17/08/2022
Comparto nota de opinión que escribí para Tiro Al Blanco.
La Tarea de la Hora, sobre el papel del movimiento popular en esta etapa.
"¿Cuál es el papel que el movimiento popular –sindicatos, movimientos sociales, organizaciones libres del pueblo- debe cumplir en la actual confusión?", esta es una de las preguntas que Ariel Ernesto Velazquez, Secretario Administrativo de FOETRA Sindicato de las Telecomunicaciones, nos invita a pensar y analizar en esta nota para Tiro al Blanco-Prensa.
LA TAREA DE LA HORA
La situación que atraviesa nuestro país a partir de la desorganización de las vidas que implicó la crisis abierta por la toma de deuda externa del gobierno macrista sigue en carne viva y obliga al campo popular a asumir decisiones en el marco del desafío de superarla.
El triunfo electoral del Frente de Todos en 2019 detuvo inicialmente la hemorragia y aventuró un posible reordenamiento que, con idas y vueltas titubeantes producto de la propia conformación de la alianza gobernante -el caso Vicentín es un claro ejemplo de esa marcha y contramarcha-, parecía despuntar un nuevo renacer a lo Néstor con el acuerdo con bonistas extranjeros y se obligó a una pausa inesperada por el advenimiento de la pandemia Covid-19.
Transitada con un rol activo del Estado -los ATP para sostener trabajo y producción, los IFE para contener el entramado social, la puesta en marcha de obra pública en salud y reconstrucción del sistema sanitario, la gestión de las vacunas-, más una fuerte reactivación de la economía en 2021, la pospandemia en su concepción y en su resolución con la deuda cabalgando en el reloj del tiempo, más la impericia en alinear las tensiones distributivas, creó un escenario de rechazo social expresado en las urnas en la elección de medio término y agudizado por las contradicciones internas a cielo abierto en la postrimería de la elección.
El comportamiento errático del Gobierno, los continuos rayones al auto por parte de la principal fuerza integrante del Frente de Todos y la dicotómica solución al acuerdo del país con el FMI y los vencimientos de deuda, resquebrajaron la posibilidad de una salida política consensuada.
El problema es político, centralmente. Y casi hasta de personas. Mismas acciones ejecutadas por distintos actores políticos parecen ser valoradas de distinta manera. ¿Qué diferencia hay entre el plan económico ejecutado por Guzmán con las premisas levantadas por Sergio Massa? Lo mismo cabe preguntarse respecto del acuerdo con el FMI, qué diferencia hay entre el acuerdo que había logrado Néstor en 2005 con el acuerdo de Alberto de 2022? En ambos casos la respuesta es ninguna. O en realidad es una, la política.
La épica que impregna un hecho depende de quién lo conduce o para qué. Lo llamativo es la falta de apelación, en uno y otro caso, a la comunidad organizada. O es más, poner en duda los resortes de esa comunidad. Tal el caso de la estigmatización de los movimientos sociales y el manejo de los mal llamados “planes”, reflujo del consabido estigma sobre las organizaciones sindicales.
En este sentido, ¿cuál es el papel que el movimiento popular –sindicatos, movimientos sociales, organizaciones libres del pueblo- debe cumplir en la actual confusión?
Claves, lograr el mayor grado de unidad; no confundir el enemigo, que es el poder real conformado por los grandes grupos económicos que se valen de las herramientas judiciales y mediáticas para atomizar el consenso popular y debilitar la política como posibilidad de revertir e intervenir en la realidad; movilizar y defender, en el convencimiento de que solo el pueblo salvará al pueblo, las conquistas y derechos sociales logrados a lo largo de las décadas de nuestra joven historia; y, sobre todo, tomar nota de la sociedad en la que se vive y reconformar en el marco de la movilización, un proyecto de país en el que se reviertan las actuales injusticias.
Está muy bien, y es necesario, que el Gobierno corrija la macro. Que la pérdida del superávit comercial a manos de los especuladores sea revisada y se detenga; que la riqueza quede en el país y se planifique una redistribución. Ahora por ello la deuda social no puede quedar postergada. Es un aliciente el reciente anuncio de la recomposición de jubilaciones y asignaciones. Es interesante el planteo de recomponer los salarios más bajos.
El movimiento obrero tiene que tener una mirada menos antagónica hacia su interior. No es contradictorio el planteo de una suma fija con las paritarias libres, no debiera neutralizar una iniciativa a la otra. Al contrario, si las organizaciones sindicales unificaran esas consignas, ganarían más potencia para paritarias más justas. E incluso, dar un salto de calidad a la hora de ponerles un freno a los formadores de precio. La marcha del 17 de agosto es una oportunidad para enfocar en estos sectores que juegan con la mesa de las y los argentinos.
Lo mismo a la hora de cumplir un rol más activo para exigir derechos sociales y laborales para los millones de trabajadores que desarrollan sus tareas en lo que conocemos como la economía popular. El dato sintomático de que en 1975 con 25 millones de argentinos y argentinas había 6 millones de empleos formales y que en 2021 con el doble de población, apenas esa formalidad aumentara en 1 millón más, habla a las claras del problema de precarización.
Hay millones de compatriotas que se autogeneran el trabajo y hay un mercado formal que o no los asume o los expulsa. Una porción sin dudas puede ser asumida por las empresas grandes, pequeñas o medianas en la incorporación de mano de obra, sobre todo aquella que es producto de la tercerización de las actividades principales.
Ahora, evidentemente la mayoría son labores de cooperativas, emprendimientos o actividades sociales como las tareas de cuidado, que no encuentran una lógica del mundo del trabajo de hace 40 años atrás. Creer que la historia es una foto fija nos hace perder perspectiva de los desafíos intelectuales y prácticos que debemos asumir como propios. Lástima que desde el campo popular se levante el dedo hacia quienes se encuentran excluidos o hacia sus representaciones políticas. Debiera ser una advertencia para los mismos señaladores, el día de mañana el dedo se puede volver perfectamente contra sí mismos.
Parte de la reconstrucción colectiva tiene que venir de la recuperación del lazo fraternal. Aún en la disidencia y en los distintos enfoques, mis hermanos de clase nunca pueden ser enemigos o adversarios y si nos unimos tenemos la única posibilidad de contrapesar y modificar la famosa correlación de fuerzas. Asimismo, dar las discusiones hacia el interior del Gobierno del que somos parte -dejar la exposición pública de las diferencias sería un buen inicio- y no quedar condenados a un posibilismo voluntarista.
En los movimientos populares, la posibilidad o la voluntad son solo efectos, el determinante es el empuje colectivo. El convencimiento del poder se da solo si existe una construcción colectiva que sostenga y determine. Esa es la tarea de la hora.