03/03/2026
LEYENDA ANDINA
LA LLAMA QUE TRAJO LA LUZ
Cuentan los antiguos pueblos de los Andes que hubo un tiempo en que la Tierra quedó en sombras.
El frío cubría las montañas, los vientos eran ásperos y los hombres y mujeres caminaban sin rumbo, temiendo la oscuridad.
El Sol, dicen, se había ocultado por la tristeza de los humanos, que habían olvidado agradecer, cuidar y honrar la vida.
Los animales miraban en silencio.
El cóndor intentó volar más alto para buscar la luz.
El puma recorrió los valles buscando calor en la tierra profunda.
Pero fue una pequeña llama —suave, silenciosa, de ojos brillantes— quien escuchó el susurro de la Pachamama.
La Tierra le dijo:
—La luz no se ha ido. Está escondida en el corazón de quien se anime a ofrecerla.
La llama no era la más fuerte ni la más veloz.
Pero tenía algo distinto: una ternura firme y una lealtad sin ruido.
Entonces subió despacio por la montaña más alta.
El frío cortaba el aire. La noche pesaba.
Y cuando llegó a la cima, ofreció su propio calor, su propio aliento, su propio fuego interior como ofrenda.
Dicen que en ese instante una chispa dorada salió de su pecho y ascendió al cielo.
El Sol, al verla, recordó su misión y volvió a brillar.
Desde entonces, las llamas caminan cerca de los humanos.
No imponen, no exigen, no conquistan.
Acompañan.
Los pueblos andinos aprendieron que la llama es guardiana del fuego sagrado:
ese que no quema,
ese que abriga,
ese que ilumina sin hacer ruido.
Y también comprendieron que la luz no se pierde:
solo espera ser recordada.
Con profundo respeto y gratitud hacia ellas, hacia todas ellas.
TIERRA DE ORO