30/08/2026
Próxima revisión de revista, en video: Rico Tipo, 17/10/1946
La Buenos Aires de 1946 en 5 Paradojas: Entre Huelgas de Primavera y el Lujo de Apostar en la Miseria
1. Introducción: El Espejo de una Ciudad que no Duerme (ni se Entiende)
Asomarse a las páginas de la edición 101 de la revista Rico Tipo, publicada aquel octubre de 1946, es como encontrar un daguerrotipo movido de la psiquis porteña. Con una tirada de 250.000 ejemplares, la publicación de Divito capturaba una Buenos Aires vibrante, sofisticada y profundamente contradictoria, donde la sátira era el único lenguaje posible para procesar una realidad que ya entonces se nos antojaba alucinada.
El problema central que palpitaba en las calles era un enigma de difícil resolución: ¿cómo es que una ciudad agobiada por las huelgas constantes y un costo de vida que se disparaba ocho veces por encima de lo "normal" lograba mantener un ritmo de consumo tan absurdo y un humor tan afilado? A través de sus crónicas, descubrimos una urbe que, mientras se quejaba de la escasez del "bife nuestro de cada día", batía récords en el hipódromo y convertía el acto de hacer fila en una forma de aventura metafísica para el bolsillo del laburante.
2. El Récord del Hipódromo: Apostar cuando el Bolsillo Quema
La sección "BOLETOS" del material de origen revela una paradoja económica digna de estudio sociológico. En un contexto donde la huelga en los frigoríficos hacía del asado un recuerdo lejano, la pasión por el turf no conocía de austeridades. En una sola reunión, se jugaron nada menos que 3.801.907 boletos, una cifra que "le pone la tapa" a cualquier registro anterior.
Esta fiebre por el juego no era solo un escape, sino una apuesta desafiante contra la propia miseria. Mientras el país se detenía por conflictos gremiales, los ciudadanos volcaban siete millones de pesos a las patas de los caballos. El cronista de la época lo resumía con una ironía punzante sobre la supuesta crisis:
"Multiplique usted esa cantidad de boletos por los dos manguitos que cuesta cada uno, y tendrá un cálculo elocuente de la cantidad de billetes que, según parece, le sobra a los habitantes de Buenos Aires. ¿No habíamos quedado en que había miseria?"
La reflexión es amarga: en la Buenos Aires de 1946, el azar era la única inversión que parecía devolverle al porteño la dignidad de soñar, aunque el resto del presupuesto doméstico se deshiciera en el aire.
3. Melquíades Morsa: Cuando la Libertad es más Cruel que la Prisión
Napoleón Verdadero nos narra el caso de Melquíades Morsa, un desdichado guardiacárcel de la prisión de "Lío Traslío". Tras 25 años de servicio, agobiado por un sueldo exiguo que a menudo ni le pagaban, Morsa decidió jubilarse. Pero la libertad lo recibió con una crueldad que las rejas no conocían: deudas feroces, nueve hijos y una parva de parientes incapaces. Su solución fue definitiva: se cargó los bolsillos con ciento quince cartuchos de dinamita y se lanzó al vacío desde el piso 79 del inexistente (y por lo tanto satírico) Edificio Wimpole.
El relato alcanza cimas de un absurdo trágico: la explosión no solo acabó con Morsa, sino con dos mil ciudadanos entusiastas y un gato que tomaba sol a trescientos metros. La ironía reside en que el empleado público estaba más preso que los delincuentes. Mientras el recluso Javierito salía con ahorros y whisky, el carcelero solo salía a morir. Como bien le advertía el preso antes de la jubilación:
"—Oye, Melquíades, ¿qué esperas para abandonar la cárcel? —¡Cómo!... —Si, hombre... ¿Por qué no te fugas? ¿No comprendes que te estás matando?"
4. La Psicología del "Vándalo de Afiches": Un Crítico de Arte Nocturno
Rodolfo M. Taboada ensaya una clasificación de esa "fauna porteña" que interviene la propaganda mural. No los ve como simples destructores, sino como artistas frustrados que padecen una "fobia pilosa". Está el "pictórico", que añade barbas y bigotes tremendos incluso a las figuras femeninas de los carteles de dentífrico; el "literario", que antepone prefijos negativos para que el anuncio rece "No fume"; y el "vándalo político o deportivo", que rubrica todo con un "¡Viva Boca!" o un "Muera Fulano".
Esta conducta revela una reacción visceral contra la estética impuesta. El porteño de 1946 no quería ser un espectador pasivo de la publicidad; prefería convertir la ciudad en su propio lienzo de protesta o broma pesada. Taboada observa con desconcierto esta obsesión capilar:
"Que nos expliquen por qué esos pintarrajeadores anónimos no dibujan nunca anteojos, lunares o patillas, sino barbas y bigotes: ¡siempre barbas y bigotes!"
5. La "Aventura de la Cola": Alquilar un Departamento por Accidente
Chamico nos describe el hábito porteño de incorporarse a cualquier fila por pura inercia, tal como el mozo de café que en su día franco va al café a mirar. Relata cómo entró en una cola de gente elegante, temiendo que el lugar fuera "húmedo" —la gran obsesión inmobiliaria de la época—, solo para descubrir que se trataba de departamentos en alquiler.
El giro irónico ocurre cuando el administrador, su amigo Bustos, lo ve en la fila y, creyendo hacerle un favor, le "despacha" el último contrato. Atrapado por su propia fobia social de no parecer un tonto que hace colas por deporte, el narrador termina firmando un contrato de 480 pesos por una vivienda que no necesitaba. Es la "pichincha" que se convierte en trampa, un síntoma de una sociedad que prefería endeudarse antes que admitir que estaba allí por puro desvío existencial.
6. El Clima en Huelga: Cuando la Primavera se Declara en Desgano
Incluso el cielo de octubre parecía contagiarse del clima sociopolítico. El cronista se queja de una primavera inestable que alterna calores "de todos los diablos" con fríos que pelan. En 1946, la realidad gremial era tan omnipresente que hasta la meteorología se explicaba a través del conflicto laboral: la primavera se había declarado en huelga o, al menos, estaba "trabajando a desgano".
La tragedia era económica y cotidiana: con semejante inestabilidad, uno no podía cumplir con la "inveterada costumbre" de empeñar el sobretodo para ganar unos manguitos extra. Ni siquiera las predicciones de Don Martín Gil traían alivio a una ciudad donde, como dice el autor, la fiebre de las huelgas de lecheros y panaderos atacaba indistintamente a "todo bicho que camina".
7. Conclusión: ¿Hemos Cambiado Tanto en Ochenta Años?
Al cerrar esta Rico Tipo, queda la certeza de que Buenos Aires es una feria sin atenuantes, similar a esos carritos de quesos y orejones que invadían el centro en 1946. Las historias de Melquíades Morsa y su salto al vacío desde un rascacielos imaginario, o los récords de apuestas en medio de la carestía, son ecos que rebotan en nuestras crisis actuales.
Estas paradojas nos recuerdan que la naturaleza porteña busca el humor como escudo contra el absurdo. Al caminar hoy por la ciudad, cabe preguntarse: ¿cuántas "colas por accidente" estamos haciendo en este siglo, y qué bigotes invisibles estamos dibujando hoy sobre las promesas de nuestra propia época? Del Edificio Wimpole a la actualidad, parece que el bicho que camina sigue siendo el mismo.
(realizado en notebooklm en base al ejemplar de la revista)
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