el día.
¡Ah! Pero me van a escuchar. Necesito saber sus nombres y el lugar indicado donde pueda poner una queja. Es increíble que no consideren el descanso del pueblo. ¿Cómo esperan que «saquemos el país adelante» y llenemos los bolsillos del patrón si no podemos dormir?
Me van a escuchar.
Supongo que me tomó menos tiempo vestirme que abrir la puerta y bajar, a pasos impulsivos y con rabia escondida, directamente al municipio del pueblo. Sé que ahí me pueden ayudar, sé que ahí me deben ayudar.
Fueron cerca de nueve cuadras, aunque yo sentí como si fueran dos horas de camino en hora pico.
¿Y para qué? ¡Maldita sea! ¿Acaso esta gente no trabaja? ¿O acaso fui yo el estúpido que no pudo notar que el personal se encontraba en el mismo desfile que hoy me está enervando?
Al diablo. Tendrán que oír mis quejas. Buscaré algún salón donde comer algo. ¡Maldita sea! Ahora debo esperar que termine el dichoso desfile.
4
Caminé unas cuadras hacia abajo. Vi cerca de tres letreros de comida, aunque ninguno me llamó la atención. Por el contrario, hallé una casa al final de la esquina. Era un poco vieja, más de lo usual que caracterizaba esas casitas del centro colonial.
Una casa linda a pesar del descuido, color celeste de fachada y un pequeño balcón blanco saliendo del segundo piso, blanco que se volvía crema, con toque de negro desgastado.
Decidí entrar, pero no por la fachada de casita colonial, sino por el letrero. Qué digo, el letrero; más bien, el nombre que mostraba la publicidad, que, a diferencia del estilo del lugar y rompiendo la armonía de la casa, era un letrero reluciente, con luces por los laterales, colores a buena definición de fondo negro y unas letras doradas en el centro que dibujaban el contraste entre casa y restaurante.
Un nombre, o más bien apellido, que me retumbaba en el lado materno de mi familia, por lo que, antes de entrar, decidí hacer enviar un mensaje.
—Hola, mami —escribí—, encontré su apellido en esta esquina.
(Adjunté foto).
Pasé enseguida y busqué la mesa del fondo. Me gustaba la privacidad y lo menos que quería era alguien fastidiando ahora, no ahora que lo único que tengo es rabia para con los que me despertaron y arruinaron mi paz antes de las 9 a. m.
Me llamaron la atención los asientos; eran muy confortantes y limpios, aunque la estética era interesante. Estaba llena de colores y figuras que ya había visto entre ferias del colegio, pero que realmente nunca comprendí, una cruz o algo así.
De pronto vi una señora que salía de la cocina. Llevaba un delantal oscuro que combinaba con su pollera, una chaqueta negra y un gorro blanco que, por algún motivo, estaba forrado por una funda transparente.
Llevaba algunos platos en sus manos, pasando como una locomotora por el frente mío, dejando mis manos a medio alzar y mis palabras a medio pronunciar, con el único objetivo de pedir algo de comida.
—Qué más da —pensé—. Decidí esperar a que diera la vuelta para intentar hablarle nuevamente.
Saqué mi teléfono para entretenerme por unos segundos y, al segundo de presionar el bloqueo, pude ver un mensaje con el nombre de mi madre, seguido del contenido: «Es el restaurante de mi primo».
Sonreí y decidí esperar nuevamente, pero ahora lo hice con una actitud mucho más limpia y de alegría. Casi, casi estaba olvidando el percance que me trajo sin desayuno al centro del pueblo.
Me presentaría, diría mi apellido y hasta comería gratis —pensé—, cuando la locomotora volvió a pasar a mi lado, ya con las manos vacías, pero repitiendo el acto de pasar por mi lado como si de una silla vacía se tratara.
Me levanté de golpe, jalando la silla hacia atrás, provocando un ruido que logró que la atención de «la locomotora» por fin fuera para mí, torciendo su cuello antes que su cuerpo. Pude ver su ceño fruncido a causa de mi pequeña escena.
—¡Disculpe! —le dije—. ¿Podría, por favor, atenderme? Llevo un buen rato aquí y usted no quiere atenderme. ¿Es acaso que necesita que llame a sus jefes para que me brinden servicio? ¿O no sabía usted que soy un pariente muy allegado del dueño?
La locomotora se había encendido, botando humo por la nariz, como si de un toro a punto de atacar se tratara.
Caminó hacia mí, pisando fuerte y largo hasta poner su rostro frente al mío y, casi escupiendo sus palabras, con un tono un poco chillón aunque enojado, dijo:
—¿Qué quieres? —me dijo casi amenazante—. Estoy atendiendo. Ni saluda y quiere que atienda. Ni saluda, ni habla, ni pide. Yo no atiendo.
Me molesté el doble y volví a repetir:
—Yo soy un familiar allegado del dueño, y él se va a enterar de la estupidez que acaba de decirme.
Bajé la vista y saqué mi celular. Pensé en llamar a mi madre para que me diera el número de su primo y poder quejarme, y así haría que la locomotora por fin parara y me ofreciera las disculpas que merecía.
A lo que me interrumpió su voz, rabiosa, irritada, salvaje.
—Yo soy esposa del dueño —dijo—. Mi esposo murió hace años. ¿Quién eres? ¿Qué quieres? —volvió a preguntar, amenazante—.
Mi**da —pensé—.
Expliqué mi nombre rápidamente y de dónde provenía, a lo que la locomotora no quiso escuchar y, caminando enojada a la puerta y señalando hacia el pueblo colonial, a gritos que no entendía por palabras sino por gesto, gritó que me fuera.
Bajé la mirada, lleno de vergüenza e indignación, y, recordando con ira el desfile, volví a decir:
—¡Maldita sea! Todo es su culpa, pero me van a oír.
Salí a regañadientes y, antes de abandonar del todo la vereda que daba a la casa, alcancé a gritar:
—¡Ahí queda su huevada!
Sin comer y con el doble de ira que comencé, me dirigí nuevamente al municipio. Se me hizo fácil llegar y muy rápido pasar hasta la ventanilla donde sabía podía quejarme.
Ya casi llegando, alcancé a ver la silla de la ventanilla vacía. Mi ira se triplicó al ver que no había quien escuchara toda la indignación que cargaba por el día que me habían hecho pasar.
Me dispuse a volver a casa, cuando vi un flyer que estaba pegado en la pared de junto de la oficina. El papel decía e invitaba al:
«Festival Tayta Urku», a realizarse en lo alto de la montaña, cerca de los miradores donde los turistas subían por fotos.
Me llamó la atención el nombre y el idioma que tan nuestro y no lo conocía, pero me llamó la atención más que habría una transmisión en vivo con el alcalde del pueblo.
Es mi momento —pensé—. Iré hasta ahí, me tendrá que oír y que escuche el que tenga que escuchar.
No quedaba más. Salí rápidamente de ese edificio viejo disfrazado de municipio y encendí un cigarro para escoger la canción que me llevara de vuelta a casa.
Al fin llegué —pensé—. Había subido caminando y, en distintos buses, solo nos faltaba subir en b***o, me decía a mí mismo.
Caminé por una calle de tierra que estaba adornada por motos y carros de distintas personas que asistían al evento.
De fondo se veía una tarima con una pantalla grande; aún estaba vacía.
En los laterales colgaban luces que empezaban a alumbrar la noche que estaba por caer, la tarde que estaba por terminar.
Busqué un pedazo de césped y una piedra grande donde sentarme. Al descansar y con la respiración agitada, alcancé a ver un restaurante, una carpita acomodada hábilmente entre las piedras y el llano.
Me separa un montón de gente —pensé—. Cuestión de respirar un poco y caminar hacia mi próxima comida, que me daría la restauración indicada para poder hacer mis reclamos.
Caminé rápidamente, esquivando codos, círculos de personas y lo que parecía ser una danza antigua entre personas brincando con unas lavacaras en las manos.
Me paré de frente en el puesto y mi voz elevó el volumen, al mismo tiempo que lo fue bajando por la decepción e indignación que me inundó al ver quién se encontraba ahí.
La maldita locomotora —pensé—.
Giré mi rostro, fingiendo ver a otro lado y, acompañado de mi orgullo por lo sucedido en la mañana y teniendo presente mi último insulto, decidí caminar hacia un risco donde se encontraban algunas personas bebiendo y jugando.
No sé siquiera si «la locomotora» alcanzó a verme o reconocerme, pero preferí caminar rápidamente hacia el risco mientras murmuraba maldiciones e insultos hacia mí, hacia ella, hacia la montaña, hacia la distancia, hacia la incapacidad.
Bajé hasta la punta, me senté cerca de algunas personas que, sentadas cerca del filo, disfrutaban del paisaje.
Me dispuse a encender un tabaco para aliviar mi ira mezclada con vergüenza y arrepentimiento al haber ido a un lugar donde me terminaría estresando el triple.
Alcancé a escuchar a uno de los chicos del filo decirle al de al lado que mirara una montaña que se encontraba cerca, señalando con el dedo. No solo logró que el chico que le acompañaba regresara a mirar, sino que mi atención, como resorte, rebotó mi mirada hacia esa montaña.
Mi**da, mi**da, mi**da.
Me sentí caer, me sentí entre náuseas y arcadas.
La desesperación en mi cuerpo me levantó de golpe, mi respiración se había vuelto loca y mi cabeza quería colapsar.
Mis manos se entumecieron, lo pude sentir al momento de levantarme, lo que provocó que mi miedo aumentara.
—Mi**da, mi**da —pensaba mientras caminaba, casi corriendo, hacia la parte más segura del lugar.
Tropecé entre unas piedras, mi pie sintió el golpe y, mientras caía, solo podía sentir miedo acompañado con furia. Nuevamente susurré maldiciones mientras sentía pequeñas piedras clavándose en mis manos.
De la nada y como un ladrón en la noche, sentí una mano cálida en mi hombro, cerca del cuello.
Mi rostro, que miraba hacia el suelo, y mis ojos, que casi lloraban a causa de la ira, alzaron su atención a una mujer que, estirando su brazo y sujetando mi hombro, me decía con un tono burlón y una pequeña sonrisa:
—¿Está bien?
(PaypaWarmi cap 1)