27/07/2026
Cuando la militancia reproduce el orden que dice combatir.
Por Marcela Gutiérrez
El artículo publicado recientemente en Nuestra Tribuna (https://nuestratribuna1922.noblogs.org/2026/07/21/lcdb/)
ha puesto sobre la mesa lo que muchos y muchas callamos a gritos en las asambleas, los centros culturales y los frentes de lucha: una catarata de abusos que operan bajo la excusa de la "unidad revolucionaria". El artículo denuncia la existencia de una organización en Buenos Aires que utiliza el antifascismo como una fachada para el beneficio personal de sus líderes.
Repudiamos la mercantilización de las luchas sociales, que, tras una estética revolucionaria, esconden estructuras jerárquicas y autoritarias con caudillos que explotan a los colaboradores y militantes e ignoran principios ideológicos al permitir la entrada de grupos antagónicos por lucro.
Enfatizamos la gravedad del pacto patriarcal interno, el cual encubre casos de violencia de género y abusos contra mujeres dentro del club. Y hacemos un llamado a la coherencia política para dejar de apoyar espacios violentos y romper el silencio que protege a los agresores.
No son casos aislados; son una gramática de poder que se repite. Violencia sexual, acoso psicológico, expulsiones arbitrarias, persecuciones internas y un uso perverso de la "disciplina militante", de la "organicidad", para silenciar voces críticas.
No vamos a dar nombres, porque el problema no se llama Fulano o Mengano, o el secretario de tal agrupación. El problema se llama autoritarismo. El problema se llama patriarcado.
Y poner el foco en personas concretas, sin tocar la estructura que las sostiene, es hacerle el juego a la lógica judicialista que tanto criticamos afuera.
En Argentina, buena parte de la izquierda y el activismo autogestionado ha heredado un vicio de fábrica: confundir la organización con la sujeción. Cuando un compañero o compañera se anima a denunciar un abuso dentro de su espacio, la respuesta casi siempre es la misma: "No rompamos la unidad", "Es un tema interno", "Estás haciendo el juego al enemigo".
Ese mecanismo de anulación es la verdadera violencia estructural. Se chantajea emocionalmente a las víctimas con la "responsabilidad política" para que se callen, mientras el abusador (que suele tener capital político, experiencia o contactos) queda intocable. El silencio no es lealtad; es complicidad.
Patriarcado y verticalismo: el ADN militante
Muchas de estas prácticas violentas tienen un claro sesgo de género y de poder. Se repiten patrones: el hombre veterano que decide quién habla, quién está a cargo de la logística y quién es "prescindible"; la precarización afectiva como moneda de cambio; la exigencia de "aguante" que termina justificando el maltrato.
Desde Karne de Máquina sabemos que no alcanza con declararse "antipatriarcal" en un volante. Si tus asambleas reproducen el machismo de la oficina, si tus decisiones se toman en un cafecito con los "de siempre" y si la crítica se paga con el aislamiento, no estás construyendo un mundo nuevo. Estás montando un escenario de la opresión con banderas rojas y negras.
Un ejemplo que debería servirnos de espejo es el de Nacho Levy en La Garganta Poderosa. Tras múltiples denuncias internas por conductas narcisistas, abusivas y autoritarias dentro del espacio, Levy fue separado del programa. El propio Levy, ha realizado una autocrítica pública, reconociendo sus actitudes y el daño causado. No le creemos nada, principalmente porque su discurso tiende a explicar la violencia de género sólo desde el padecimiento individual, desplazándolo de su dimensión política, las relaciones de poder y las estructuras que la sostienen. Es un hijo sanísimo del patriarcado.
Pero la pregunta incómoda para el resto del movimiento sigue siendo: ¿qué pasó con las víctimas que quedaron en el camino? La estructura de La Garganta resolvió el problema "sacando al abusador" y siguió adelante, sin ningún proceso de reparación, sin acompañamiento real para quienes denunciaron, y con un manto de silencio sobre las dinámicas de poder que permitieron que esa conducta se sostuviera durante tanto tiempo. La justicia militante no puede ser solo la expulsión; si solo echamos a los abusadores sin sanar el tejido, las próximas víctimas simplemente hablarán con otra persona.
Hay una razón nodal por la que estos abusos quedan impunes: la falta de protocolos reales y de justicia autónoma. Muchos espacios se niegan a construir herramientas de cuidado porque les parece "burocrático" o "liberal". Pero no construir protocolos no es más libre; es dejar el campo abierto a la ley del más fuerte. Donde no hay reglas colectivas acordadas para el disenso, el cuidado y la sanción, impera la arbitrariedad. Y la arbitrariedad siempre favorece a quienes ya tienen el poder.
En conclusión, el artículo de Nuestra Tribuna tiene el mérito de sacar esto a la luz sin la necesidad de la judicialización. Nos dice, con crudeza, que nuestra trinchera está enferma. Y esa enfermedad no se cura tapándola con la alfombra del "compañerismo".
La transformación social no se puede hacer con las mismas herramientas de dominación.
El enemigo no debería estar en la misma mesa de la asamblea.
Debemos elegir la forma en que decidimos organizarnos, sin callar y ejerciendo poder sin pedir permiso. La construcción de espacios seguros, amables y coherentes debe interpelar a todas, todos y todes.
"Si estás pasando por una situación así dentro de tu espacio, no estás sola. No te calles. La autonomía también es construir redes de cuidado por fuera de las estructuras que te violentan."