05/04/2026
🤍 Del centro de la ciudad al centro de la devoción solo hay un camino: el que empieza dentro.
Madre del Rocío…
hoy te hablo desde lejos,
desde esta meseta castellana
donde también se aprende a soñarte,
desde el centro de Madrid,
tan distante de tu marisma
y, al mismo tiempo, tan rendido a tu nombre.
Quedan 50 días.
47 días para volver a emprender el camino hacia Ti.
26 días para que el alma empiece a descalzarse por dentro,
para que el corazón vuelva a oler a jara, a arena y a promesa.
Y aunque aún estoy lejos,
yo ya me siento volando.
Este año, Madre, el camino tiene un latido distinto.
Porque lo hago con la mano pequeña de Gabriel entre la mía,
y en sus ojos vuelvo a verme niño,
vuelvo a descubrir la verdad sencilla de quererte sin medida,
sin explicaciones, sin ruido, como se quieren las cosas eternas.
Míralo, Madre.
Míralo bien.
Que aprenda de Ti la ternura,
la alegría limpia,
la fe que no presume
y el amor que permanece.
Que un día pueda decir que también él creció mirándote,
nombrándote en casa,
sintiéndote cerca
aunque la distancia dijera lo contrario.
Pero este año también llego a Ti con una herida.
Con ese silencio que dejan las ausencias verdaderas.
Con el hueco inmenso de mi abuela,
con la memoria viva de mi abuelo,
con todo lo que ellos sembraron en mí
cuando quizás yo aún no entendía que me estaban regalando una forma de vivir.
Ellos me enseñaron que el Rocío no es solo una romería.
Que es una manera de amar,
de esperar,
de confiar,
de volver siempre al mismo sitio
aunque la vida te cambie por dentro.
Mi abuelo me dejó la raíz.
La forma callada y firme de creer.
Las enseñanzas que no se escriben,
pero que se quedan para siempre en el alma.
Mi abuela me dejó el abrazo.
La entrega, la casa, la familia, la verdad del amor sin condiciones.
Y aunque su ausencia me duela todavía como una tarde que no termina,
hoy quiero pensar, Madre,
que ambos caminan ya a tus plantas del cielo,
muy cerca de Ti,
muy cerca de esa luz que nunca se apaga.
Por eso, cuando vuelva a verte,
no estaré solo.
Irá conmigo mi hijo,
irá conmigo mi historia,
irá conmigo lo que me enseñaron los que ya partieron,
e irán conmigo también esas lágrimas que a veces uno no sabe ni cómo nombrar.
Haz, Madre,
que Gabriel herede no solo la emoción del camino,
sino también su sentido.
Que sepa que venir a Ti
es volver al origen,
volver a la verdad,
volver a aquello que sostiene cuando todo lo demás se mueve.
Y hazme a mí digno de ese legado.
Digno del amor que recibí.
Digno de la fe que heredé.
Digno de llevar a mi hijo hasta Ti
como un día me llevaron a mí.
Desde Madrid te llamo, Madre.
Desde esta tierra de asfalto y prisa.
Desde esta distancia que parece inmensa en los mapas,
pero que se hace pequeña cuando el corazón sabe dónde vive.
Porque del centro de la ciudad
al centro de la devoción
solo hay un camino:
el que empieza dentro.
Quedan 50 días, Madre.
50 días para volver a volar hacia Ti.
Y yo, aunque siga aquí,
ya tengo el alma en la marisma. 🕊️