En el barrio porteño de Barracas se erige casi ignorada una iglesia que supo ser una ofrenda al amor y que hoy parece olvidada. Sin embargo, y curiosamente, la leyenda urbana que nació junto a ella y acompaño su existencia cobra en estos días mayor vida entre los oficiosos turistas que la visitan, mientras sus muros y revestimientos decaen ante el paso del tiempo. La iglesia de Santa Felicitas, u
bicada sobre la calle Isabel La Católica 520, entre las calles Brandsen y Aristóbulo del Valle, frente a la Plaza Colombia es una construcción que data del año 1876, proyectada y construida por el arquitecto Ernesto Bunge poniendo en práctica las enseñanzas recibidas en la Real Academia de Berlín y ejecutando una obra pionera al seguir los preceptos del movimiento arquitectónico en gestación en la Alemania de Bismark: El neorrománico o eclecticismo alemán. Esta impronta podría de por si conferirle el rango de única, pero le debemos agregar que el arquitecto Bunge recibe el primer diploma de Arquitecto emitido por la Facultad de Ingeniería y fue el cofundador y primer Presidente de la Sociedad Central de Arquitectos. Asimismo, para reforzar esta idea que señala a este edificio como paradigmático podemos enumerar una larga colección de objetos de arte que dan forma notable a esta iglesia: Vitrales traídos de Francia y recientemente restaurados, esculturas realizadas por el escultor alemán Thor Waldeen y por el escultor italiano Antonio Pasaglia, ambos cultores del eclecticismo decimonónico, las lámparas de caireles de cristal que aún conservan, originales, su instalación y cartuchos de gas de carburo para su funcionamiento, los murales que decoran en su totalidad las paredes interiores, mosaicos españoles, mármoles, etc. Pero más allá de su ubicación geográfica y de la descripción de sus características intrínsecas es preciso visualizarla en el contexto que la vio nacer a fin de comprender la importancia que hoy tiene, no solo como objeto artístico sino también como uno de los pocos testigos de una época.
“La cultura se apoya en la historia y se construye sobre lo heredado, aún para negarlo.”
Hacia el 1870 la Argentina se debatía en una crisis político social derivada de la lucha entre federales y unitarios. Ya derrotado Rosas y la Confederación Nacional, Buenos Aires busca unificar al país según sus propios intereses, ligados a la oligarquía y su modelo agroexportador, con grandes beneficios económicos y sociales para una minoría y una exclusión del reparto de la riqueza para la mayoría. En la presidencia del país se encontraba Domingo Faustino Sarmiento quién impulsa la consolidación del Estado y modernización de la sociedad creando instituciones y organismos fundados en una política de centralización. Se puede decir que esa época constituyo una bisagra en la historia ya que se mezclaban hábitos culturales de la colonia con los primeros avances de la era industrial convirtiendo la antigua aldea en una progresista ciudad. La ciudad de Buenos Aires con casi 180.000 habitantes, era un puñado de manzanas que no se extendían más allá de lo que hoy es Plaza Miserere al oeste, Constitución al este y Retiro al norte, Barracas era una zona de quintas donde las familias patricias dueñas de la riqueza nacional establecieron sus residencias. Y es aquí donde residía la familia de Martín de Alzaga y Felicitas Guerrero, propietarios de una de las mayores fortunas del país. La historia nos cuenta del trágico destino de esta familia y de la decisión de los padres de Felicitas en recordarla a través de la construcción de una iglesia en su memoria. Esta iglesia representa ese momento histórico y es un legado que no podemos perder. Sin embargo, esta magnífica obra de arte, patrimonio de todos los argentinos y particularmente de los ciudadanos porteños, se está degradando a un ritmo lento pero agónico. Los muros estucados se encuentran dañados, en su parte inferior, por eflorescencias producto de la acción corrosiva del agua que asciende por sus cimientos y en general opacados por una pátina que el tiempo va dejando como testigo indolente ante la incomprensible indiferencia de sus custodios, las instalaciones, particularmente la eléctrica, obsoletas y a la espera de alguna impericia para colapsar definitivamente y entre tantas otras deficiencias y quizás la más importante es la inexorable destrucción de los revestimientos que deberían proteger los paramentos exteriores, ya que debido a una mala ejecución de las obras los muros se encuentran expuestos a las inclemencias del clima, con todo lo que ello acarrea. La responsabilidad por el mantenimiento de este predio corresponde al Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, organismo de quién depende desde el año 1993, cuando fue cedido en donación, y éste lo ha cedido en comodato al Arzobispado de la ciudad de Buenos Aires. Actualmente la Ley que homologa dicho convenio de comodato se encuentra sin ser reglamentada lo que impide que se le destine alguna partida para su conservación a pesar de los años ya transcurridos desde entonces. Ya que los gobiernos, tanto nacional como local, parecen tener otras prioridades de asignación en el presupuesto de los fondos públicos, con mayores urgencias, que el sostener valores fundamentales que hacen a la identidad de nuestro pueblo, el patrimonio de los argentinos se sigue perdiendo. Porque no basta con declaraciones, decretos, ordenanzas o buenas intensiones, es preciso ejecutarlas. De otro modo veremos como nuestra historia se irá desdibujando, dejando un país que siempre empieza de nuevo.