30/08/2026
𝐂𝐥𝐚𝐮𝐝𝐢𝐨 𝐆ü𝐢𝐝𝐚 𝐋𝐚 𝐡𝐢𝐬𝐭𝐨𝐫𝐢𝐚 𝐝𝐞 𝐮𝐧 𝐜𝐨𝐧𝐬𝐜𝐫𝐢𝐩𝐭𝐨 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐀𝐫𝐦𝐚𝐝𝐚 𝐀𝐫𝐠𝐞𝐧𝐭𝐢𝐧𝐚 (𝐮𝐥𝐭𝐢𝐦𝐚 𝐩𝐚𝐫𝐭𝐞)
𝘙𝘦𝘭𝘢𝘵𝘰 𝘦𝘹𝘵𝘳𝘢𝘪𝘥𝘰 𝘥𝘦𝘭 𝘭𝘪𝘣𝘳𝘰 𝘊𝘢𝘳𝘵𝘢𝘴 𝘥𝘦 𝘭𝘢 𝘨𝘶𝘦𝘳𝘳𝘢 𝘥𝘦 𝘔𝘢𝘭𝘷𝘪𝘯𝘢𝘴
Cuando llegamos nos para la Prefectura. Paramos nosotros atrás. Nos bajamos y ya estaban todos los del BIM5 que habían llegado del frente. Se veían camiones cisternas chocados y metidos en el agua. Gente rompiendo equipo. Se desarmaba porque había terminado. Y cuando bajamos a puerto nos vamos a juntar con la gente del apostadero, que había quedado en el apostadero, ¿no? Nos reciben los pibes. ¿Qué hacén, locos? ¡Zafaron! Con toda la alegría, abrazándonos, pero todos armados. Y había boinas rojas ingleses que caminaban entre nosotros en el puerto. Era un peligro eso. Todos armados y los ingleses caminando armados entre nosotros. Y los tipos no querían que estemos afuera, querían que nos metamos adentro de los galpones del puerto. Había un inglés que con la punta del fusil te decía para adentro. Y los correntinos nuestros: “¿Qué nos mirás, cabezón?” Se lo querían comer. Había mucha adrenalina, felicidad, tristeza, sorpresa, todo junto. Y los oficiales nuestros parando a los pibes: vamos para adentro, vamos para adentro. Y el inglés gritando. ¿Qué me gritás? Todos armados, un peligro. Eso pasó el 14. El 15 a la mañana abandonamos Puerto Argentino. Todos por el camino marchando para el aeropuerto. El aeropuerto era una península chiquitita con la p*sta atravesada. Ahí está la marcha donde el famoso tipo ese del Ejército mira para atrás y hace un corte de manga y lo filman. Todos marchando al campo de concentración que nos esperaba en el aeropuerto. Ahí empieza a aparecer alimento. Latas de esto, de lo otro. Claro, había que reventar lo que quedaba de la cocina. Todos lo puteaban al suboficial Solis. Era el de víveres. Claro, él decía que no sabía cuánto duraba la guerra. Si duraba un día, un mes, un año. Todos empezamos a caminar para el aeropuerto cargados, llenos de latas. Lo que nos entrara. Yo tenía un bolso azul naval y ahí puse un par de cosas, pero, claro, empezamos a caminar y no podías caminar. Después el camino estaba regado de latas, porque no llegábamos a cargar, pesaban una tonelada, hasta que pasamos esa tranquera donde requisaban. Todo esto con los sables, bayonetas. Yo me guardé el sable de la bayoneta en el cierre de la parca. Estaba a cinco tipos de que me paren y que me saquen el arma. Y le digo al suboficial Peralta, un tipo que era electricista, oficial, teniente de fragata. Peralta. ¿Qué pasa? Tengo el sable bayoneta en el cierre de la parca. Me dice: “¿vos sos boludo?” Y yo:“me lo quiero llevar.” Me insiste para que lo entregue. Y yo, que no, que me lo llevo. Esto a tres tipos de pasar la tranquera. Me lo quiero llevar. Entregalo, pelotudo, ¿querés que nos maten a todos? Pero ¿se darán cuenta que lo tengo? No seas boludo, entregá todo, dejate de joder. Cuando llego, ahí entrego el fusil y abro la parca y s**o todo. Lo entregué. Pero este Peralta cagado en las patas. Entregalo, boludo, ¿qué querés? ¿Que nos maten a todos? Así pasamos a estar prisioneros en el aeropuerto, que era un campo de concentración. Había tres o cuatro fogatas grandes. Otra vez, los hangares del aeropuerto estaban todos hechos mi**da. Había partes, ¿viste las p*stas esas que se usan en la Antártida, que son de una pulgada de aluminio, de un metro por siete? Empezamos a desarmar la p*sta. Encontramos un muro que había quedado en pie. Apoyamos esas chapas y ya teníamos para meternos ahí. Nos juntamos todos los del apostadero, Silva y otro, eran el segundo y el tercero, todos nos juntamos con los buzos tácticos que estaban siempre en el puerto con nosotros, nos juntamos ahí, en el aeropuerto. Entonces armamos un grupo ahí viviendo en los ranchos esos que nos habíamos inventado los presos. Por día, llovía dos veces y nevaba tres, y al rato salía el sol. Muy cambiante el clima. Estuve hace poco en Ushuaia y es igual el clima. Sale el sol, nieva, para, te morís de calor, tomás sol, tapate porque llueve o se levanta viento.
Yo estaba bien. Tenía machucado un dedo por haber hecho no sé qué con una piedra en el bunker. En mi posición. Pero estaba bien. Cansado pero bien. Percudido, todo muy sucio, muy mal, cansado más que nada. Dejaron entrar tres cocinas y nos alimentamos con las tres cocinas. Una noche le digo a Juanjo: Juanjo, no siento las piernas. Eran como las tres de la mañana. Juanjo me dice: vayamos a caminar. Pero llueve. No importa. Vamos a caminar, dice Juanjo. Salimos a caminar. Estaba todo oscuro. La única iluminación que había eran cinco fogatas gigantes. Era una villa miseria gigante. Basura, pedazos de chapa, tipos tirados. Pasan dos pibes del Ejército y nos preguntan “¿tienen jarros?” Les decimos: “no, pero conseguimos, ¿por qué?” Nos cuentan: “al lado de esa fogata hay unos pibes que tienen leche en polvo, si quieren leche vayan ahí.” Fuimos a buscar dos jarros. Loco, ¿tenés pastillas potabilizadoras? No, ¿vos? No. Yo tampoco. Entonces empezamos a mirar. No se veía un pito. Estaba todo oscuro. No teníamos linternas, nada. Con el reflejo de la fogata, había que buscar un charco de agua que estuviese asentado, que no estuviese turbio o mezclado con turba. De ahí sacar agua, calentarla y tomar leche. Le digo: “Juanjo, en la ruina de la torre de control hay un caño de desagüe.” Un caño con el que me saqué una foto en 2006 cuando volví. Le digo: “saquemos agua de ahí, esa agua cae de la terraza, boludo, más limpia esa agua que la que está acá en el p*so va a estar seguro.” Encontré dos pastillas y llenamos un jarro, pero, claro, en las ruinas de la torre de control, en el primer p*so, también vivía gente que salía a la terraza a hacer p*s… Así que conseguimos un agua bastante transparente, conseguimos la leche, hasta conseguimos azúcar, calentamos el jarro, lo revolvimos, llenamos el jarro… Y cuando empezamos a tomar Juanjo dice: “che, esto tiene gusto a meo, tiene olor feo.” Y entonces le respondo: “dejáte de joder, yo no siento las piernas, dejame tranquilo.” Él lo tiró. Yo me tomé el jarro de leche. Mejoré un poco. Me acosté. Eso fue a las tres de la mañana. A las ocho de la mañana estaba vomitando, descompuesto, diarrea, me estaba muriendo. El viernes pasó eso. El viernes firmaron la devolución de las tropas y nos vienen a buscar del apostadero. Vamos marchando otra vez hasta el pueblo. Yo dije que no podía caminar. Vinieron los oficiales que eran el segundo y el tercero del apostadero. Pero, ¿qué te pasa? Les conté. Me llevaron arrastrando con los pies colgados hasta el medio de la p*sta. Y enseguida llegó un helicóptero del Bahía Paraíso. Se bajaron unos muchachos que para mí eran gigantes. Mirá que yo soy grandote, pero estos hicieron así ¡pif! y me tiraron arriba del helicóptero. Caigo, y así como caigo, veo que se empiezan a juntar todos los tullidos conmigo. A los quebrados, a los heridos de gravedad, los sacaban primero. Y yo dije: “no veo más a los pibes.” ¡Mirá en lo que pensaba! Me angustié. Vinimos juntos, nos vamos juntos. Yo sentía eso, que no los iba a ver más, que los perdía. Y el helicóptero levantó vuelo con todos los rotos adentro. Bajo en el barco, salgo del helicóptero, voy a la enfermería. Me agarran un enfermero y un médico y me dan una pichicata en cada brazo. Comprimidos, ésta cada dos horas, ésta cada seis horas. No comas nada, pero nada. ¿Tenés hambre? No, qué voy a tener hambre... Estaba arruinado de tomarme la leche con p*s. A bañarse, entonces. Me estoy bañando y veo que empiezan a llegar mis compañeros del apostadero. Fue una alegría eso. Desnudo, todo roto… No me iba a poner a abrazarlos. Pero esa ducha fue muy buena.
Yo me bañaba en el Buen Suceso porque el negro Eduardo era amigo de Etchecopar y de Corleto que eran dos petisos de la panadería del buque. Etchecopar era hermano de Etchecopar, el periodista. Eran dos enanos que no habían amasado una torta frita en su vida pero hacían pan en la cocina del Buen Suceso para cinco mil personas. Y los conocía porque ellos estaban en el Apostadero Naval de Buenos Aires y yo estaba en Ensenada. Eduardo fue íntimo amigo mío, compañero de instrucción. Me los presenta a estos dos enanos de mi**da. Cuando yo llego a Malvinas, a esa bodega, pregunto “¿quién es el más antiguo acá? ¿Hay alguno segunda tanda?” Me entraron a decir nombres y dicen “Iañez.” ¿Quién? ¿Eduardo? ¿Dónde está? Él está trabajando en la radio. ¿A qué hora viene? A la noche. Entonces lo espero al negro y estaba en infantería. Era custodia del Apostadero Naval Buenos Aires.
Él hizo toda la colimba con un Fal. Yo la hice con un Garand Beretta, que es parecido pero más pesado. Cuando voy a Malvinas me dan un Fal nuevo. Entonces yo lo espero a él y le digo: “¿qué hacés acá?” Nos hicimos muy amigos y encima nos enteramos que mi papá y el papá de él habían trabajado juntos en SEGBA. Después de la instrucción, él se fue a Retiro y yo fui a La Plata. No nos vimos más. Nos encontramos en Malvinas. Y yo: “Negro, enseñame cómo se maneja el Fal.” Y el negro desde las once de la noche hasta las tres de la mañana, con una bolsa de dormir estirada arriba de una de esas camas, me enseñó. Yo con los ojos vendados armaba y desarmaba el Fal. Aprendí en un curso de cuatro horas con el negro Eduardo. Nadie me había enseñado a manejar un Fal. Él me enseñó. A todo esto, yo estaba prisionero y lo buscaba al negro. ¿Y de Diañez no saben nada? Los ingleses habían pasado por arriba de la radio. Yo estaba preocupado por el negro. ¿Che, y el negro? ¿Che, y el negro? ¿Lo viste a Eduardo? Nadie me sabía decir dónde estaba el negro. Ah… y pasó algo. Todo esto fue, me estoy acordando antes de que tomara ese p*s con leche. Estoy en el aeropuerto rodeado de gente tirada, charcos de agua con combustible, chapas rotas y me pongo a preguntar. Ahí es donde me pongo a preguntar. Entonces salta uno: “¿vos buscás a Iañez? ¿Ese no es Iañez?” Y yo miraba y lo veía al negro con ropa de marino. Había mucha diferencia entre la ropa de marina y la del Ejército. Miro y lo veo con un cabo del Ejército bailando cumbia adentro de un charco. Todo el campo de prisioneros se estaba acercando. Entonces pienso: “Este pelotudo enloqueció.” Voy, me acerco, perplejo, y le digo: “Negro… Negro…” Y él: “Hola, Clau, ¿qué hacés? ¿cómo estás?” Me responde bailando. Lo larga al cabo, que se reía, y sigue bailando solo. Le digo: “¿Estás bien, negro? ¿Qué estás haciendo?” Y él: “Nada, estoy acá con unos locos, ¿cómo te llamás?” Le preguntaba al cabo, bailando cumbia dentro de un charco. Lo s**o del charco y lo abrazo. Me dice: “por la radio, zafamos, dejaron de tirar, no volaron la radio, la pudimos romper nosotros.” Y ahí me cuenta que había un Pucará roto, sin carlinga, y él le dio un pie al cabo del Ejército, y en el buche del Pucará había una botella de Premium y se la tomaron mitad cada uno. Tenían un p**o los dos, mal. Mal comidos, te tomás una botella de eso… Y fue esa la noche en que yo me descompuse porque vos fijate que cuando me voy a bañar me lo encuentro al negro Eduardo. Y ahí me cuenta: “nos sacaron a todos con dos viajes de helicóptero, está todo el apostadero acá arriba.” Al negro le habían afanado los borceguíes. Así que andaba por el barco descalzo pidiendo que alguien le dé un par de zapatos. Había cola en todos lados. Pero bien, se hacían bromas. Nos ayudábamos. Al final le dieron unos zapatos de gala, de vestir y una camisa. Y nosotros lo cargábamos: “mirá qué combatiente elegante.” Y el negro, por la resaca tampoco podía comer nada, por la resaca del whisky. Y yo, por haber tomado p*s con leche. ¿Quién la pasó mejor? Entonces zarpa el barco cargado hasta las manos. Más de mil tipos. Rancho libre las veinticuatro horas. Andá a comer lo que se te cante en cualquier momento. ¿Qué? Era una alucinación eso. Pero el negro y yo no podíamos comer nada. Todos los troncos iban y comían tres horas. Para colmo arrancó, un barocho afuera de la hostia... A donde ibas del barco estaba vomitado. Decíamos: “estos tipos que nunca navegaron por los mares del sur.” Nos reíamos. Volvíamos a casa