30/06/2020
«Llora en el dojo, ríe en el campo de batalla».
Eri Takase
«Con el transcurso del tiempo, el joven había ganado seguridad hasta convertirse en un guerrero notable con el bokken. Aunque su punto fuerte, con mucha diferencia, continuaba siendo la defensa. Por pura necesidad, había desarrollado una técnica con escasas fisuras, apoyada en una concentración férrea y una afilada intuición que le permitían anticipar los ataques de su maestro y decidir si debía esquivarlos o armar un bloqueo.
»Pero al principio no fue así: durante meses, Kenzaburô le sorprendía una y otra vez en los duelos, aplastándole sin piedad. Cada ataque atravesaba su guardia como un vendaval aparta la hojarasca, pese a lo cual, nunca cayó lesionado de gravedad. Aquello sólo demostraba que su maestro sabía dónde golpear. El dolor, no obstante, se convirtió en un compañero inseparable para Seizô. Le arrancaba lágrimas durante las largas noches y le señalaba con cruel precisión, a través de las contusiones y hematomas, cada uno de sus errores del día anterior.
»Evitar ese dolor se convirtió en una poderosa motivación que aguzó sus instintos más allá de lo que creía posible. Poco a poco, aprendió a eludir el temible filo de madera de Kenzaburô, que se cernía sobre él alcanzándole incluso en sus pesadillas. También aprendió a que sus muñecas fluyeran cuando conducía la espada en el ataque y se transformaran en roca cuando bloqueaban. Aprendió a esquivar buscando la espalda del atacante, a anticipar las fintas y los engaños y a bloquear los golpes desviándolos siempre hacia fuera, pues el bokken, al contrario que la katana, carecía de guarda en la empuñadura, de modo que un impacto mal repelido acababa por deslizarse sobre la hoja hasta estrellarse contra los dedos del defensor en un estallido de dolor.»
Fragmento de El Guerrero a la Sombra del Cerezo, novela publicada por Editorial Suma de Letras.
(Fotografía de Takamitsu Sakamoto)