03/08/2026
John Berger — Mineros
Cuando una causa justa es derrotada, cuando se humilla a los valientes, cuando se trata a hombres probados en el fondo y en la boca de los fosos como si fueran basura; cuando se aniquila la nobleza y los jueces en los tribunales aceptan mentiras, y se paga a difamadores para que calumnien con sueldos con los que podrían vivir las familias de una docena de mineros en huelga; cuando la policía de Goliat, con sus cachiporras sangrientas, no está en el banquillo de los acusados sino en el Cuadro de Honor; cuando se deshonra nuestro pasado y se ignoran las promesas y los sacrificios con sonrisas maliciosas; cuando familias enteras comienzan a sospechar que los poderosos no escuchan razones ni argumentos y que no hay apelación posible; cuando, de a poco, se cae en la cuenta de que no importan las palabras que figuran en el diccionario, no importa lo que diga la reina o lo que informen los corresponsales en el Parlamento, no importa el nombre que elija el sistema para enmascarar su desvergüenza y su egoísmo; cuando, de a poco, se comprende que Ellos están dispuestos a destruirnos, a destruir nuestra herencia, nuestro talento, nuestras comunidades, nuestra poesía, nuestros clubes, nuestro hogar y, si es posible, también nuestros huesos; cuando finalmente el pueblo cae en la cuenta de todo esto, puede que piense que ha llegado la hora del crimen y de la venganza justificada.
En largas noches de insomnio, durante los últimos años, en Escocia, en el sur de Gales, en Derbyshire, en Kent, en Yorkshire, en Northumberland y en Lancashire, muchos permanecieron despiertos pensando, estoy seguro, que había llegado esa hora.
Y no hay nada más humano, y más tierno, que la visión de los piadosos ejecutando sumariamente a los despiadados. Esa palabra, tierno, tan plena de sentido para nosotros, es incomprensible para Ellos, porque Ellos, sencillamente, no saben a qué se refiere.
Esa visión comienza a recorrer el mundo. Los héroes vengadores aparecen en los sueños y pueblan las esperanzas. Los despiadados les temen; pero yo, y tal vez tú, les damos nuestra bendición.
Yo mismo podría amparar a cualquiera de esos héroes. Y, sin embargo, si durante ese tiempo bajo mi amparo uno de ellos me dijera que le gusta dibujar, o si fuera una mujer y me dijera que siempre le ha gustado pintar pero nunca ha tenido la oportunidad o el tiempo para hacerlo, si eso sucediera, creo que entonces le diría: Si lo intentas, es posible que consigas lo que quieres de otra forma, sin perjudicar a tus camaradas y sin prestarte a confusión.
No puedo decirte qué hace el arte y cómo lo hace, pero sé que a menudo el arte ha juzgado a los jueces, ha vengado a los inocentes y ha enseñado al futuro los sufrimientos del pasado para que nunca se olviden. Sé también que, en esos casos, los poderosos le temen al arte, cualquiera sea su forma, y que esa forma de arte corre entre la gente como un rumor y una leyenda, porque encuentra un sentido que las atrocidades no encuentran: un sentido que nos une, porque es, finalmente, inseparable de la justicia.
El arte, cuando obra de ese modo, se vuelve un espacio de encuentro de lo invisible, de lo irreductible y de lo imperecedero: del valor y del honor.
Felicidades y gracias por acompañar siempre, Cronopio