27/01/2021
𝘾𝙍𝙄𝙎𝙄𝙎 𝙀𝙉 𝙇𝘼𝙎 𝘼𝙇𝙏𝙐𝙍𝘼𝙎 𝘿𝙀𝙇 𝘾𝘼𝙋𝙄𝙏𝘼𝙇𝙄𝙎𝙈𝙊
La irrupción de las bandas reaccionarias en el Capitolio de Estados Unidos el 6 de enero pasado es la muestra más conspicua y sorprendente de la profundidad la crisis política de ese país, que Biden pretende vanamente dejar atrás con el llamado a la unidad nacional realizado a propósito de su asunción. La misma ceremonia de asunción mostró a las claras la gravedad de la situación en la mayor democracia imperialista mundial: en lugar de hacerla frente a miles de ciudadanos, como es habitual, había sendas banderas estadounidenses clavadas en el césped en su reemplazo, y a pesar de ello hubo que movilizar a cerca de 25 mil miembros de la Guardia Nacional para resguardarla. Fue imposible garantizar la seguridad del acto porque se descubrió que muchos de los participantes de la toma del Capitolio pertenecían a las Fuerzas Armadas o de seguridad, retirados o en actividad.
El impeachment contra Trump, en tanto, es una forma poco creíble de ponerle límites a los grupos partidarios del expresidente, que se apoyó en el movimiento Tea Party gestado en décadas pasadas al calor de la crisis de la burguesía para gestionar el derrumbe económico. Este movimiento, que también tiene sus expresiones internacionales, hace pie en la conciencia más retrógrada de una parte importante de la población, que siguió apoyando al empresario con una alta votación en la última elección y que sigue siendo mayoría en el partido republicano, hoy con atisbos de ruptura. Otra muestra más de la crisis que desborda por derecha al mismo sistema, como una de las formas de la polarización.
¿𝐆𝐨𝐥𝐩𝐞 𝐨 𝐬𝐢́𝐧𝐭𝐨𝐦𝐚 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐝𝐞𝐬𝐜𝐨𝐦𝐩𝐨𝐬𝐢𝐜𝐢𝐨́𝐧?
La toma del Capitolio por parte de seguidores de Trump y sectores de ultraderecha, que fue insuficiente e ineficientemente repelida por las fuerzas del orden, fue calificada como intento fallido de golpe por parte de diferentes sectores, tanto los del esttablishment, como de la propia izquierda. Política Obrera dice, a través de la pluma de Altamira, que la derecha tiene más clara que la izquierda la significación golpista de la aventura de Trump (de la cual él mismo se quiso despegar, mandando a sus seguidores a casa), a pesar de que fue una acción planificada con semanas de antelación; y sostiene que esta acción inaugura el golpismo en el corazón del imperialismo.
Sin embargo, otros opinan que más que un intento de golpe o autogolpe fue una medida para “marcar el terreno” a los nuevos gobernantes. Nosotros, por nuestra parte, creemos que la caracterización prima facie de “intento golpista” desemboca en una posición democratista ante la situación, que abona la política del bipartidismo como forma de hegemonía del capital y la campaña a favor de la restitución del orden institucional de la mano de un presidente demócrata. Consideramos que la situación da cuenta, más bien, de la gravedad de la debacle de las instituciones de la democracia burguesa norteamericana, motorizada por la crisis económica mundial y por la irrupción del movimiento “Black lives matter” que se desató con fuerza contra la policía y el resto del Estado después del as*****to de George Floyd, en una de las mayores protestas vividas en las últimas décadas en el país del norte. La desviación a las urnas de las aspiraciones de las masas (con gran parte de la izquierda apoyando a Sanders y al Partido Demócrata) no desactivó la polarización, que en enero se visibilizó en su lado más reaccionario.
𝐍𝐮𝐞𝐬𝐭𝐫𝐨 𝐩𝐨𝐬𝐢𝐜𝐢𝐨𝐧𝐚𝐦𝐢𝐞𝐧𝐭𝐨
Pese a las salutaciones del arco “progresista” (Fernández dijo que la asunción de Biden plantea un “horizonte de esperanza”), el nuevo escenario poselectorral significa más miseria y más ajuste para las masas empobrecidas de América Latina y todo el ámbito de influencia del imperialismo estadounidense. La política de Biden consistirá en restablecer el poder de Estados Unidos en sus semicolonias y su hegemonía a nivel mundial, lo que, por supuesto, redundará en más ataques a las economías de los países semicoloniales, a través de la deuda externa como forma de dependencia financiera, o de la imposición de inmunidades para sus empresas multinacionales. La prensa habla, además, de un resurgimiento del belicismo expansionista en esta nueva gestión, teniendo en cuenta que el mandato de Trump fue el único donde no hubo invasiones a otros países.
En el mismo Estados Unidos, la situación no se vislumbra más alentadora para la clase trabajadora, no sólo porque la política del Partido Demócrata no es defender sus intereses, sino también porque incluso las reformas prometidas por Biden para contrarrestar la crisis económica agudizada por la pandemia todavía no se han anunciado. Varias de ellas no forman parte de las 17 medidas de emergencia tomadas en su primer día de mandato, como el cheque por $ 2000 dólares o las 100 millones de vacunas en 100 días. Esta política económica, que no frenará el brutal retroceso de la clase obrera (con los millones de despidos registrados desde el comienzo de los contagios de Covid, por ejemplo), utiliza como pantalla gestos “progres” como la presencia de mujeres y trans en el Ejecutivo y en el gabinete y una promesa de flexibilización de restricciones para los inmigrantes que todavía tiene que pasar por el Congreso. Como si fuera poco, el episodio de la toma del Capitolio sirvió de excusa para reflotar una ley antiterrorista que se enfoca supuestamente contra los supremacistas blancos y la extrema derecha, pero será aplicada contra los trabajadores, como siempre sucede.
Sin embargo, Biden no tiene nada de “progre”: fue elegido por Obama como vicepresidente por ser la figura más derechista y reaccionaria de su partido, con el objetivo de dar tranquilidad a las corporaciones. Como vice, dio el tono de una administración que rescató a Wall Street a expensas de la clase trabajadora, sumó guerras en Libia y Siria a las que heredó y continuó (en Irak y Afganistán), y promulgó políticas como el Obamacare, cuyo objetivo era fortalecer a las empresas estadounidenses, no mejorar la salud de los trabajadores. Además, previamente a la campaña presidencial, Biden generó polémica al elogiar a los demócratas segregacionistas ultrarreaccionarios en el Senado como James Eastland y Herman Talmadge. Hay que recordar, asimismo, que Kamala Harris, a pesar de ser presentada como un orgullo para las mujeres, se jactaba cuando era fiscal de ser “la mejor policía” y detentar el récord de encarcelamientos en California, principalmente de trabajadores y marginales. Recibió, por otra parte, críticas de organizaciones de personas abusadas por sacerdotes, a los que dejó en libertad.
𝑹𝒆𝒔𝒊𝒔𝒕𝒂𝒎𝒐𝒔 𝒍𝒐𝒔 𝒂𝒗𝒂𝒏𝒄𝒆𝒔 𝒄𝒐𝒏𝒕𝒓𝒂 𝒍𝒂 𝒄𝒍𝒂𝒔𝒆 𝒕𝒓𝒂𝒃𝒂𝒋𝒂𝒅𝒐𝒓𝒂
𝑼𝒏𝒊𝒅𝒂𝒅 𝒅𝒆 𝒍𝒂𝒔 𝒍𝒖𝒄𝒉𝒂𝒔 𝒂𝒏𝒕𝒊𝒓𝒓𝒂𝒄𝒊𝒔𝒕𝒂𝒔 𝒚 𝒍𝒂𝒔 𝒍𝒖𝒄𝒉𝒂𝒔 𝒐𝒃𝒓𝒆𝒓𝒂𝒔 𝒆𝒏 𝑬𝒔𝒕𝒂𝒅𝒐𝒔 𝑼𝒏𝒊𝒅𝒐𝒔
𝑪𝒐𝒏𝒇𝒊𝒔𝒄𝒂𝒄𝒊𝒐́𝒏 𝒅𝒆 𝒈𝒂𝒏𝒂𝒏𝒄𝒊𝒂𝒔 𝒅𝒆 𝒃𝒂𝒏𝒄𝒐𝒔 𝒚 𝒈𝒓𝒂𝒏𝒅𝒆𝒔 𝒄𝒂𝒑𝒊𝒕𝒂𝒍𝒆𝒔 𝒑𝒂𝒓𝒂 𝒂𝒇𝒓𝒐𝒏𝒕𝒂𝒓 𝒍𝒂𝒔 𝒄𝒐𝒏𝒔𝒆𝒄𝒖𝒆𝒏𝒄𝒊𝒂𝒔 𝒅𝒆 𝒍𝒂 𝒑𝒂𝒏𝒅𝒆𝒎𝒊𝒂. 𝑺𝒂𝒍𝒖𝒅 𝒈𝒓𝒂𝒕𝒖𝒊𝒕𝒂 𝒚 𝒂𝒄𝒄𝒆𝒔𝒊𝒃𝒍𝒆 𝒑𝒂𝒓𝒂 𝒕𝒐𝒅𝒐𝒔 𝒍𝒐𝒔 𝒆𝒔𝒕𝒂𝒅𝒐𝒖𝒏𝒊𝒅𝒆𝒏𝒔𝒆𝒔 𝒆 𝒊𝒏𝒎𝒊𝒈𝒓𝒂𝒏𝒕𝒆𝒔.
𝑶𝒓𝒈𝒂𝒏𝒊𝒛𝒂𝒄𝒊𝒐́𝒏 𝒚 𝒍𝒖𝒄𝒉𝒂 𝒑𝒂𝒓𝒂 𝒅𝒆𝒇𝒆𝒏𝒅𝒆𝒓𝒏𝒐𝒔 𝒅𝒆 𝒍𝒐𝒔 𝒂𝒕𝒂𝒒𝒖𝒆𝒔 𝒊𝒎𝒑𝒆𝒓𝒊𝒂𝒍𝒊𝒔𝒕𝒂𝒔 𝒆𝒏 𝒍𝒐𝒔 𝒑𝒂𝒊́𝒔𝒆𝒔 𝒅𝒆𝒑𝒆𝒏𝒅𝒊𝒆𝒏𝒕𝒆𝒔
𝑵𝒐 𝒂𝒍 𝒑𝒂𝒈𝒐 𝒅𝒆 𝒍𝒂 𝒅𝒆𝒖𝒅𝒂 𝒆𝒙𝒕𝒆𝒓𝒏𝒂.
𝑵𝒊 𝒖𝒍𝒕𝒓𝒂𝒅𝒆𝒓𝒆𝒄𝒉𝒊𝒔𝒕𝒂𝒔 𝒏𝒊 𝒅𝒆𝒎𝒐́𝒄𝒓𝒂𝒕𝒂𝒔: 𝒏𝒐 𝒉𝒂𝒚 𝒔𝒂𝒍𝒊𝒅𝒂 𝒆𝒏 𝒆𝒍 𝒎𝒂𝒓𝒄𝒐 𝒅𝒆𝒍 𝒄𝒂𝒑𝒊𝒕𝒂𝒍𝒊𝒔𝒎𝒐: 𝒄𝒐𝒏𝒔𝒕𝒓𝒖𝒚𝒂𝒎𝒐𝒔 𝒖𝒏 𝒑𝒂𝒓𝒕𝒊𝒅𝒐 𝒅𝒆 𝒍𝒂 𝒄𝒍𝒂𝒔𝒆 𝒂 𝒏𝒊𝒗𝒆𝒍 𝒊𝒏𝒕𝒆𝒓𝒏𝒂𝒄𝒊𝒐𝒏𝒂𝒍