25/05/2026
Hoy la Patria cumple doscientos dieciséis años desde aquel jueves nublado de Mayo. Y mañana, como cada año, escucharemos los mismos discursos: que se conquistó la libertad, que se rompieron las cadenas, que nació una nación.
Permítanme, desde la dignidad que ustedes han depositado en mí, una herejía. Una herejía masónica, si tal cosa cabe. La Revolución de Mayo no terminó. Está inconclusa. Y nosotros, los herederos espirituales de quienes la encendieron, tenemos con ellos una deuda que no hemos saldado.
Porque en aquel Cabildo Abierto del 22 de Mayo, cuando Castelli habló y Paso convenció, cuando French y Beruti repartieron escarapelas en la plaza, no se peleaba solo por una libertad política. Se peleaba por una arquitectura moral. Y esa arquitectura tenía tres columnas: Libertad. Igualdad. Fraternidad.
Doscientos dieciséis años después, hagamos un balance honesto, como masones que somos, capaces de mirar la piedra bruta sin engañarnos.
Libertad conquistamos, sí. Imperfecta, asediada, frágil — pero conquistada. La defendemos cada día.
Igualdad la pedimos a gritos, la legislamos, la enarbolamos como bandera. Todavía nos debe demasiado, pero al menos sabemos que la queremos.
¿Y la Fraternidad? La Fraternidad, hermanas y hermanos, la dejamos olvidada. La encerramos en los Templos. La redujimos a ritual. La convertimos en folklore masónico, mientras afuera el país se desangra precisamente por su ausencia.
Y aquí está la herejía: sin la tercera columna, las otras dos se desploman.
La libertad sin fraternidad es egoísmo. Es el "sálvese quien pueda" disfrazado de meritocracia. Es el mercado convertido en guerra de todos contra todos. Es la libertad del más fuerte, que es siempre la condena del más débil.
La igualdad sin fraternidad es imposición. Es el uniforme obligatorio. Es la nivelación por decreto. Es el Estado convertido en mayordomo moral que decide por nosotros qué somos y qué pensamos.
Solo la Fraternidad — esa palabra gastada, ridiculizada, casi cursi en boca de los pragmáticos — solo ella puede sostener a las otras dos. Porque solo la Fraternidad permite que coexistan las corrientes distintas. El conservador y el progresista. El creyente y el ateo. El que tiene mucho y el que tiene poco. El que piensa como yo y el que piensa exactamente al revés.
¿Y dónde, hermanas y hermanos, dónde en esta Argentina de gritos y trincheras, dónde se sigue practicando ese arte casi perdido? En la Logia. En esta mesa de trabajo donde dejamos los metales en la puerta y nos llamamos hermanos a través de todas las diferencias que afuera nos separarían.
Por eso hemos elegido como lema de este año: "Fraternidad como medio para la libertad". No como adorno. No como complemento. Como medio. Como vía. Como método.
No conquistamos la libertad destruyendo al adversario. La conquistamos construyendo hermandad con él. Esa es la diferencia entre una revolución y una venganza. Mayo de 1810 fue revolución, no venganza, porque los hombres que lo hicieron — San Martín, Belgrano, Castelli, Vieytes, French, Alvear — eran hermanos antes que enemigos del rey. Eran hermanos en la Logia Lautaro. Eran hermanos en una idea de hombre antes que en una bandera.
Esa es la herencia que recibimos. Y esa es la herencia que estamos dilapidando cada vez que aceptamos, como argentinos y como masones, que el adversario es enemigo, que el que piensa distinto traiciona, que la patria se divide en buenos y malos.
Mañana saldremos a la calle, asistiremos a los actos protocolares, escucharemos los himnos. Y volveremos a casa, y la patria seguirá igual.
A menos que entendamos que la Revolución de Mayo no es un aniversario. Es una tarea pendiente. Y la tarea pendiente tiene, hoy, un nombre: Fraternidad.
La libertad de 1810 nos espera todavía, hermanas y hermanos. Pero no nos espera al final de un grito, ni al final de una elección, ni al final de una imposición.
Nos espera al final de un abrazo entre quienes piensan distinto.
Que así sea.
MRGM Pablo Lázaro
Pablo Lazaro