07/12/2025
Ayer, el telón de terciopelo de la noche se bajó por última vez sobre tu escenario. Hay un n**o en la garganta de todos los que hemos aprendido a besar con tus letras y a curar heridas con tus melodías. Nos dejas huérfanos de la voz ronca que le puso banda sonora a nuestros errores, a nuestras borracheras tristes y a los amores que nunca debieron terminar. Tu retirada es como la última calada de un ci******lo en un bar cerrado a las seis de la mañana: deja un rastro de humo nostálgico que duele en el pecho. ¿Quién nos recordará ahora que “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”? ¿Quién cantará sobre el dolor de las princesas que se hartan de tanto azul y los 19 días y 500 noches que aún nos quedan por vivir?
La tristeza es profunda porque no solo se va un músico; se retira un cronista de lo marginal, un poeta que encontró la belleza en la barra, en el colchón de un motel barato y en la mirada cansada de un perdedor elegante. Se apaga la luz del faro que iluminaba las calles de la duda. Pero, Maestro, si algo nos enseñaste es que la vida es un “trago amargo y hermoso”. Y aunque te vayas, la verdad es que no te vas. Tu voz está tatuada en vinilos, digitalizada en la nube, y, sobre todo, grabada a fuego en la memoria sentimental de millones de personas. Cada guitarra desafinada, cada verso de doble filo, cada ruido de sables que cantaste, es ahora un tesoro que pasa de generación en generación.
Tómate ese merecido respiro. Sabemos que en tu Jardín de las Delicias seguirás escribiendo, quizás no para el gran público, sino para esa libreta clandestina donde reside el verdadero Sabina. Vete tranquilo, Joaquín. Vete a vivir el silencio que mereces, a coleccionar atardeceres y a gastar la tinta en poemas que solo leerá el viento. El show debe continuar, y en cada cantina, en cada esquina de mala fama, siempre habrá alguien tarareando “Y nos dieron las diez...” para mantener encendida la llama de tu genialidad. ¡Gracias por la poesía, por el veneno y por el antídoto! Que la vida es tan corta y el deseo tan largo…