La modestia nunca fue una de nuestras cualidades. Peor aún, a veces el orgullo y la fe en lo propio son sinceridad. Como ésta, por ejemplo... ¿No es sinceridad (y soberbia) contestar tamañas preguntas?...
Pues bien, nos importa tres carajos ser soberbios. Y las contestamos como nos da la gana. El pan lo hacemos con la harina que hay, ¿vio? Además, a nosotros casi nadie nos dio harina. Y
menos pan, je. Somos los negros de mi**da, los descastados. Sin éxito, han intentado educarnos a su estilo, más de una vez. Pero nunca resistimos la tentación de romperlo todo y volver a la calle. A la intemperie, al gris de la masa conurba, al barrio pobre. Porque en medio de la mugre (que reconocemos como propia, nuestro hábitat) florece algo puro y blanco. Algo profundamente nuestro, que es del barrio, y que perderemos si nos vamos. Como un lirio en medio del fango, el espíritu salvaje y noble de nuestra negritud está ahí. Leal como Evita y generoso como El Che. Reo por donde se lo mire y fiel a sus fuentes. Valioso como un entero Choclo en el puchero común de una pensión. Más pobre que el Gordo Cooke y Alicia Eguren juntos, llega a nosotros en el rencor-voz de Tita Merello: “Con este tango, que es burlón y compadrito/ abrió sus alas la ilusión de mi suburbio./ Con este tango nació el tango, y como un grito/ piantó del sórdido barrial buscando el cielo./ Conjuro extraño de un amor hecho cadencia/ que abrió caminos sin más ley que su esperanza/ mezcla de rabia, de dolor, de fe, de ausencia/ llorando en la inocencia de un ritmo juguetón…”