10/07/2026
Quiero compartir un cuento basado en mis experiencias como autista en la vida. Espero lo disfruten
La montaña no pregunta
Había convivido con la humanidad durante cincuenta y un años. Había amado, confiado, esperado y también sufrido. Con el tiempo, el dolor dejó de ser un visitante inesperado para convertirse en un viejo conocido. No porque doliera menos, sino porque había aprendido a caminar con él.
Muchas personas confundían su soledad con tristeza. No entendían que una cosa no siempre lleva a la otra. A ella le agradaba la humanidad. Le maravillaba su capacidad de crear, de imaginar, de transformar el mundo. Pero nunca había logrado sentirse parte de ella. Era como observar una gran fiesta desde la ventana: podía admirar la música y las risas sin encontrar el modo de entrar.
Entonces comenzó a estudiar. Filosofía, psicología, ciencia, espiritualidad... Cada libro era una piedra más en un camino que nadie le había enseñado a recorrer. No buscaba acumular conocimientos para sentirse superior; buscaba comprender. Y, si algún día lo lograba, dejar una pequeña semilla de conciencia para quien quisiera recogerla.
Pero el verdadero aprendizaje no estaba entre las páginas.
Estaba en la montaña.
Cada vez que ascendía por sus senderos pedregosos, el propósito parecía sencillo: fortalecer el cuerpo, respirar aire puro, desafiar el cansancio. Sin embargo, a medida que el desnivel aumentaba, ocurría algo inesperado. El cuerpo dejaba de ser el protagonista. La mente se aquietaba. El espíritu despertaba.
Las espinas rozaban su ropa sin herirla. Las piedras, ásperas y antiguas, sostenían cada paso con una firmeza silenciosa. El viento no intentaba hablar; simplemente estaba.
Y ella también.
Nunca regresaba con un rasguño.
No porque la montaña fuera amable, sino porque entre ambas existía un pacto que no necesitaba palabras: respeto.
Allí no había máscaras, expectativas ni juicios. No hacía falta demostrar nada. La montaña no preguntaba quién era, cuánto había sufrido o qué había logrado en la vida. Solo le ofrecía un lugar donde existir plenamente.
Una tarde, al detenerse en la cima, una pregunta nació sin esfuerzo:
—¿Será el universo quien intenta decirme dónde pertenezco?
El viento no respondió.
Las piedras tampoco.
Pero el silencio tenía una profundidad distinta a cualquier respuesta humana.
Entonces comprendió que tal vez estaba formulando la pregunta equivocada.
Quizá el universo no intentaba decirle cuál era su lugar.
Quizá solo le estaba recordando que nunca había estado separada de él.
Y mientras descendía, con el corazón más liviano que la mochila sobre su espalda, entendió que algunas personas pasan la vida buscando ser aceptadas por el mundo.
Otras, en cambio, descubren que su verdadero hogar no está donde son comprendidas, sino donde pueden ser, simplemente, parte del todo.
Daniela Vianello