11/10/2025
Advertencia del Editor: Lo que ves en el Reel no son cristianos primitivos de las catacumbas, sino cristianos japoneses del siglo XVI.
Historia del cristianismo
La Universidad del Cristianismo
Juventudes Hispanistas
El cristianismo, surgido en la provincia romana de Judea, experimentó una expansión asombrosa en sus primeros siglos, a menudo bajo la sombra de la persecución. Siglos más tarde, en el Japón de la Edad Moderna (el llamado Siglo Cristiano de Japón, 1549-1640), la fe católica importada por misioneros europeos encontró un camino paralelo de fervor, clandestinidad y martirio.
Aunque separados por un milenio y medio y por vastas diferencias culturales, el Cristianismo Primitivo bajo el Imperio Romano y los cristianos japoneses del siglo XVI (conocidos como Kirish*tan o, en la clandestinidad, Kakure Kirish*tan) compartieron experiencias fundamentales que definieron su identidad y su fe.
1. El Crisol del Martirio y la Opción Radical de la Fe
La similitud más dramática y definitoria entre ambas comunidades es la experiencia de la persecución y el martirio.
En el Imperio Romano, la Iglesia experimentó una dura prueba que comenzó con la persecución ordenada por Nerón en el año 64, la cual condujo al martirio a una gran cantidad de cristianos. Hasta el Edicto de Milán en el año 313, la Iglesia vivió perseguida, y el riesgo de encontrar el martirio siempre estaba presente. Los cristianos eran calificados de ateos, enemigos del género humano y peligrosos para la unidad del Imperio. Para los fieles de los primeros siglos, el martirio era considerado un privilegio y una gracia de Dios, una posibilidad de identificarse plenamente con Cristo en el momento de la muerte. Quien se convertía era plenamente consciente de que el cristianismo suponía una opción radical.
De manera similar, en Japón, la política anticristiana se endureció drásticamente después de 1587. Tras el edicto de 1614 promulgado por el shōgun Tokugawa Ieyasu, que prohibió completamente el cristianismo, miles de conversos fueron forzados a la clandestinidad. El shogunato aplicó todo tipo de torturas y ejecuciones masivas, incluyendo crucifixiones, quema de personas vivas, ser arrojados al volcán del Monte Unzen, o la lenta agonía del ana-tsurushi (colgados cabeza abajo en fosas).
Para el siglo XVII en Japón, la retórica de los cronistas y laicos católicos enfatizó el martirio, llegando a equiparar la historia de la evangelización de Japón con la de la Iglesia primitiva. La Iglesia Católica, en la Época Moderna, también consideró el martirio como la "ruta directa a la santidad". La heroicidad del martirio se narraba para educar a los creyentes en los valores de la fe.
2. Una Iglesia en la Clandestinidad
La necesidad de practicar la fe en secreto y bajo amenaza dio lugar a la "Iglesia de las catacumbas" en ambos contextos, aunque con diferencias funcionales.
En Roma, las catacumbas cristianas, si bien no eran primordialmente escondrijos o sitios de reunión para celebraciones litúrgicas como a veces se piensa, sí eran lugares de sepultura donde se custodiaban los restos mortales de los hermanos en la fe, incluyendo muchos mártires. También eran lugares de memoria y veneración. Durante la época apostólica, los cristianos se reunían en casas particulares, en habitaciones grandes (domus), y la movilidad era importante para mantener el secreto y la seguridad durante las persecuciones.
En Japón, la persecución masiva y la política de aislamiento (sakoku) de 1639 llevaron a la formación de los Kakure Kirish*tan o "cristianos ocultos", quienes adoraban en cuartos secretos y en sus hogares. En este contexto, cada Año Nuevo japonés, los cristianos eran obligados a pisotear imágenes de la Virgen María u otros santos (fumie) para demostrar que no eran creyentes, bajo amenaza de ejecución.
3. La Vitalidad de los Laicos y la Adaptación del Culto
En ambas épocas, las comunidades demostraron una resiliencia notable y la necesidad forzó a los laicos a asumir roles cruciales, dada la escasez o inexistencia de clero.
En el cristianismo primitivo, los creyentes se reunían en pequeñas asambleas, a menudo en hogares. Cuando celebraban la Eucaristía, el que presidía la asamblea, generalmente un hombre, recibía el pan y el vino y recitaba la oración de consagración. La necesidad de llevar a cabo el culto de manera segura y ante un clero itinerante hizo que la liturgia se adaptara, siendo en principio celebrada en mesas móviles de madera.
En Japón, la expulsión de los misioneros extranjeros (sacerdotes) obligó a la comunidad a auto-organizarse. El liderazgo de los Kakure Kirish*tan quedó en manos de laicos. Estos laicos designaron líderes comunitarios, como el chokata (jefe de la comunidad) y el mizukata (encargado de bautizar a los niños). La fe se transmitía oralmente debido a la confiscación de textos impresos.
La adaptación cultural fue profunda en ambos casos, aunque por distintas razones. El cristianismo en Roma adoptó y se superpuso a costumbres romanas (como la sepultura en necrópolis fuera de la ciudad, que se impuso por influencia cristiana), e incluso se reflejó en la arquitectura posterior y la organización jerárquica, modelada a menudo según el Imperio Romano. En cambio, el cristianismo japonés, para poder sobrevivir, desarrolló una religiosidad altamente sincrética, fusionando el catolicismo con elementos del budismo y el sintoísmo.
Ejemplos de este sincretismo incluyen:
• Iconografía: Las figuras de la Virgen María y los santos se transformaron en figurines que se asemejaban a las estatuas tradicionales de Buda y los bodhisattvas. La Virgen María era conocida como Maria-Kannon (la Virgen con forma de Kannon, la representación budista de la compasión) o nandogami (la madre en la alacena).
• Lenguaje y Ritos: Las oraciones (orasho, deformación japonesa del latín oratio) eran una mezcla de latín, español y portugués, adaptadas a cantos parecidos a los budistas.
Ambas comunidades, separadas por el tiempo, encontraron en la adversidad y la necesidad de supervivencia un camino de fe radical, profundamente comprometido con la posibilidad de dar la vida por sus creencias, lo cual, para la retórica católica, los equiparó a los mártires de la Iglesia Primitiva.
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