26/09/2025
Dulce,
Hoy me encuentro hablándote como si aún fueras a contestar. Como si de verdad estuviéramos en tu terraza, yo con mi cigarro y mi café, tú con tu blanco París. Y entonces empezaríamos otra de esas conversaciones que nos dejaban desnudas, expuestas, vulnerables. Conversaciones de las que no se tienen con cualquiera, porque ahí se abre uno en canal, sin miedo, sin máscaras.
Nos debíamos tantas más, Dulce. Teníamos un viaje pendiente a La Gomera. Una promesa que me duele no haber cumplido contigo. Un café más, una charla más, un silencio compartido más. Me queda la rabia de lo que no fue, pero también la certeza de lo que sí tuvimos: esos momentos en que nos encontramos de verdad, en lo profundo, en lo humano.
Cuando me diste el premio La literatura es femenina, no fue un gesto simbólico, fue un pacto. Tú apostabas por mí, me ponías en el lugar de quien merece ser escuchada. Y lo que más me marcó no fue el reconocimiento, sino la confianza. Me miraste y me dijiste,: “eres increíble, nunca dejes de escribir. Tienes una poesía sincera que toca corazones”. Y desde entonces esa frase se me quedó dentro, clavada como una brújula.
Contigo aprendí que la literatura no es solo escribir, es vivir con intensidad, con inconformismo, con verdad. Aprendí que la vulnerabilidad no es debilidad, sino valentía. Tú y yo lo sabíamos bien: abrirse en canal es la única forma real de conocer a alguien. Y contigo lo hice. Tú lo hiciste conmigo.
Hoy me duele que no haya más cafés, más vinos, más conversaciones. Pero me quedo con esa Dulce exigente, incómoda, generosa, con la mujer que me empujó siempre un poco más allá. Y me quedo también con esa imagen que nunca olvidaré: tú con tu blanco París, yo con mi cigarro y mi café, las dos mirándonos de frente, sin disfraces, diciéndonos la verdad aunque doliera.
Ese viaje a La Gomera lo haré, Dulce. Y allí, frente al mar, te volveré a hablar. Como ahora. Como siempre.
Gracias por tanto.