15/07/2026
En la Tierra, la lluvia es agua. Eso nos parece tan normal que cuesta imaginar que en otros planetas llueven cosas completamente distintas.
En Saturno, en las capas profundas de su interior, llueve helio. A medida que el planeta se enfría lentamente desde su formación hace 4.600 millones de años, el helio que está mezclado con el hidrógeno en las capas superiores comienza a separarse, igual que el aceite se separa del agua. Esas gotas de helio caen hacia el interior del planeta a través de una atmósfera de hidrógeno líquido metálico. Esta lluvia de helio fue predicha hace casi 50 años y confirmada experimentalmente en 2021 por un equipo internacional de físicos publicado en la revista Nature. De hecho, esa lluvia constante libera calor y es lo que explica por qué Saturno irradia más energía de la que recibe del Sol.
En Venus llueve ácido sulfúrico. Las nubes del planeta están compuestas de gotitas de ácido sulfúrico altamente concentrado que se forman a unos 50 kilómetros de altitud. Lo peculiar es que esa lluvia nunca toca la superficie: las temperaturas en Venus rondan los 465 °C cerca del suelo, así que las gotas de ácido se evaporan mucho antes de llegar. Llueve, pero la lluvia desaparece en el camino.
En Neptuno llueve metano en forma de nieve o granizo. En las capas altas de la atmósfera, el metano se congela y cae. Además, en las capas más profundas de Neptuno y Urano, bajo presiones y temperaturas extremas, el carbono del metano se comprime tanto que podría formar diamantes sólidos que caen hacia el núcleo como granizo de diamante.
Y en la Tierra llueve agua. Parece el menos espectacular de todos, pero es el único que conocemos capaz de disolver minerales, crear océanos, erosionar montañas y sostener la vida tal como la conocemos.