04/05/2026
Comunicado del PJ y la JP ante los dichos y difusión de medios periodísticos sobre la gestión Fleischer en el Municipio de Lucas González:
Cuando se habla de “orden” y “superávit”, conviene preguntarse: ¿orden para quién y a costa de qué?
Porque sostener un superávit fiscal no es, en sí mismo, un logro si ese equilibrio se construye sobre un profundo déficit social. Es fácil mostrar números prolijos cuando detrás hay trabajadores municipales que apenas perciben entre 70 y 80 mil pesos semanales, muy lejos de garantizar una vida digna. Es sencillo hablar de previsión presupuestaria cuando el esfuerzo lo absorben siempre los mismos.
El superávit puede ser, en muchos casos, la otra cara de la falta de inversión. Cuando el comedor barrial funciona de manera deficiente, cuando hay familias que dependen de esos espacios y no encuentran respuestas adecuadas, el “orden” empieza a mostrar sus grietas. No alcanza con que las cuentas cierren si la realidad social no lo hace.
También hay una deuda evidente en materia de infraestructura y servicios: barrios enteros sin cobertura adecuada, luminarias que no se reponen, calles que no se mejoran sino que simplemente se parchean trasladando material de un lugar a otro. Eso no es desarrollo, es apenas administración de la escasez.
Y ese déficit social se profundiza aún más en una ciudad donde las oportunidades laborales son escasas, donde muchos vecinos y vecinas quedan por fuera del sistema formal y dependen de trabajos precarios o changas para subsistir. No hay desarrollo posible sin generación de empleo genuino, sin impulso a la producción local y sin un Estado presente que acompañe a quienes más lo necesitan.
A esto se suma la falta de contención social: jóvenes sin espacios de inclusión, familias que necesitan acompañamiento y un Estado que muchas veces llega tarde o directamente no llega. Cuando la política pública se reduce al mínimo, lo que crece no es el orden, sino la desigualdad.
Pero además preocupa cómo se toman las decisiones. Cuando la gestión se concentra en pocas personas, alejadas de la realidad cotidiana de la comunidad —e incluso sin un arraigo real en la ciudad—, el resultado es un gobierno desconectado de las necesidades de su gente. Lejos de generar soluciones, esa forma de administrar profundiza el malestar. Y así, más que gestionar desarrollo o bienestar, lo que se termina administrando es la frustración y la tristeza de vecinos y vecinas que no se sienten escuchados ni representados.
La austeridad, cuando se transforma en un fin en sí mismo, deja de ser virtud y pasa a ser un límite. Gobernar no es solo equilibrar números, es garantizar condiciones de vida dignas para toda la comunidad.
Porque al final del día, el verdadero indicador de una buena gestión no es el superávit fiscal, sino la calidad de vida de su gente. Y cuando esa calidad de vida no mejora, el superávit deja de ser un mérito para convertirse en una señal de alerta: si hay superávit fiscal, pero la gente no llega, entonces lo que hay es déficit social.
Si hay superávit en las cuentas pero déficit en la vida de la gente, eso no es gestión: es abandono.