26/07/2026
EL PERONISMO SERÁ REVOLUCIONARIO O NO SERÁ NADA.
Cada 26 de julio Evita vuelve. No solamente en las imágenes, los homenajes o el recuerdo emocionado de quienes reconocen en ella la expresión más profunda de la justicia social. Vuelve, sobre todo, como una interpelación política: para preguntarnos qué hicimos con aquel movimiento que nació para enfrentar a la oligarquía, organizar a los trabajadores, recuperar la soberanía nacional y transformar las estructuras económicas de una Argentina dependiente.
Evita no entendía al peronismo como una maquinaria electoral ni como una tradición destinada a administrar resignadamente lo existente. Era una causa popular: el instrumento mediante el cual los trabajadores, los humildes y los olvidados irrumpían en la historia para dejar de pedir permiso y comenzar a ejercer el poder.
Recordarla sin recuperar ese carácter transformador es vaciarla de contenido. Es convertir en una figura decorativa a quien dedicó su vida a enfrentar los privilegios de la oligarquía. Es pronunciar su nombre mientras se acepta aquello contra lo que ella luchó.
Ser revolucionario en la Argentina actual no significa repetir mecánicamente las formas de otra época. Significa reconocer la contradicción principal de nuestro tiempo y construir la fuerza necesaria para resolverla. Esa contradicción continúa siendo la que atraviesa nuestra historia: Patria o Colonia.
Son dos formas opuestas de organizar la Nación. De un lado, un país soberano e industrializado, con trabajo digno, desarrollo científico y control nacional de sus recursos estratégicos. Del otro, una economía primarizada, endeudada y subordinada, organizada para exportar riquezas, fugar capitales y garantizar la rentabilidad de bancos, acreedores externos y corporaciones transnacionales.
El golpe de Estado de 1976 no vino solamente a perseguir militantes y disciplinar sindicatos. Vino a destruir el proyecto económico y social construido durante décadas de luchas populares. La apertura indiscriminada, el endeudamiento, la reforma financiera y la desindustrialización desplazaron el centro de gravedad de la economía desde la producción hacia la especulación. Desde entonces, con avances, retrocesos y resistencias, la Argentina quedó atrapada en una estructura dependiente que concentra la riqueza, extranjeriza las decisiones y empobrece al pueblo.
Hoy aquel modelo no solo permanece: atraviesa una nueva fase de profundización. Bajo el lenguaje de la libertad, la eficiencia y la atracción de inversiones, avanzan la privatización de empresas e infraestructura públicas, la desregulación económica y los regímenes de privilegio para grandes capitales vinculados principalmente con la minería, los hidrocarburos y la exportación de recursos naturales. Durante 2026 continuaron los procesos de privatización y se aprobaron nuevos proyectos del RIGI para la explotación de litio, oro, plata y cobre, además de infraestructura gasífera. Frente a esta aceleración del saqueo iniciado en 1976, recuperar una herramienta popular y revolucionaria ya no es una aspiración nostálgica: es una urgencia histórica.
Las experiencias nacionales y populares posteriores al hito de 1976 recuperaron derechos, empleo, salarios, consumo y capacidad estatal. Esos avances deben ser defendidos, pero también deben reconocerse sus límites: no se recuperó el control del comercio exterior y de las divisas, no se transformó de raíz el sistema financiero, no se reconstruyó una industria pesada capaz de organizar la economía y no se modificó suficientemente el poder de los grupos concentrados.
La enseñanza es clara: no alcanza con distribuir una parte de la renta producida por una estructura dependiente. Es necesario transformar quién produce, quién controla los recursos, quién se apropia de las divisas y quién decide el destino de la inversión. Administrar progresivamente la dependencia no alcanza, porque tarde o temprano la dependencia impone sus condiciones.
La impagable deuda externa, y las exigencias del FMI que la acompañan, nos ponen frente a esta disyuntiva de manera contundente: ¿Es posible siquiera soñar con reconstruir un Proyecto Nacional sin suspender los pagos con el Fondo Monetario? ¿Debe acaso el peronismo ser garante de su continuidad en lugar de determinar la responsabilidad penal de quienes la decidieron y se beneficiaron con el endeudamiento del país para que puedan recuperarse con mecanismos efectivos los dólares fugados a través de maniobras fraudulentas?
Un peronismo que no se propone alterar las relaciones de poder deja de ser un movimiento de liberación y se convierte en una identidad electoral. Puede conservar sus símbolos, pero habrá abandonado su razón histórica. Y si reemplaza la organización popular por acuerdos entre dirigentes, terminará hablando en nombre del pueblo mientras gobiernan los poderes permanentes.
Volver a un peronismo revolucionario significa recuperar la voluntad de transformar la realidad desde sus cimientos: reconstruir un Estado capaz de planificar el desarrollo; controlar el comercio exterior y las divisas; orientar el crédito hacia la producción, la vivienda y la infraestructura; impulsar una política industrial; y colocar la ciencia y la tecnología al servicio de la independencia económica. También implica defender la conducción nacional de la energía, la minería, el agua, la tierra, los puertos, las vías navegables y las redes de información.
Pero la revolución nacional no será solamente económica. Requiere reconstruir el sujeto político capaz de realizarla. Los trabajadores organizados deben articularse con los trabajadores informales y desocupados, las pequeñas y medianas empresas, las cooperativas, las universidades, el sistema científico-tecnológico y todos los sectores comprometidos con el mercado interno y el desarrollo nacional.
Esa unidad no puede construirse alrededor de candidaturas individuales ni del reparto de cargos, sino de un programa de liberación nacional. El movimiento debe volver a ser una herramienta del pueblo, recuperar la formación política, la militancia territorial, la participación de las bases y la capacidad de movilización. Sin organización popular, las banderas nacionales quedan reducidas a declaraciones.
Evita comprendió que la justicia social no era beneficencia ni una concesión desde arriba, sino la incorporación de los humildes como protagonistas de la Nación. A 74 años de su paso a la inmortalidad, honrarla no consiste en contemplar su figura desde la nostalgia, sino en recuperar la rebeldía frente a la injusticia y la decisión de enfrentar a quienes pretenden convertir a la Argentina en una factoría exportadora de materias primas y mano de obra barata.
El peronismo deberá decidir si vuelve a ser la herramienta popular de los trabajadores y de la liberación nacional o si continúa disputando un lugar dentro del orden colonial. Deberá decidir entre transformar las estructuras del poder o limitarse a administrar sus consecuencias. En definitiva, deberá decidir entre la Patria y la Colonia.
Porque la consigna conserva toda su vigencia:
El peronismo será revolucionario o no será nada.