10/12/2014
De las cosas más perturbadoras que los seres humanos podemos realizar, una de las más comunes es el acostumbrarse a lo malo. Desde el síndrome de Estocolmo (el rehén que empieza a amar a su captor) hasta la indolencia (sociedades que no respetan leyes), la humanidad se paseado por el hecho de adaptarse a lo que no le gusta. No solo es evolución, es en muchas formas, involución.
En Argentina sufrimos sin duda de este síndrome de acostumbrarnos a lo malo. Nos acostumbramos a la anarquía de los motochorros, a las calles rotas, a las autopistas rotas, al abuso de poder, la corrupción, al vecino con el perro que no deja de ladrar en la noche, al mal trato en los bancos, a los cortes de luz, a las colas infernales.
El problema también es que nos acostumbramos a la violencia, a la intolerancia, al clasismo, al racismo, a la falta de educación, a ladrón, al asesino, al secuestrador, a la falta de amor y el desprecio por lo humano. La situación es tal, que estamos atrapados en la anarquía y la indolencia y aun así vamos a restaurantes caros a hablar mal de la sociedad. No es malo ir al restaurante caro, ni quejarse, lo malo es la comodidad, la indolencia.
Nos acostumbramos al grito, a la inflación, a la especulación, a la escasez, a las excusas, a los rumores por Twitter, a los periodistas que manipulan, a los medios politizados, a las peleas constantes en las redes sociales por asuntos políticos, a la ausencia de policías en las calles, a la desaparición de los fiscales de tránsito, a la mala o nula señalización de las calles, a la mínima iluminación de las mismas. Nos acostumbramos a lo malo y además a no protestar por lo malo.
Se nos olvidó la ciudadanía y adoptamos la politiquería. Somos expertos en quejarnos, cinturón negro en amargarnos por política y medalla de oro en acusar al pasado o a otros de nuestra ineficiencia. Hablamos de política pero no de servicios. Hablamos de presidente pero no del intendente y menos del presidente del consorcio. Nos convertimos en eunucos de rebeldía. Nos convertimos en una sociedad sumisa debido a que nos acostumbramos a lo malo.
Hoy no somos capaces de unirnos en una protesta por el mal estado de una autopista, donde transitamos todos, ni tampoco nos unimos en protestar contra la corrupción, ni contra la especulación. Estamos tan acostumbrados a lo malo (estar divididos) que se nos olvidó luchar por nuestros derechos y lo único que protegemos son las contraseñas de Twitter que es nuestro bunker, donde nos quejamos de todo pero nada hacemos. Somos secuestrados de nuestra propia indolencia.
La pregunta es: ¿qué hacer ante esto? Mi respuesta es tomar conciencia. Agarrar este artículo y difundirlo hasta que le llegue a medio mundo y ayudar al que tenemos al lado, no importa su color político, a que nos demos cuenta que merecemos lo bueno, que acostumbrarnos a lo malo es el colmo de la mediocridad, que asumir que porque el otro piensa diferente no me puedo unir a él plantear soluciones a algo que nos afecta a todos, es el colmo del fanatismo obtuso y auto destructivo, y que si juntos, sin importar ideologías, luchamos por el país que merecemos, es sin duda la única vía para empezar a vivir en el paraíso que es Argentina y no en el in****no de la indolencia, donde ahora estamos metidos. Reflexión y cambio, no solo del gobierno, de nosotros. Eso hará la diferencia.