02/08/2022
Pensar el extractivismo?
Se puede?
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«En un solsticio de amor
bajo tu vientre pondré
semillas de tu bondad
Madre Tierra»
Transitando los albores de la tercera década del siglo 21, se torna más necesario que nunca convocarnos a identificarnos con nuestra Madre Tierra. Porque Madre Tierra no es solo la naturaleza con sus animales y sus plantas. No es solo los ríos, los lagos y los cerros. No, no es solo eso. Madre Tierra es la Totalidad Viviente de la cual formamos parte. Nosotros, la Humanidad, como parte consciente de esta Totalidad Viviente, somos los únicos que podemos diseñar y ejecutar programas económicos que preserven o destruyan nuestra Madre Tierra. Existe un error sustancial en este siglo de las modas enlatadas, enlatados traídos desde Europa tras la invasión imperial, ya no con soldados vestidos de fajina, sino de oficinistas de ONGs extranjeras. Esa moda dicta que la defensa de la Madre Tierra es cosa del ambientalismo y que se puede ejercer esa defensa sin la involucración de la política. Falacia malintencionada si las hay. La destrucción de nuestra Madre Tierra es en esencia económica y su preservación es fundamentalmente política. La contracara del extractivismo no es no tocar una piedra de la naturaleza, como los sirvientes ambientales de la Embajada de Gran Bretaña nos pretenden enseñar. La contracara del extractivismo es la industrialización y el desarrollo tecnológico de nuestra tierra. Porque es cosa estudiada que el dinero que ingresa a nuestros países por cada tonelada de materia prima producida, es el mismo que ingresaría por cada 20kg de materia prima procesada. En otras palabras: si nuestros países dejaran de exportar materias primas y se dedicasen a agregarle valor en nuestra tierra, el volumen de recursos extraídos de la naturaleza para compensar la balanza comercial caería drásticamente. Entonces, si extrajéramos solo el cobre y el oro necesarios para el desarrollo de nuestra industria electrónica y la tecnología de sistemas, y no mucho más, si extrajéramos solo el hierro necesario para el desarrollo de nuestra siderurgia y un solo un pequeño remanente para exportación; si cultivásemos solo la porción de tierra necesaria para alimentar a nuestra gente más un remanente para vender a precio solidario a los países de la región que no poseen tierras cultivables, si hiciésemos eso, no tendríamos los problemas que hoy nos presenta la Megaminería y no serían necesario los desmontes ni la destrucción de nuestros bosques que provoca la sojización. Después de todo, no existieron Estados sobre la faz de la Tierra que hayan desarrollado una matriz productiva más armoniosa con la Madre Tierra que los grandes Estados de los Andes Centrales y de Mesoamérica antes de la invasión europea. Esos Estados practicaban la minería metalífera, hoy considerada la más contaminante del planeta. No es la actividad económica la que contamina, sino la tecnología empleada para llevarla a cabo.
Por otro lado, preservar a la Madre Tierra también es preservar a la Humanidad que la piensa y la siente, porque nuestra Madre Tierra es de tierra y de agua, de aire y madera, de piedra y de fuego, pero también es de carne y huesos (y de espíritu).
Nuestras economías coloniales extractivistas despojan del carácter sagrado del trabajo a nuestra gente, le quiten el pan nuestro de cada día. Porque un continente castigado por el flagelo de la desocupación, con la consecuente pobreza que esta acarrea, exporta junto a sus materias primas el trabajo que le quita de las manos a su gente. Solo en Argentina, junto a las exportaciones se van 8 millones de puestos de trabajo que se generan en países centrales en donde procesan y le agregan valor a las materias primas que nos compran a precio vil.
Por último, Madre Tierra es Pueblo. No existen los ingresos para el país que exporta. Existen ingresos para una elite económica que se los adueña y no los comparte con el resto de la población. Los sucesivos gobiernos que tienen por costumbre evaluar la salud del país medida por los ingresos en concepto de exportaciones son tan cómplices y genocidas como las oligarquías que dominan las economías regionales. No existen balanzas comerciales equilibradas en un continente despojado de sus recursos que se desangra en el hambre de sus hijos e hijas.
La única forma de preservar a nuestra Madre Tierra, es mermando el ritmo de extracción de bienes de la naturaleza, y eso solo lo lograremos si frenamos la locura agroexportadora y la fiebre del oro del siglo 21 (extractivismo extremo) y diseñamos y llevamos adelante políticas de sustitución de importaciones desarrollando nuestras industrias y emprendiendo el desarrollo tecnológico de la región.