07/08/2025
"Un encuentro inesperado"
Un suave sol de la mañana se filtraba entre las hojas rojizas del bosque de lengas, pintando de dorado el sendero que seguíamos hacia el río Lapataia. Íbamos Tahiel y Romeo, mis dos pequeños aventureros, ansiosos por lanzar sus nuevas cañas de pescar.
Yo caminaba un poco más adelante, disfrutando del aire fresco y del canto lejano de algún pájaro. De repente, un movimiento entre las raíces de un añoso árbol de lenga llamó mi atención, principio, pensé que era un zorro o algún otro animal del bosque, pero cuando la figura se
incorporó, supe que era algo diferente.
Era pequeño, no más alto que la rodilla de Tahiel, con una piel verdosa que se confundía casi a la perfección con el musgo que cubría las rocas.
Tenía orejas puntiagudas y unos ojos grandes y brillantes que nos miraban con una mezcla de sorpresa y timidez, en sus manos sostenía un hongo de un color rojizo intenso y unas bayas oscuras que parecían calafate.
Un silencio se apoderó del momento. Tahiel y Romeo se habían quedado petrificados a mi lado, con los ojos muy abiertos. Confieso que yo también sentí un escalofrío inicial. Pero la expresión del pequeño ser no era amenazante, más bien parecía asustado por nuestra presencia.
Lentamente, levanté una mano en señal de paz y le sonreí. El pequeño ser parpadeó un par de veces, indeciso; luego, con una agilidad sorprendente, se escabulló detrás del tronco del árbol y desapareció entre la maleza sin hacer el menor ruido.
"¿Abuelo, qué era eso?", susurró Tahiel, con el asombro aún reflejado en su rostro. "Parecía... un duende", respondí, aún sin poder creer lo que habíamos visto.
Romeo, el más pequeño, tiró de mi pantalón. "¡Quiero verlo otra vez, abuelo!" Pasamos un buen rato buscando entre los árboles y las rocas, llamándolo en voz baja, con la
esperanza de volver a cruzarnos con él.
Los niños estaban mucho más interesados en el misterioso habitante del bosque que en la pesca. Pero el duende, o lo que fuera, se había esfumado tan rápido como había aparecido, dejando tras de sí solo el eco de nuestra sorpresa
y una sensación mágica que impregnaba el aire del bosque de lengas.
Ese día no pescamos mucho, pero volvimos a casa con una historia increíble para contar, y con
la secreta esperanza de que, en alguna otra mañana junto al río Lapataia, volveríamos a
encontrarnos con el escurridizo habitante del bosque.