23/05/2026
Soy Antonella, tengo 27 años y soy mamá de dos hijos. Mi primer hijo nació por parto natural y mi segundo por cesárea.
Mi embarazo fue en general tranquilo, con todos los controles, estudios y ecografías al día. Todo venía bien, aunque tuve que empezar a medicarme por la presión. Por ese motivo, mi obstetra me había indicado que el nacimiento sería inducido alrededor de la semana 38.
En la semana 37 + 5 fui a hacerme una última ecografía para controlar el peso del bebé. En ese momento, la ecógrafa notó que el percentil había bajado a 14, y decidió hacerme un ecodoppler. A partir de ahí, todo cambió rápido. Se comunicaron con mi obstetra, fui al consultorio y me explicó que lo mejor era finalizar el embarazo ese mismo día mediante una cesárea.
Ella me preguntó si estaba de acuerdo, y aunque no estaba preparada ni física ni mentalmente, confié y acepté porque entendía que era lo mejor para mi bebé.
En ese momento sentí muchas cosas juntas: miedo, angustia y llanto. Todo fue muy rápido y difícil de procesar. Sin embargo, cuando llegué al hospital me acompañaron en cada paso. Me realizaron los estudios necesarios y, antes de la cesárea, me explicaron lo que iban a hacer, lo cual me dio tranquilidad.
Quiero destacar especialmente el acompañamiento del equipo de salud y de mi obstetra, que estuvo presente en todo momento y me hizo sentir contenida y segura.
Después del nacimiento, en neonatología también me ayudaron con la lactancia, algo que para mí era muy importante, ya que con mi primer hijo había tenido una mala experiencia. Esta vez me sentí acompañada y pude empezar de una mejor manera.
En esta Semana del Parto Respetado quiero compartir que, a pesar de haber sido una cesárea de urgencia, me sentí respetada. Me escucharon, me informaron y me acompañaron en todo el proceso.
Porque un parto respetado no depende solo de cómo nace el bebé, sino de cómo se cuida, se informa y se acompaña a la mamá en un momento tan importante.