Malvinas Historias de Coraje

Malvinas Historias de Coraje Es un pagina dedicada a la guerra de Malvinas, Para que no se pierdan las historias de los hombres que dieron todo sin pedir nada a cambio

𝗛𝗜𝗦𝗧𝗢𝗥𝗜𝗔𝗦 𝗗𝗘 𝗩𝗜𝗗𝗔: 𝗘𝗟 𝗣𝗔𝗡𝗔𝗗𝗘𝗥𝗢 𝗗𝗘𝗟 𝗕𝗜𝗠𝟱 𝗤𝗨𝗘 𝗘𝗟𝗜𝗚𝗜Ó 𝗜𝗥 𝗔 𝗠𝗔𝗟𝗩𝗜𝗡𝗔𝗦Relato extraido de Diario el sureño 𝘖𝘴𝘤𝘢𝘳 𝘘𝘶𝘪𝘯𝘵𝘦𝘳𝘰𝘴 𝘦𝘴 𝘦...
03/09/2026

𝗛𝗜𝗦𝗧𝗢𝗥𝗜𝗔𝗦 𝗗𝗘 𝗩𝗜𝗗𝗔: 𝗘𝗟 𝗣𝗔𝗡𝗔𝗗𝗘𝗥𝗢 𝗗𝗘𝗟 𝗕𝗜𝗠𝟱 𝗤𝗨𝗘 𝗘𝗟𝗜𝗚𝗜Ó 𝗜𝗥 𝗔 𝗠𝗔𝗟𝗩𝗜𝗡𝗔𝗦

Relato extraido de Diario el sureño

𝘖𝘴𝘤𝘢𝘳 𝘘𝘶𝘪𝘯𝘵𝘦𝘳𝘰𝘴 𝘦𝘴 𝘦𝘭 𝘱𝘳𝘦𝘴𝘪𝘥𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘥𝘦𝘭 𝘊𝘦𝘯𝘵𝘳𝘰 𝘥𝘦 𝘝𝘦𝘵𝘦𝘳𝘢𝘯𝘰𝘴 𝘥𝘦 𝘎𝘶𝘦𝘳𝘳𝘢 𝘥𝘦 𝘔𝘢𝘭𝘷𝘪𝘯𝘢𝘴 𝘥𝘦 𝘈𝘳𝘳𝘰𝘺𝘰 𝘚𝘦𝘤𝘰, 𝘚𝘢𝘯𝘵𝘢 𝘍𝘦. 𝘌𝘴𝘵𝘢𝘣𝘢 𝘩𝘢𝘤𝘪𝘦𝘯𝘥𝘰 𝘦𝘭 𝘴𝘦𝘳𝘷𝘪𝘤𝘪𝘰 𝘮𝘪𝘭𝘪𝘵𝘢𝘳 𝘦𝘯 𝘦𝘭 𝘉𝘐𝘔 5 𝘤𝘶𝘢𝘯𝘥𝘰 𝘴𝘦 𝘥𝘦𝘴𝘢𝘵ó 𝘭𝘢 𝘨𝘶𝘦𝘳𝘳𝘢 𝘤𝘰𝘯𝘵𝘳𝘢 𝘐𝘯𝘨𝘭𝘢𝘵𝘦𝘳𝘳𝘢. 𝘌𝘳𝘢 𝘶𝘯𝘰 𝘥𝘦 𝘭𝘰𝘴 𝘱𝘢𝘯𝘢𝘥𝘦𝘳𝘰𝘴 𝘥𝘦𝘭 𝘉𝘢𝘵𝘢𝘭𝘭ó𝘯 𝘺 𝘯𝘰 𝘦𝘴𝘵𝘢𝘣𝘢 𝘰𝘣𝘭𝘪𝘨𝘢𝘥𝘰 𝘢 𝘪𝘳 𝘢 𝘔𝘢𝘭𝘷𝘪𝘯𝘢𝘴, 𝘱𝘦𝘳𝘰 𝘶𝘯𝘰 𝘥𝘦 𝘴𝘶𝘴 𝘤𝘰𝘮𝘱𝘢ñ𝘦𝘳𝘰𝘴, 𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘰 𝘴𝘢𝘣í𝘢 𝘭𝘦𝘦𝘳 𝘯𝘪 𝘦𝘴𝘤𝘳𝘪𝘣𝘪𝘳, 𝘪𝘯𝘴𝘪𝘴𝘵𝘪ó 𝘦𝘯 𝘲𝘶𝘦 𝘧𝘶𝘦𝘳𝘢 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘢𝘺𝘶𝘥𝘢𝘳𝘭𝘦 𝘤𝘰𝘯 𝘴𝘶𝘴 𝘤𝘢𝘳𝘵𝘢𝘴. 𝘠 𝘧𝘶𝘦.

RIO GRANDE.- En agosto de 1981 Oscar Quinteros se subió al tren en la estación de Arroyo Seco donde nació, con destino a Buenos Aires, para incorporarse al servicio militar obligatorio en el Centro de Instrucción y Formación de Infantes de Marina (Cifim) que funcionaba en el Parque Pereyra Iraola. Allí conoció a Sergio Márquez, otro santafesino de Venado Tuerto. “Al poco tiempo de llegar nos dijeron que había que mandar cartas a nuestras familias y como Sergio no sabía leer ni escribir, me pidió que le escribiera a su mamá. Pero además me hizo escribirle a los tíos, a los primos, a las primas y a toda la familia”. Así fue como Oscar se convirtió en el redactor oficial de Sergio. “Lo ayudé durante los dos meses de instrucción y luego nos dieron destino. A mí me tocó Río Grande”.
Llegó al BIM 5 sin conocer el destino de su amigo y gracias a que tenía un oficio, se le asignó tarea en la panadería del establecimiento. “A los pocos días de estar ahí, me lo encuentro a Márquez, que estaba en la compañía mar y como era de esperarse, no zafé. Tenés que escribirme una carta, me dijo”. Escribía sus cartas y las de Márquez tratando de ser optimista, buscando llevar alegría y tranquilidad a los padres, amigos y hermanos. “Cuando necesitaba que le escribiese, Márquez me mandaba los datos con algún compañero o se acercaba él. Yo escribía en papel de vía aérea, finito y suave. No sé cuántas habrán sido, pero fueron muchas”.
Oscar recuerda que con Sergio y otros compañeros salían a recorrer Río Grande durante los francos. No había mucho para hacer, casi siempre iban al Roca o al cine. “Cuando llegó el momento de ir a Malvinas, Márquez estaba internado y me mandó a pedir que hablara con su jefe, porque su compañía se iba y él no se quería quedar. Conseguimos que le dieran el alta y entonces me preguntó si yo iba también “Le dije, Márquez, yo no tengo idea de nada. Siempre estuve acá en la panadería. Qué voy a hacer yo allá. Él me contestó: Y quién me va a escribir las cartas”. Lo cierto es que Oscar sólo tenía los conocimientos y las prácticas del Cifim, pero así todo se decidió a ir. Le dijo a su jefe Juan Salvador Pellegrino, que no quería quedarse en el Batallón mientras sus compañeros se iban todos a la guerra e inmediatamente lo equiparon, preparó sus cosas y subió al avión con sus compañeros. Fue el 8 de abril. “En Malvinas, con Márquez no nos cruzamos, pero él me ubicó y se las ingeniaba para mandar alguien para que le hiciera las cartas. Yo tenía un dedo quebrado de cavar piedras en el bunker, pero me arreglaba igual. Pertenecía a la compañía de apoyo logístico que se conocía como “Tacotaco” y mi grupo estaba con el Teniente Waldemar Aquino. Cerca nuestro estaban las ametralladoras 12,7 mm del suboficial Enrique. Más atrás de nosotros estaba Galluci con los morteros”.
Como todos, no tenía mucha conciencia de lo que podía suceder, hasta que el 1° de mayo lo encontró fuera de su posición mientras el enemigo comenzó a desplegar toda su fuerza. “A Puerto Argentino volví una sola vez, que fuimos al apostadero naval a buscar carne. Caminando por los pasillos del muelle, escuchamos a los perros aullar y supimos que algo iba a pasar. Entonces escuchamos pasar los aviones ingleses. Después se escucharon las alarmas. Y entonces pasaron Harrier, baterías antiaéreas, defensas antiaéreas. Me dije, nunca más. Me quedo allá, en mi posición y comeré ovejas, acá al pueblo no vuelvo más. Solo regresé durante el repliegue”.
“Márquez estaba en la tercera sección de la compañía mar que estuvo muy complicada. Nosotros ya estábamos replegados en Sapper Hill y ellos seguían combatiendo. Le escribí mientras pude. Mi mamá me mostró una carta que yo le mandé los últimos días, donde le decía que esto no da para más, tal vez sea la última carta que reciban. Y esa parte estaba tachada con un fibrón negro porque nuestras cartas pasaban por una censura naval”.
No recuerda el día que volvió al continente, pero sí recuerda claramente lo que sentía. “Mi familia no sabía nada cuando me fui, se enteraron por carta, mientras estaba allá. Llegamos a Puerto Belgrano de madrugada, en medio de un clima desagradable, una tirantez en el trato como si fuéramos culpables de lo que pasó. Lo que yo escuché es que estábamos ahí para una revisación médica y que por la mañana volvíamos a Río Grande y así fue. No estaba Robacio, ni el segundo, ni algunos guardiamarinas que conocíamos mejor allá, que quedaron demorados. Nos dieron la baja, un pasaje y a casa, sin hablar. Llegamos a Buenos Aires, subimos a los trenes y en cada estación se bajaba alguno que nunca volvimos a ver”.
Al regresar de la guerra, Oscar conoció a otros dos excombatientes de Arroyo Seco que pertenecían al BIM5 como él, Juan Martínez y Víctor Giménez. Ambos también retornaron al pueblo y aunque hoy no participan de las actividades del centro de veteranos, son parte de él.
Sergio Márquez también volvió a su pueblo y hoy en día está participando en uno de los dos centros de veteranos que hay en Venado Tuerto. Con Oscar se encontraron después de muchos años y se mantienen comunicados permanentemente, al igual que con otros veteranos de diversos lugares del país a través de whatsapp y facebook. También después de muchos años logró conocer personalmente a la principal destinataria de sus cartas: la madre de Sergio

𝐔𝐍 𝐒𝐀𝐑𝐆𝐄𝐍𝐓𝐎 𝐘  𝐃𝐎𝐒 𝐒𝐎𝐋𝐃𝐀𝐃𝐎𝐒... 𝐓𝐑𝐄𝐒 𝐀𝐌𝐈𝐆𝐎𝐒La Compañía "A" el RI-3 acampaba en medio de la nada, a varios kilómetros de P...
02/09/2026

𝐔𝐍 𝐒𝐀𝐑𝐆𝐄𝐍𝐓𝐎 𝐘 𝐃𝐎𝐒 𝐒𝐎𝐋𝐃𝐀𝐃𝐎𝐒... 𝐓𝐑𝐄𝐒 𝐀𝐌𝐈𝐆𝐎𝐒

La Compañía "A" el RI-3 acampaba en medio de la nada, a varios kilómetros de Puerto Argentino. Nevisca, frío, hambre y tristeza. Y las detonaciones de las baterías enemigas cada vez más cerca. El sargento Villegas se parecía a aquellos sargentos de los westerns de John Ford: hombres con más corazón que odio. Su debilidad era un soldado débil a quien todos llamaban Lupin, un huérfano total apellidado Cerezuela, que desde los siete años había vivido sin familia y sin destino, y a quien nadie jamás le habían enviado una carta
Durante la instrucción, le había comentado a Villegas que él no había conocido a su padre y a los siete años se fue de su casa por los maltratos que recibía de su madre. Se refugió en la casa de una tía, pero no soportó más de tres días bajo el mismo techo. deambuló arriba de varios colectivos hasta que llegó a una estación de servicio, donde le permitieron quedarse a dormir.
A Villegas le daba lástima esa carencia. Así que le ordenó a un conscripto del grupo que le pidiera a su novia un favor: debía buscar a una amiga para que ésta escribiera de su puño letra una misiva dirigida a Lupin.
Cuando se hacían los corros para recibir la correspondencia, Lupin se quedaba atrás descansando o cumpliendo tareas. Sabía que en ese rito deseado no había nada para él. Pero un día el encargado del correo voceó por primera vez su apellido: "¡Cerezuela!". Y entonces Villegas vio que Lupin ni siquiera se mosqueaba. Como si no lo hubiera oído. "¡cerezuela!", repitieron varias veces. Y nada. Lupin miraba distraídamente el horizonte. Villegas lo enfrentó: "Che, boludo, ¿usted no es cerezuela?". Lupin pareció regresar del más allá: "Sí, pero yo no recibo cartas, mi sargento. Debe ser un cerezuela de otra compañía".
Villegas tomó el sobre y se lo entregó. La cara de Lupin se transformó como si hubiera descubierto un tesoro.
Abrió lenta y cuidadosamente el sobre, leyó esas pocas líneas dirigidas a él y a nadie más, y después arrugó la carta contra el pecho y caminó mirando al cielo: "Gracias, Dios mío, gracias, gracias".
Eso no impidió que el sargento lo castigara con dureza por maltratar a su fusil, un pecado mortal en tiempos de batalla. El fusil es como la novia, soldado: se lo cuida, se lo mima y se lo lleva siempre consigo. No hacerlo equivale a poner en peligro a todos. Y Cerezuela no lo limpiaba y se lo olvidaba en cualquier rincón. Villegas no tenía forma de saber que Cerezuela le salvaría la vida cuando le impuso una tarea extenuante: vaciar de agua todos los días de la semana aquellos pozos de zorro. Una noche Lupin se acercó a la tienda de su jefe y pidió cruzar unas palabras con el sargento. Villegas salió al frío de mala gana, y entonces Cerezuela
le dijo, en voz muy baja: "Máteme, mi sargento, yo no sirvo para esto, soy un estorbo. Pégueme un tiro; acá nadie se va a enterar que fue usted y nadie me va a extrañar". Villegas Lo miro fijamente y le pegó un abrazo de oso y le dijo: "Pedazo de hijo de p**a, no digas eso". Se lo dijo con los dientes apretados y conteniendo las lágrimas.
No le gustaba a Villegas mostrar los sentimientos. Ni las flaquezas. A nadie había contado que cuando Fueron atacados el 1° de mayo por las ráfagas inglesas el sargento más bravo había empezado a temblar como una hoja. Por suerte, su tropa no lo había visto en esos renuncios, pero a partir de esa vergüenza íntima el sargento cargaba su propio calvario. Le rezaba todas las noches a Dios para que le diera temple en el combate y para que pudiera llevarse de este mundo a cuatro o cinco enemigos antes de morir. No rezaba para salvarse. Rezaba para irse al otro barrio con los honores que siempre había soñado.
Cuando A las dos de la madrugada del 14 de junio, el regimiento 3 recibió la orden de cargar armamento y municiones y avanzar sobre el cerro Tumbledown. . Comienzan a trepar se escuchaba combate en todos lados Villegas, contra lo aconsejable, iba delante de todos trepando por esa ladera escarpada, cuando desde arriba los haces de luz de dos fusiles con mira infrarroja le resbalaron por el cuerpo. Saltó en un segundo hacia el costado y evitó un proyectil, pero el segundo le entró por el abdomen y le estalló en el hueso de la cadera. En el medio del tiroteo que se habia desatado y viendo a su jefe herido Los soldados Tríes y Cerezuela se miraron en la oscuridad. Luego se incorporaron, arrojaron ostensiblemente los fusiles al suelo y levantaron las manos.
Subieron en esa posición audaz quince metros hasta su jefe, lo tomaron de los brazos y lo bajaron hasta el lugar donde se habían parapetado. El inglés que los tenía en la mira dejó que hicieran todo eso sin apretar el gatillo. Villegas pedía desesperadamente agua. Tríes le dio una botellita de whisky y le llenó la boca con
trozos de nieve. Había que retroceder ya mismo. "Tríes -lo llamó Villegas-. No creas que me pongo en héroe,pero quiero que le avises a mi familia que me quedo acá. Contales de la forma que les duela lo menos posible, ¿sabes? A mí mujer decile que lamento no haberme casado con ella y a mi nena de tres años decile que, decile." En ese momento se fue en llanto. Pero se contuvo. Lo agarró a Tríes de la solapa y le dijo, en un hilo de voz: "Méteme un tiro. Son ocho kilómetros hasta el pueblo. Yo ya estoy listo. Méteme un tiro, no me dejes sufriendo pero desobedeciendo sus ordenes, sus soldados lo llevaron.Llegaron con el último aliento a ese hospital lleno de amp**ados y heridos, y le entregaron el cuerpo maltrecho de Villegas a los cirujanos. El sargento escuchó a
uno de ellos que decía: "Le queda poco". Villegas alcanzó a decirles que no lo amp**aran, que lo durmieran para siempre. Al despertarse, varias horas después, vio a varios ingleses con fusiles en la mano.

𝑫𝒆𝒔𝒑𝒖𝒆𝒔 𝒅𝒆 𝒍𝒂 𝒈𝒖𝒆𝒓𝒓𝒂

Desde ese en malvinas dia Villegas y Tries se hicieron íntimos amigos. Asistieron juntos a escuelas a dar charlas, ayudaron a los veteranos más desvalidos, presentaron a sus familias, y comieron muchos asados. Hay un afecto especial entre ellos. Esa clase de sentimiento entre hermanos que florece solamente en la trinchera y en la solidaridad del dolor.
Un día, sin embargo, Villegas le dijo a Tríes que tenía una asignatura pendiente: encontrar a Cerezuela y explicarle por qué lo había castigado tan duramente en aquellas vísperas
Le debía esa explicación además de deberle la vida. Lo rastrearon a Lupin por toda la provincia de Buenos Aires pero nada se sabia de el, pero un día tuvieron una p*sta firme en el velatorio de un ex soldado. "Tenemos a un Cerezuela en Olivos -les dijo un veterano-. Pero apúrense porque tiene cáncer de pulmón y se está muriendo.
Lograron contactarlo"
Hacía quince días que no se levantaba de la cama ni se afeitaba. Tríes le avisó a su esposa que él y Villegas lo visitarían esa tarde. La cita era a las dos, y Lupin hizo un terrible esfuerzo para levantarse, bañarse y pegarse una afeitada. Estuvo sentado en una silla esperándolos a los dos, que se atrasaron y recién pudieron llegar a
las cuatro de la tarde. Les caían las lágrimas a los tres. Lupin lo llamaba "mi sargento", a pesar de que Villegas ya no tenía cargos (se había ido de baja del ejercito). "Usted va a ser siempre mi sargento -le dijo aquel huérfano -. Usted ha sido mi papá." Villegas tragó saliva y le respondió: "Yo vengo a pedirte disculpas, Lupin, y a explicarte por qué te castigué aquella vez". No hacía ninguna falta, pero se quedaron hablando horas y horas de aquellos tiempos en los que fueron gloriosamente vencidos.
El viernes de la semana siguiente repitieron la visita, pero esta vez Lupin no pudo levantarse de la cama. "Esta noche me voy", les dijo, y lo sacaron carpiendo. Al día siguiente, cuando Villegas cruzaba un peaje, sonó su celular. Era la mujer de Cerezuela: acababa de morir. Dio la vuelta, llamó a Tríes y llegaron cuando el cadáver todavía estaba tibio. En el velatorio, los veteranos de la zona pedían hablar con el sargento Villegas y abrazarlo como si fuera el sargento Cabral. Lupin les había hablado durante veinte años de aquel héroe personal que los había guiado y cuidado como un padre durante sesenta días de sangre y fuego

𝐂𝐥𝐚𝐮𝐝𝐢𝐨 𝐆ü𝐢𝐝𝐚 𝐋𝐚 𝐡𝐢𝐬𝐭𝐨𝐫𝐢𝐚 𝐝𝐞 𝐮𝐧 𝐜𝐨𝐧𝐬𝐜𝐫𝐢𝐩𝐭𝐨 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐀𝐫𝐦𝐚𝐝𝐚 𝐀𝐫𝐠𝐞𝐧𝐭𝐢𝐧𝐚 (𝐮𝐥𝐭𝐢𝐦𝐚 𝐩𝐚𝐫𝐭𝐞)𝘙𝘦𝘭𝘢𝘵𝘰 𝘦𝘹𝘵𝘳𝘢𝘪𝘥𝘰 𝘥𝘦𝘭 𝘭𝘪𝘣𝘳𝘰 𝘊𝘢𝘳𝘵𝘢𝘴 𝘥𝘦 𝘭𝘢 𝘨...
30/08/2026

𝐂𝐥𝐚𝐮𝐝𝐢𝐨 𝐆ü𝐢𝐝𝐚 𝐋𝐚 𝐡𝐢𝐬𝐭𝐨𝐫𝐢𝐚 𝐝𝐞 𝐮𝐧 𝐜𝐨𝐧𝐬𝐜𝐫𝐢𝐩𝐭𝐨 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐀𝐫𝐦𝐚𝐝𝐚 𝐀𝐫𝐠𝐞𝐧𝐭𝐢𝐧𝐚 (𝐮𝐥𝐭𝐢𝐦𝐚 𝐩𝐚𝐫𝐭𝐞)

𝘙𝘦𝘭𝘢𝘵𝘰 𝘦𝘹𝘵𝘳𝘢𝘪𝘥𝘰 𝘥𝘦𝘭 𝘭𝘪𝘣𝘳𝘰 𝘊𝘢𝘳𝘵𝘢𝘴 𝘥𝘦 𝘭𝘢 𝘨𝘶𝘦𝘳𝘳𝘢 𝘥𝘦 𝘔𝘢𝘭𝘷𝘪𝘯𝘢𝘴

Cuando llegamos nos para la Prefectura. Paramos nosotros atrás. Nos bajamos y ya estaban todos los del BIM5 que habían llegado del frente. Se veían camiones cisternas chocados y metidos en el agua. Gente rompiendo equipo. Se desarmaba porque había terminado. Y cuando bajamos a puerto nos vamos a juntar con la gente del apostadero, que había quedado en el apostadero, ¿no? Nos reciben los pibes. ¿Qué hacén, locos? ¡Zafaron! Con toda la alegría, abrazándonos, pero todos armados. Y había boinas rojas ingleses que caminaban entre nosotros en el puerto. Era un peligro eso. Todos armados y los ingleses caminando armados entre nosotros. Y los tipos no querían que estemos afuera, querían que nos metamos adentro de los galpones del puerto. Había un inglés que con la punta del fusil te decía para adentro. Y los correntinos nuestros: “¿Qué nos mirás, cabezón?” Se lo querían comer. Había mucha adrenalina, felicidad, tristeza, sorpresa, todo junto. Y los oficiales nuestros parando a los pibes: vamos para adentro, vamos para adentro. Y el inglés gritando. ¿Qué me gritás? Todos armados, un peligro. Eso pasó el 14. El 15 a la mañana abandonamos Puerto Argentino. Todos por el camino marchando para el aeropuerto. El aeropuerto era una península chiquitita con la p*sta atravesada. Ahí está la marcha donde el famoso tipo ese del Ejército mira para atrás y hace un corte de manga y lo filman. Todos marchando al campo de concentración que nos esperaba en el aeropuerto. Ahí empieza a aparecer alimento. Latas de esto, de lo otro. Claro, había que reventar lo que quedaba de la cocina. Todos lo puteaban al suboficial Solis. Era el de víveres. Claro, él decía que no sabía cuánto duraba la guerra. Si duraba un día, un mes, un año. Todos empezamos a caminar para el aeropuerto cargados, llenos de latas. Lo que nos entrara. Yo tenía un bolso azul naval y ahí puse un par de cosas, pero, claro, empezamos a caminar y no podías caminar. Después el camino estaba regado de latas, porque no llegábamos a cargar, pesaban una tonelada, hasta que pasamos esa tranquera donde requisaban. Todo esto con los sables, bayonetas. Yo me guardé el sable de la bayoneta en el cierre de la parca. Estaba a cinco tipos de que me paren y que me saquen el arma. Y le digo al suboficial Peralta, un tipo que era electricista, oficial, teniente de fragata. Peralta. ¿Qué pasa? Tengo el sable bayoneta en el cierre de la parca. Me dice: “¿vos sos boludo?” Y yo:“me lo quiero llevar.” Me insiste para que lo entregue. Y yo, que no, que me lo llevo. Esto a tres tipos de pasar la tranquera. Me lo quiero llevar. Entregalo, pelotudo, ¿querés que nos maten a todos? Pero ¿se darán cuenta que lo tengo? No seas boludo, entregá todo, dejate de joder. Cuando llego, ahí entrego el fusil y abro la parca y s**o todo. Lo entregué. Pero este Peralta cagado en las patas. Entregalo, boludo, ¿qué querés? ¿Que nos maten a todos? Así pasamos a estar prisioneros en el aeropuerto, que era un campo de concentración. Había tres o cuatro fogatas grandes. Otra vez, los hangares del aeropuerto estaban todos hechos mi**da. Había partes, ¿viste las p*stas esas que se usan en la Antártida, que son de una pulgada de aluminio, de un metro por siete? Empezamos a desarmar la p*sta. Encontramos un muro que había quedado en pie. Apoyamos esas chapas y ya teníamos para meternos ahí. Nos juntamos todos los del apostadero, Silva y otro, eran el segundo y el tercero, todos nos juntamos con los buzos tácticos que estaban siempre en el puerto con nosotros, nos juntamos ahí, en el aeropuerto. Entonces armamos un grupo ahí viviendo en los ranchos esos que nos habíamos inventado los presos. Por día, llovía dos veces y nevaba tres, y al rato salía el sol. Muy cambiante el clima. Estuve hace poco en Ushuaia y es igual el clima. Sale el sol, nieva, para, te morís de calor, tomás sol, tapate porque llueve o se levanta viento.
Yo estaba bien. Tenía machucado un dedo por haber hecho no sé qué con una piedra en el bunker. En mi posición. Pero estaba bien. Cansado pero bien. Percudido, todo muy sucio, muy mal, cansado más que nada. Dejaron entrar tres cocinas y nos alimentamos con las tres cocinas. Una noche le digo a Juanjo: Juanjo, no siento las piernas. Eran como las tres de la mañana. Juanjo me dice: vayamos a caminar. Pero llueve. No importa. Vamos a caminar, dice Juanjo. Salimos a caminar. Estaba todo oscuro. La única iluminación que había eran cinco fogatas gigantes. Era una villa miseria gigante. Basura, pedazos de chapa, tipos tirados. Pasan dos pibes del Ejército y nos preguntan “¿tienen jarros?” Les decimos: “no, pero conseguimos, ¿por qué?” Nos cuentan: “al lado de esa fogata hay unos pibes que tienen leche en polvo, si quieren leche vayan ahí.” Fuimos a buscar dos jarros. Loco, ¿tenés pastillas potabilizadoras? No, ¿vos? No. Yo tampoco. Entonces empezamos a mirar. No se veía un pito. Estaba todo oscuro. No teníamos linternas, nada. Con el reflejo de la fogata, había que buscar un charco de agua que estuviese asentado, que no estuviese turbio o mezclado con turba. De ahí sacar agua, calentarla y tomar leche. Le digo: “Juanjo, en la ruina de la torre de control hay un caño de desagüe.” Un caño con el que me saqué una foto en 2006 cuando volví. Le digo: “saquemos agua de ahí, esa agua cae de la terraza, boludo, más limpia esa agua que la que está acá en el p*so va a estar seguro.” Encontré dos pastillas y llenamos un jarro, pero, claro, en las ruinas de la torre de control, en el primer p*so, también vivía gente que salía a la terraza a hacer p*s… Así que conseguimos un agua bastante transparente, conseguimos la leche, hasta conseguimos azúcar, calentamos el jarro, lo revolvimos, llenamos el jarro… Y cuando empezamos a tomar Juanjo dice: “che, esto tiene gusto a meo, tiene olor feo.” Y entonces le respondo: “dejáte de joder, yo no siento las piernas, dejame tranquilo.” Él lo tiró. Yo me tomé el jarro de leche. Mejoré un poco. Me acosté. Eso fue a las tres de la mañana. A las ocho de la mañana estaba vomitando, descompuesto, diarrea, me estaba muriendo. El viernes pasó eso. El viernes firmaron la devolución de las tropas y nos vienen a buscar del apostadero. Vamos marchando otra vez hasta el pueblo. Yo dije que no podía caminar. Vinieron los oficiales que eran el segundo y el tercero del apostadero. Pero, ¿qué te pasa? Les conté. Me llevaron arrastrando con los pies colgados hasta el medio de la p*sta. Y enseguida llegó un helicóptero del Bahía Paraíso. Se bajaron unos muchachos que para mí eran gigantes. Mirá que yo soy grandote, pero estos hicieron así ¡pif! y me tiraron arriba del helicóptero. Caigo, y así como caigo, veo que se empiezan a juntar todos los tullidos conmigo. A los quebrados, a los heridos de gravedad, los sacaban primero. Y yo dije: “no veo más a los pibes.” ¡Mirá en lo que pensaba! Me angustié. Vinimos juntos, nos vamos juntos. Yo sentía eso, que no los iba a ver más, que los perdía. Y el helicóptero levantó vuelo con todos los rotos adentro. Bajo en el barco, salgo del helicóptero, voy a la enfermería. Me agarran un enfermero y un médico y me dan una pichicata en cada brazo. Comprimidos, ésta cada dos horas, ésta cada seis horas. No comas nada, pero nada. ¿Tenés hambre? No, qué voy a tener hambre... Estaba arruinado de tomarme la leche con p*s. A bañarse, entonces. Me estoy bañando y veo que empiezan a llegar mis compañeros del apostadero. Fue una alegría eso. Desnudo, todo roto… No me iba a poner a abrazarlos. Pero esa ducha fue muy buena.
Yo me bañaba en el Buen Suceso porque el negro Eduardo era amigo de Etchecopar y de Corleto que eran dos petisos de la panadería del buque. Etchecopar era hermano de Etchecopar, el periodista. Eran dos enanos que no habían amasado una torta frita en su vida pero hacían pan en la cocina del Buen Suceso para cinco mil personas. Y los conocía porque ellos estaban en el Apostadero Naval de Buenos Aires y yo estaba en Ensenada. Eduardo fue íntimo amigo mío, compañero de instrucción. Me los presenta a estos dos enanos de mi**da. Cuando yo llego a Malvinas, a esa bodega, pregunto “¿quién es el más antiguo acá? ¿Hay alguno segunda tanda?” Me entraron a decir nombres y dicen “Iañez.” ¿Quién? ¿Eduardo? ¿Dónde está? Él está trabajando en la radio. ¿A qué hora viene? A la noche. Entonces lo espero al negro y estaba en infantería. Era custodia del Apostadero Naval Buenos Aires.
Él hizo toda la colimba con un Fal. Yo la hice con un Garand Beretta, que es parecido pero más pesado. Cuando voy a Malvinas me dan un Fal nuevo. Entonces yo lo espero a él y le digo: “¿qué hacés acá?” Nos hicimos muy amigos y encima nos enteramos que mi papá y el papá de él habían trabajado juntos en SEGBA. Después de la instrucción, él se fue a Retiro y yo fui a La Plata. No nos vimos más. Nos encontramos en Malvinas. Y yo: “Negro, enseñame cómo se maneja el Fal.” Y el negro desde las once de la noche hasta las tres de la mañana, con una bolsa de dormir estirada arriba de una de esas camas, me enseñó. Yo con los ojos vendados armaba y desarmaba el Fal. Aprendí en un curso de cuatro horas con el negro Eduardo. Nadie me había enseñado a manejar un Fal. Él me enseñó. A todo esto, yo estaba prisionero y lo buscaba al negro. ¿Y de Diañez no saben nada? Los ingleses habían pasado por arriba de la radio. Yo estaba preocupado por el negro. ¿Che, y el negro? ¿Che, y el negro? ¿Lo viste a Eduardo? Nadie me sabía decir dónde estaba el negro. Ah… y pasó algo. Todo esto fue, me estoy acordando antes de que tomara ese p*s con leche. Estoy en el aeropuerto rodeado de gente tirada, charcos de agua con combustible, chapas rotas y me pongo a preguntar. Ahí es donde me pongo a preguntar. Entonces salta uno: “¿vos buscás a Iañez? ¿Ese no es Iañez?” Y yo miraba y lo veía al negro con ropa de marino. Había mucha diferencia entre la ropa de marina y la del Ejército. Miro y lo veo con un cabo del Ejército bailando cumbia adentro de un charco. Todo el campo de prisioneros se estaba acercando. Entonces pienso: “Este pelotudo enloqueció.” Voy, me acerco, perplejo, y le digo: “Negro… Negro…” Y él: “Hola, Clau, ¿qué hacés? ¿cómo estás?” Me responde bailando. Lo larga al cabo, que se reía, y sigue bailando solo. Le digo: “¿Estás bien, negro? ¿Qué estás haciendo?” Y él: “Nada, estoy acá con unos locos, ¿cómo te llamás?” Le preguntaba al cabo, bailando cumbia dentro de un charco. Lo s**o del charco y lo abrazo. Me dice: “por la radio, zafamos, dejaron de tirar, no volaron la radio, la pudimos romper nosotros.” Y ahí me cuenta que había un Pucará roto, sin carlinga, y él le dio un pie al cabo del Ejército, y en el buche del Pucará había una botella de Premium y se la tomaron mitad cada uno. Tenían un p**o los dos, mal. Mal comidos, te tomás una botella de eso… Y fue esa la noche en que yo me descompuse porque vos fijate que cuando me voy a bañar me lo encuentro al negro Eduardo. Y ahí me cuenta: “nos sacaron a todos con dos viajes de helicóptero, está todo el apostadero acá arriba.” Al negro le habían afanado los borceguíes. Así que andaba por el barco descalzo pidiendo que alguien le dé un par de zapatos. Había cola en todos lados. Pero bien, se hacían bromas. Nos ayudábamos. Al final le dieron unos zapatos de gala, de vestir y una camisa. Y nosotros lo cargábamos: “mirá qué combatiente elegante.” Y el negro, por la resaca tampoco podía comer nada, por la resaca del whisky. Y yo, por haber tomado p*s con leche. ¿Quién la pasó mejor? Entonces zarpa el barco cargado hasta las manos. Más de mil tipos. Rancho libre las veinticuatro horas. Andá a comer lo que se te cante en cualquier momento. ¿Qué? Era una alucinación eso. Pero el negro y yo no podíamos comer nada. Todos los troncos iban y comían tres horas. Para colmo arrancó, un barocho afuera de la hostia... A donde ibas del barco estaba vomitado. Decíamos: “estos tipos que nunca navegaron por los mares del sur.” Nos reíamos. Volvíamos a casa

𝐂𝐥𝐚𝐮𝐝𝐢𝐨 𝐆ü𝐢𝐝𝐚 𝐋𝐚 𝐡𝐢𝐬𝐭𝐨𝐫𝐢𝐚 𝐝𝐞 𝐮𝐧 𝐜𝐨𝐧𝐬𝐜𝐫𝐢𝐩𝐭𝐨 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐀𝐫𝐦𝐚𝐝𝐚 𝐀𝐫𝐠𝐞𝐧𝐭𝐢𝐧𝐚 (𝐩𝐚𝐫𝐭𝐞 𝟐)𝘙𝘦𝘭𝘢𝘵𝘰 𝘦𝘹𝘵𝘳𝘢𝘪𝘥𝘰 𝘥𝘦𝘭 𝘭𝘪𝘣𝘳𝘰 𝘊𝘢𝘳𝘵𝘢𝘴 𝘥𝘦 𝘭𝘢 𝘨𝘶𝘦𝘳𝘳𝘢...
28/08/2026

𝐂𝐥𝐚𝐮𝐝𝐢𝐨 𝐆ü𝐢𝐝𝐚 𝐋𝐚 𝐡𝐢𝐬𝐭𝐨𝐫𝐢𝐚 𝐝𝐞 𝐮𝐧 𝐜𝐨𝐧𝐬𝐜𝐫𝐢𝐩𝐭𝐨 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐀𝐫𝐦𝐚𝐝𝐚 𝐀𝐫𝐠𝐞𝐧𝐭𝐢𝐧𝐚 (𝐩𝐚𝐫𝐭𝐞 𝟐)

𝘙𝘦𝘭𝘢𝘵𝘰 𝘦𝘹𝘵𝘳𝘢𝘪𝘥𝘰 𝘥𝘦𝘭 𝘭𝘪𝘣𝘳𝘰 𝘊𝘢𝘳𝘵𝘢𝘴 𝘥𝘦 𝘭𝘢 𝘨𝘶𝘦𝘳𝘳𝘢 𝘥𝘦 𝘔𝘢𝘭𝘷𝘪𝘯𝘢𝘴

En custodia, tuvimos que hacer un pozo y enterrar municiones que quedaban en el puerto. Si tiraban un cohete ahí, no quedaba nada. Hicimos refugios antiaéreos, y así. Y todo esto fue hasta el 25 de mayo. Yo siempre digo que tuve el orgullo de izar la bandera ese 25 de mayo en el pabellón donde yo había puesto el cartel, dibujado y pintado. O sea que no fui abanderado por bueno, sino por todo el laburo que había hecho. Así que izamos la bandera, contentos, orgullosos, todo muy emotivo. Vino la formación, el almirante, la armada. Tengo una única foto que no sé quién la sacó. Eso fue a las diez de la mañana. A las doce del mediodía tomamos un chocolate y nos dicen: “agarren el equipo que las fuerzas están reacomodando las defensas.” Los ingleses ya venían marchando desde Darwin para tomar Puerto Argentino. Las defensas se empezaron a cambiar y se fue armando la defensa de Puerto Argentino. Había que cerrar por dónde venían los ingleses y en frente había una línea de tres o cuatro antiaéreas, y entre esas antiaéreas faltaba gente para cerrar la defensa de la bahía. Había que cerrarlo para armar la defensa en torno a Puerto Argentino. ¿Y a quienes mandaron? A las doce nos dicen agarren el equipo que se van al frente, y nosotros decíamos ¿al frente de dónde? Somos marineros. Se van al frente, nos dicen. Éramos cincuenta pibes. A treinta y cinco nos mandaron al frente. Entre esos yo, el rey de la desgracia.
Pero la gente que se quedaba quería venir con nosotros. Había mucha camaradería. La cuestión es que pasamos a ser infantes. Y en Camber encontramos una situación… En la parte de arriba estaban las antiaéreas y entre medio teníamos que cerrar nosotros con hombres a fusil en mano, cada cuatro o cinco metros. Pasamos a estar a la intemperie, hicimos un búnker entre dos piedras y después nos distribuimos un hombre cada cinco metros. Y conformamos el frente que se llamaba por lomas: Loma 1, Loma 2, Loma 3. Más allá había gente de infantería custodiando un tanque de combustible. O sea que había gente del Ejército de la antiaérea, infantes de marina y nosotros que pasamos a ser infantes, todos haciendo una línea de fuego.
A todo esto le pregunto a un oficial, ¿cómo nos mandan a primera línea? Y nos responde: “no, no, ustedes van a tercera línea, adelante hay más tropas.” Bueno, menos mal. Entonces llegamos. A las cinco ya era de noche y nos pasaban helicópteros argentinos por arriba. Le pregunto a un cabo y me dice: “se están replegando la primera y segunda, porque se siguen reacomodando líneas.” Entonces ¿entramos en combate como primera línea? Ahí ya hacía mucho frío a la intemperie y teníamos una línea y una guardia de ojo adelante, y esa guardia de ojo era un tipo que tenía un visor. Nos contaron que hacía dieciocho grados bajo cero... Era intenso el frío. Y el búnker estaba todo tapado para que no salga nada de luz. Teníamos fuego adentro y entrabas de la guardia de ojo para calentarte los pies y te quemabas las botas con el fuego y los pies no se te calentaban nada.
Había un rancho cerca de los tanques de combustible donde íbamos a buscar comida en lata para los nueve que estábamos ahí con un suboficial. Pero este suboficial se retiró porque no veía de noche y nos quedamos con un cabo segundo de mar que se hacía el infante. Nos quería conducir pero nos dábamos cuenta que no sabía nada de nada. Se fue en una misión y nos dejó solos. En la marina, la antigüedad es un grado, ¿no? Y yo era el más antiguo, entonces yo pasé a estar a cargo de esos ocho pibes. Y yo no tenía experiencia. ¿Qué experiencia iba a tener? Me decían ¿qué hacemos? Entonces le dije, que nada, cuidémonos y preparemos las posiciones. Y enseguida empecé a cambiar de reglas. Las guardias eran de cuatro horas y las hicimos de dos horas para no sufrir tanto el frío, y el ojo que era de a uno, yo lo puse de a dos. Dormimos menos pero esa la hacemos acompañados. Los que están al p**o, vengan al bunker y descansemos. Entonces, yo había armado una comunidad extraordinaria. Estábamos bien. Cuando vino un suboficial a hacerse cargo, preguntó quién estaba a cargo y me presenté. Le di las novedades y, claro, me empezó a odiar automáticamente. Me dijo que era un irresponsable, que no tenía autoridad y me cuestionó todo. Yo decía: “¡pero si a mí me dejaron solo!” Tuve que asumir algo que yo no quería. Todo me criticó. ¿Por qué achicaron las guardias? Para no morirnos de frío. ¿Por qué las guardias de a dos? Para que no nos quedemos dormidos, le decía. Pasé a ser el peor tipo del mundo, me comía la peor guardia de ojo de todos los días, cien metros adelante y solo. Los pibes me miraban y me decían “no te lo mereces pero, bueno, ¿qué vamos a hacer? No te podemos defender en nada?” Pasé a ser el castigado desde que llegó este tipo.
La marina incorporaba cinco tandas por año. Yo era segunda 62 que fue la tanda que fue a Malvinas. Había quinta pero quinta eran del mismo año que yo. Y yo también critico siempre lo de los chicos de la guerra. Para hacer entrar el sentimiento a la gente, ponele, me parece una buena idea, pero yo tenía pibes al lado que estaban casados y eran padres de familia, y aparte te sorteaban a los diecisiete y te incorporaban a los dieciocho. Entonces vos nunca tenías dieciocho en la guerra. En la guerra tuviste dieciocho y medio, o diecinueve. Yo cumplí veinte años en la guerra. Pero es jodido revertir la lástima de los chicos de la guerra porque vos lo explicás y la gente ya lo tiene incorporado. Es un karma, como el que se cree Rambo. Lo que hablábamos al principio.
En Camber de golpe era el más malo del pelotón, era medio ídolo. Estábamos solos, había nevado y había habido un ataque aéreo. Habían usado la pieza antiaérea del Ejército y vino el cabo Roscó y se presentó: “Cabo Roscó, del Ejército Argentino, ¿quién está a cargo?” Como dije, yo era el más antiguo. Respondo: “Conscripto clase 62, Claudio Güida.” Silencio. “¿Usted es el superior?” Respuesta: “Sí, yo soy el superior del grupo.” El cabo: “Le vengo a pedir gente para desenterrar la pieza que se nos hundió entre la nieve y el agua.” Y claro, los pibes me miraban como diciendo, ¿cómo? Se escuchaban los gritos que se peleaban los del Ejército. ¿Y yo tenía que darle gente? Arranco: “Disculpe, cabo, tengo a toda mi gente reparando las posiciones por la nieve también, no le puedo dar gente.” Entré en el corazón de la hinchada, imaginate. Me querían todos porque era un jefe de la hostia. Lo que había que hacer era levantar la pieza, ponerle el pie, todo, y él tenía seis tipos que no le daban pelota. Se escuchaban las peleas. Entonces le dije que no. Viene el otro tipo. Se pone a cargo, y eso ya era tipo 6 de junio, por ahí. Yo cumplía años el 9 de junio y Julito Casas, que estaba en otra loma, se caminó dos lomas, ciento y pico de metros, en la montaña, y me trajo un regalo muy preciado que era una lata de salchichas Swift. Te daban una lata de ración y te tocaban albóndigas, mondongo, pero las salchichas de Viena con tuco eran las mejores. Y vino Julio con un regalo. Julio cumplía años el 20 de junio. Y bueno, acá llegaba el Papa a pedirnos paz. Y nosotros ya habíamos tenido bombardeos, cañoneos navales en el puerto, que vos escuchabas el tun, tun, tun, sh, sh, sh. El problema es cuando escuchabas el silbido y no escuchabas que explotaba, y vos decías, que explote, por favor, porque explotaba lejos. Todo eso pasaba y nosotros arriba del puerto, en la parte más alta del puerto, teníamos un cañón Berta 155 que parecía un cañón gigante. Y tiraba ese cañón que tiraba a cuarenta kilómetros y como a la fragata le picaban cerca, paraban un rato, hacían un óvalo, tiraban por banda y después se alejaban. Pero cuando tiraba este, tiraba un bombazo y los alejaba por un rato. Entonces estábamos todos esperando que tire el cañón de arriba. Nosotros tuvimos ataques aéreos y cañones navales estando en el frente y acá estaba el Papa hablando de paz y yo pensaba: “qué paz, si a nosotros nos están cagando a tiros. Son los otros los que están tirando. Andá a pedirles paz a ellos.” Los pensamientos, imaginate, en los momentos libres…
Hasta que una noche, la noche del 13, esa noche era tarde casi noche, entra el Bahía Paraíso a buscar heridos. Yo te conté que eran dos bahías, la de Puerto Argentino con la península de Camber y una bahía que iba para adentro. Entra ese buque que era hospital y empieza a hacer la maniobra de anclaje. Nosotros estábamos en esa línea mirando, todo oscuro, y cuando el Bahía Paraíso tira el ancla, prende luces. Al prender las luces, se veía todo el espejo de agua, y en eso asoman tres botes. Hace cinco años me enteré que eran de la SAS. ¿Tres botes? ¿A toda velocidad? ¿Cómo? Argentinos no eran. Así que nosotros les tiramos hasta con los antiaéreos. Bajamos las antiaéreas, las pusimos horizontal y tiramos ahí. Cuando el Bahía Paraíso prende las luces los deja regalados a los tipos… Vos mirabas para allá y para allá y estábamos todos tirándoles a los botes. Hace poco me enteré que eran un comando de las SAS que se cortaron para hacer campaña ellos solos, desobedeciendo al mando inglés. Querían atacar por atrás para flaquear las defensas. Pero entra el barco y prende las luces. Al otro día bajamos y encontramos un bote. En esos botes viajan entre ocho y doce personas, comandos. Es decir, nosotros encontramos un bote todo roto, o sea que le diezmamos un cacho de la dotación a los que venía a sorprendernos. Para nosotros fue una gran victoria. El bote estaba vacío y había equipos de comunicación. Lo encontramos en la playa. Eso pasó la noche del 13. El 14 a la mañana, Puerto Argentino cae a las siete de la mañana. Y yo subí al Bahía Paraíso para volver al continente el 18 o el 19. Vuelvo a lo de los botes. Creo que hay cosas para decir… Tiramos todos juntos, bajaron las antiaéreas, abrimos todos fuego, todos atrás de la playa. Las trazantes parecían un carnaval. Era terrible. Era demasiado volúmen de fuego para tres botes. Balza, que estaba en Sapper Hill, va hasta la playa con morteros y el que me tenía bronca a mí le empieza a gritar por el teléfono con manijita, esos teléfonos de campaña viejos. Le empezó a gritar que corrigieran el tiro porque los morterazos que venían desde atrás de Puerto Argentino caían atrás nuestro.“¡Corrijan tiro, que nos van a matar a todos!” Pero nosotros estábamos en otra. Estábamos en la posición tirando tiros, y atrás nuestro caían morteros nuestros. Era un despelote. Yo creo que duró más el despelote que el tiroteo. Ponele que el fuego habrá durado una hora, media hora, cuarenta minutos, donde vos tirabas porque veías las siluetas y tirabas. Después las perdías y las trazantes te marcaban y empezabas otra vez. Noche cerrada encima. Y al otro día a la mañana cae Puerto Argentino a las siete pero nosotros no nos enteramos. Es más, nosotros mandamos a un pibe a buscar el rancho. Eran las once de la mañana y teníamos hambre. No comíamos desde el 13 a las cinco de la tarde. “Andá a buscar el rancho” le dijimos. Estábamos esperando y lo vemos venir corriendo. Revoleaba las latas y decíamos “qué pelotudo, está tirando todo.” Claro, tenía las latas vacías, y se tiraba, se caía, y quería hablar y se caía. Venía entre la nieve patinando por las lajas y llegó y dice “¡terminó la guerra, boludo!” ¿Cómo? Le costaba hablar. “Puerto Argentino se rindió a las siete de la mañana, nos tenemos que ir.” ¡Qué nos vamos a ir! Este cabo principal seguía en su película. Así que hablábamos entre los colimbas. Pasaron quince minutos de incertidumbre. Era de día. Había amanecido con sol. Estábamos con lo del bote... Aparecen dos comandos del Ejército. Nunca supimos de dónde. Aparecieron por la playa. “¿Qué hacen chicos acá?” ¿Qué hacíamos? Estábamos en la guerra… Nos dicen: “tienen dos minutos para desalojar la loma.” La loma era la península. Nos explican: “Ustedes están armados, son las doce del mediodía, van a bombardear todo, repliéguense con lo que tengan.” Y nos marcan un muelle que tenían ahí con los tanques de combustible. Sale de la cueva este principal. Se entera de todo esto. Manoteamos lo que pudimos y bajamos. Se acerca el Forrest y una lancha de Prefectura que estaba ahí en el puerto para trasladarnos. Y a toda esa gente de la loma la suben a esos dos barquitos. Íbamos todos parados en la cubierta, fusil en mano, cargados, sin seguro y mirando para arriba, porque eran dos barcos llenos de gente que iban hacia Puerto Argentino. Ahí nos enteramos que Puerto Argentino estaba dividido desde el correo para el lado del aeropuerto era argentino. Del otro lado, no se sabía. Pero todavía teníamos que cruzar la bahía. Vos veías la otra orilla. Había sol. Se veía. Eran unos kilómetros, nada más, pero todos sin seguro y mirando para arriba. Un silencio en el barco. Todos en cubierta. Se escuchaba el ruido del agua, ps, ps, ps, y el motor. Era un barquito grande, un pesquero. Me acuerdo que aparecieron dos latas de dulce de batata. Comíamos con la mano, agarrabas así con la mano, y mirabas para arriba. Un silencio… Y así llegamos a Puerto Argentino.
continua en parte final

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