09/01/2026
Hay una diferencia que suele borrarse a propósito cuando se habla de incendios: no todo lo que se quema es recuperable de la misma manera.
Un edificio público, una escuela, un estado, una universidad o una planta estatal pueden reconstruirse. Con más o menos tiempo, con más o menos presupuesto, pero el daño es material. El hormigón vuelve a levantarse, los planos existen, la tecnología se repone. Incluso cuando el incendio es devastador, el punto de partida sigue estando.
Con los bosques de la Patagonia no pasa eso.
Un bosque no es solo árboles. Es suelo vivo, es agua regulada, es biodiversidad acumulada durante cientos o miles de años. Cuando se quema, no vuelve en un período humano razonable. No vuelve en un mandato, ni en una generación, ni siquiera en varias. En muchos casos no vuelve nunca: el suelo se erosiona, las especies desaparecen, el ecosistema cambia para siempre.
Ahí está la trampa del discurso: poner en el mismo plano lo reconstruible y lo irreversible. Fingir que todo se puede “arreglar después”. No es cierto.
Un edificio se reinaugura. Un bosque perdido se llora.
Por eso los incendios en la Patagonia no son solo una tragedia ambiental: son una decisión política, por acción u omisión. Porque lo que se pierde no es una estructura: es tiempo ecológico, es futuro, es la posibilidad misma de que ese territorio siga siendo lo que era.
Y eso, a diferencia del cemento, no se fabrica de nuevo.
Pedimos que el gobierno disponga y asegure de los recursos que hagan falta.
Queríamos enviar nuestras condolencias a la familia del bombero Adolfo Leónidas Mariscurrena que falleció volviendo a su hogar luego de combatir los incendios, gracias por servir a la patria.