05/08/2026
4 DE AGOSTO DE 1987: EL GRITO DE HAMBRE QUE FRENÓ A ALFONSÍN Y DEJÓ UNA FRASE INMORTAL
Bajo el intenso sol de Chos Malal, Raúl Alfonsín aparece con un impecable traje azul oscuro, camisa blanca a rayas, corbata al tono y pañuelo en el bolsillo. Frente a los micrófonos y rodeado de funcionarios, habla con solemnidad sobre el futuro de la Patagonia, la descentralización del país y el ambicioso proyecto de trasladar la Capital Federal hacia el área de Viedma, Carmen de Patagones y Guardia Mitre, aprobado pocas semanas antes mediante la Ley 23.512. Era el martes 4 de agosto de 1987 y la histórica localidad neuquina celebraba exactamente cien años de su fundación frente al Torreón y al antiguo Fortín de la IV División. Mientras el presidente intenta continuar su mensaje, desde un sector de la multitud comienzan a escucharse interrupciones cada vez más persistentes. Alfonsín mantiene durante algunos segundos la mirada al frente, hace una pausa, busca entre el público el origen de los gritos y endurece el gesto. Quien reclamaba era Sergio Valenzuela, un vecino de Cutral Co de 33 años, padre de ocho hijos, desocupado y obligado a sobrevivir mediante changas. Había viajado junto con una agrupación vinculada al Movimiento Popular Neuquino y aprovechó aquella oportunidad irrepetible para lanzar un reclamo desesperado: “¡Tenemos hambre!”. La tensión alcanza su punto máximo cuando Alfonsín interrumpe su exposición, se vuelve hacia el manifestante, levanta la mano, lo señala entre la gente y responde con visible fastidio e ironía: “¡A vos no te va tan mal, gordito! ¿No?”. La multitud estalla en una mezcla de risas, aplausos, silbidos e insultos. Apenas unos segundos bastaron para producir una de las escenas más recordadas de la política argentina: el presidente de la democracia recuperada enfrentado cara a cara con el reclamo social de una familia que no lograba llegar a fin de mes. Alfonsín recompone inmediatamente su postura y retoma el discurso. Insiste en que no se trataba solamente de mudar la Capital, sino de trabajar verdaderamente por el país, desarrollar la Patagonia y sostener una acción permanente que podía tener aciertos y errores. Su mensaje formaba parte de aquella idea de marchar hacia el sur y hacia el frío para combatir el centralismo y construir una Argentina más federal. Sin embargo, aquel día las grandes promesas de integración territorial chocaron brutalmente con una realidad cotidiana marcada por la pérdida de fuerza del Plan Austral, la inflación —que terminaría 1987 alrededor del 131 %— y un creciente malestar social. La ironía de la historia fue que Valenzuela no era conocido en Cutral Co como “el gordito”, sino como “Esqueleto”. Según contó años después, permaneció escondido y luego estuvo diez días detenido, acusado de desacato a la investidura presidencial. Pero aquel enfrentamiento tuvo un desenlace inesperadamente humano: en 1993, Jorge Guinzburg consiguió reunirlos, ambos se estrecharon la mano y se pidieron disculpas. Valenzuela aseguró incluso que Alfonsín le dio su dirección y posteriormente lo ayudó en momentos de necesidad, enviándole dinero para comprar alimentos. Con el tiempo, aquel joven desocupado se convirtió en un histórico dirigente de ATE en Cutral Co y Plaza Huincul. Después del acto, Alfonsín participó en el inicio de las obras del gasoducto que uniría Filo Morado con Chos Malal y realizó simbólicamente la primera soldadura sobre uno de los caños. Pero ninguna ceremonia oficial logró superar el impacto de aquel breve intercambio. La historia no conservó solamente una respuesta impulsiva: conservó el instante exacto en que las promesas de desarrollo patagónico, el agotamiento económico de los años ochenta y el grito angustioso de un ciudadano se cruzaron frente a todo el país.