20/08/2026
Demasiado tarde para lágrimas.
Y mucho más tarde para justificarse en la propia necedad e ignorancia.
Esto que está sucediendo hoy en nuestro país, como están sucediendo cosas parecidas en el resto del planeta, estaba anunciado, explicado y advertido desde hace más de cincuenta años.
En junio de 1972 se publicó el resultado del primer trabajo científico/técnico exhaustivo acerca del consumo de recursos naturales y emisión de desechos por el metabolismo de la civilización humana y sus efectos sobre las existencias de los primeros y el impacto de los segundos en los parámetros del ambiente dentro de los rangos necesarios para la vida humana.
Se llamó "The Limits to Growth" y fue confeccionado luego de dos años de trabajo por un equipo de físicos, biólogos, matemáticos, ingenieros, químicos y hasta economistas, usando un método computacional para el tratamiento de variables complejas llamado "dinámica de sistemas", entonces lo más avanzado para el procesamiento de grandes cifras.
El equipo estaba presidido por la dra. Donnela Meadows y la investigación se hizo en el Instituto Tecnológico de Massachusets, financiado por la organización filantrópica "Club de Roma", presidida por Aurelio Peccei.
Pero desde la política, apoyado por estudios previos, la propia experiencia de gestión y una preclara intuición, hubo un primer líder de relevancia, jefe de Estado, que lanzó la primera alerta al mundo acerca de ello.
Fue el general Juan Perón, quien en febrero de ese mismo año, adelantándose a la publicación del informe e inclusive a las discusiones de la primera reunión de naciones por el tratamiento del problema ambiental en Estocolmo, publicó un "Mensaje Ambiental" advirtiendo del serio riesgo de la ocurrencia de esto mismo que estamos viendo hoy.
Lo expresó en términos muy concretos. Dijo que la humanidad iba en un "rumbo suicida" y que, de no cambiarlo de inmediato, podría constituir el "desastre" para todos en este nuevo siglo.
La polémica se desató y las mayorías terminaron rechazando los avisos y hasta burlándose de ellos. Algo que siguen haciendo hasta hoy.
Las inundaciones, las sequías, los incendios, las catastróficas tormentas, que estamos observando producirse hoy de manera creciente no son hechos aislados. Constituyen una tendencia que muestra un desequilibrio climático global.
Como lo haría un elástico que se estira, la materia del planeta fue acumulando un exceso de energía -especialmente los océanos- durante más de un siglo. El efecto directo de la termodinámica productiva humana, con el uso de los recursos y la liberación de los desechos.
Esa acumulación amortiguó los efectos directos de ese exceso y nos permitió atravesar ese período sin percibir grandes cambios.
Pero como todo elástico que se estira, llegado a un punto, se suelta y libera esa energía acumulada o bien se rompe, con igual resultado.
Eso es lo que está sucediendo. El clima planetario, con sus ciclos previsibles, su regularidad más o menos sostenida en los últimos 10 mil años, entró en desequilibrio y está liberando esa energía contenida.
Ese desequilibrio durará hasta que los flujos de calor vuelvan a encontrar un nuevo equilibrio. Pero en las inmensas cantidades que están involucradas, ese período de liberación puede durar siglos o milenios.
Tiempos que para el planeta son apenas instantes, pero para un animal cuya vida no supera los cien años, implica todo su futuro como especie.
No es un asunto de pronóstico meteorológico, como algunos suponen simplificando. Es un asunto de producción y supervivencia.
Las decenas o cientos de miles de hectáreas inundadas de este caso son recursos de supervivencia que desaparecen. El ganado que muere y las cosechas que se pierden no alimentarán a nadie.
Pero los consumidores siguen necesitando comer.
Lo mismo sucederá con las zonas incendiadas, o con los territorios secos.
Y esto es el comienzo.
Es tarde para lamentarse. Quizás ya lo era hace cincuenta años, cuando la humanidad comenzó a enterarse.
Estamos en manos de Dios.
Y, ciertamente, no hemos sido muy obedientes de sus consejos como para esperar piedad.
Torombolo.
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“BAJOS SUBMERIDIONALES EN ALERTA MÁXIMA”: EL AGUA SE LLEVA EL FUTURO DEL NORTE SANTAFESINO
El paisaje del norte de Santa Fe ha dejado de ser el habitual ecosistema de pastizales y montes para convertirse en un océano interior. En parajes emblemáticos como El Palmar (jurisdicción de La Gallareta) y Cañada Ombú, en el departamento Vera, el agua ya no es un visitante temporario; es una presencia destructiva que ha reconfigurado por completo el mapa geográfico, social y económico de la región.
Tras meses de precipitaciones brutales asociadas al fenómeno de El Niño, que en la primera mitad del año pulverizaron los registros anuales superando los 1.100 milímetros, los Bajos Submeridionales enfrentan hoy una de las crisis ambientales más severas de la última década.
El entorno natural se encuentra en un estado de saturación absoluta. Al ser una gran cuenca endorreica con pendientes mínimas, el suelo ha perdido toda capacidad de infiltración. Arroyos históricos como El Golondrinas se transformaron en brazos fluviales indomables que anegan más de 100.000 hectáreas.
Para la fauna nativa y la flora del lugar, el impacto es profundo: árboles nativos sufren el estrés hídrico de raíces ahogadas y las especies terrestres se desplazan hacia los pocos albardones secos que quedan, compitiendo por un espacio que se reduce día a día.
La odisea de los productores: vivir con el agua al cuello Detrás de las impactantes postales aéreas que inundan las redes sociales, se esconde el drama humano de las familias rurales. La vida de los pequeños y medianos productores del norte santafesino se ha transformado en una vigilia constante y desesperada.
Rutinas enteras se desarrollan arriba de un caballo, de una canoa o en el agua misma. Desde hace meses, los caminos rurales y las vías de acceso principales a parajes como El Palmar están totalmente cortados por el agua, obligando a los pobladores a un aislamiento intermitente donde abastecerse de comida, medicamentos o agua potable requiere una logística digna de una zona de catástrofe.
La cotidianidad es una lucha física contra el barro y el frío. Los productores pasan jornadas de diez a doce horas sumergidos hasta la cintura para arrear lo que queda de sus rodeos. Las pérdidas materiales son incalculables, pero el desgaste psicológico de ver cómo el esfuerzo de generaciones se diluye en la correntada empieza a hacer mella en una comunidad caracterizada por su resiliencia.
El ganado entre la vida y la muerte: la crudeza de las cifras La situación de la hacienda bovina es dramática. Aunque los operativos de evacuación se realizan a destajo, las muertes de animales se cuentan por miles en la región. El ganado que logra sobrevivir se encuentra en un estado de desnutrición avanzado; al estar los pastizales naturales bajo dos metros de agua, las vacas consumen malezas acuáticas de escaso valor nutricional o pasan días enteras sobre lomos de tierra apelotonadas, desgastando sus pezuñas y perdiendo masa corporal.
El factor más crítico en este mes de agosto es la parición. Las vacas preñadas están pariendo en el agua o en islas de barro sobresaturadas. La mortandad de terneros recién nacidos se ha disparado de manera alarmante: muchos mueren ahogados a los pocos minutos de nacer o caen víctimas de la hipotermia y las enfermedades sanitarias derivadas de la humedad constante. Los productores que intentan sacar su hacienda en camiones deben realizar "troperos" épicos de hasta 30 kilómetros en medio del agua profunda para llegar a una ruta transitable, un trayecto donde los animales más débiles simplemente colapsan en el camino.
¿Qué se necesita hoy en la zona de desastre? La ayuda gubernamental y civil es urgente y debe ejecutarse en múltiples frentes para evitar un éxodo rural definitivo:
Alimento e infraestructura de emergencia:
Se requiere la llegada masiva de rollos de alfalfa, balanceados y suplementos dietarios para sostener a los animales que no pueden ser evacuados.
Logística de transporte y tierras de pastoreo: Es urgente la articulación de un registro de "campos limpios" o zonas altas en provincias vecinas o el sur provincial, junto con subsidios para costear los fletes ganaderos, cuyos precios se han disparado debido a la emergencia.
Asistencia sanitaria y alimentaria humana: Las familias aisladas necesitan módulos de alimentos imperecederos, pastillas potabilizadoras de agua, botas de goma, capas de lluvia y asistencia médica móvil para prevenir enfermedades infecciosas cutáneas o zoonosis derivadas del agua estancada.
Alivio financiero real: La declaración de Emergencia Agropecuaria nacional debe traducirse en la suspensión total de ejecuciones fiscales, prórrogas severas de créditos y el otorgamiento de subsidios no reintegrables para los pequeños productores que han perdido todo su capital de trabajo.
Mirando al futuro: la amenaza latente de El Niño Lo más alarmante para el norte de Santa Fe es que el horizonte no muestra signos de alivio. Los pronósticos de los principales centros climatológicos advierten que los efectos más severos y las lluvias extraordinarias asociadas al fenómeno de El Niño todavía no han alcanzado su pico definitivo, el cual se proyecta para los meses venideros.
El futuro inmediato se presenta con una gran incertidumbre. La infraestructura hídrica regional —canales, defensas y alcantarillados— ha demostrado ser obsoleta ante la magnitud del cambio climático actual, abriendo un debate profundo sobre la necesidad de obras estructurales a largo plazo en los Bajos Submeridionales.
Mientras el agua siga subiendo y la asistencia no llegue al territorio de manera eficiente, el tejido productivo del norte santafesino seguirá desangrándose, peleando minuto a minuto por salvar las últimas cabezas de ganado en un escenario donde la naturaleza parece haber impuesto sus propias reglas.