20/04/2026
REMEMBRANZA DE ÓSCAR ÚNZAGA DE LA VEGA Y LOS MÁRTIRES FALANGISTAS
Al 110 aniversario de su nacimiento y a los 67 años de su inmolación — 19 de abril de 1959 / 19 de abril de 2026.
Hoy no es un día cualquiera. Hoy la Patria se detiene, porque un 19 de abril como éste, hace ciento diez años, nació el Maestro de Juventudes, y hace sesenta y siete años, cayó el Jefe, Maestro y Guía de la juventud boliviana: Óscar Únzaga de la Vega. Y con Él, como con un árbol que al desplomarse deja caer todas sus semillas, quedó sembrada para siempre en el corazón de Bolivia una causa que los hombres pueden perseguir pero que jamás podrán matar.
I. La vida: un destino forjado en el dolor de la Patria
La historia de Óscar Únzaga de la Vega no comienza en un salón ni en un despacho. Comienza en el Chaco, entre la arena ardiente y la sed, donde cayó su hermano Alberto, Teniente del Ejército Boliviano. Fue allí, en el dolor moral de la Patria vencida, donde germinó la idea de transformar radicalmente a Bolivia, fundando una doctrina dinámica de revolución nacionalista y socialista cristiana. Óscar heredó esa antorcha. Él mismo lo confesó: el ejemplo de su hermano caído iluminó su vida con la obsesión de servir a la Patria, y solo entonces comprendió cuán bello es hacer del harapo de nuestra vida una pequeña bandera más para la gloria de Bolivia.
Así nació, el 15 de agosto de 1937, Falange Socialista Boliviana — no como un partido más entre tantos, sino como la respuesta de una generación que se negó a heredar la Bolivia derrotada, empobrecida y entregada que le habían dejado los gobernantes del pasado. Frente a la inercia y al pesimismo reinantes, una nueva juventud decidió crear una conciencia histórica nueva.
Únzaga fue su alma y su voz. Educador, pensador, agitador de conciencias, recorrió el país enseñando que la libertad no es sólo física ni material: es, por sobre todo, independencia de espíritu, seguridad de pensamiento propio. Enseñó el santo credo de los hombres rebeldes, de los que no pueden vivir de rodillas. Predicó que ni la vida misma puede hurtarse al servicio del deber, y que si el destino se opone a nuestros altos designios, estamos en la obligación de vencer al destino.
Su palabra no era literatura: era orden de combate. "Nadie puede ni debe llamarse soldado de su Patria si no ha purificado su corazón de todo egoísmo y si no ha armado su espíritu en una inquebrantable resolución de vencer." Con esas consignas formó a la juventud boliviana. Con esas consignas se formó Él mismo.
II. La muerte: el 19 de abril de 1959
En los años finales de la década del cincuenta, Bolivia vivía bajo un régimen que había traicionado los ideales revolucionarios y hundía al país en la demagogia, la inflación, el hambre y la represión. Falange Socialista Boliviana era la única fuerza organizada que enfrentaba de pie al Movimiento Nacionalista Revolucionario. Por eso fue perseguida con saña. Sus militantes llenaron las cárceles, los confinamientos, los campos de concentración. Sus hogares fueron allanados. Sus locales, asaltados. Sus jóvenes, torturados.
Y Óscar Únzaga recorrió el país en aquella memorable gira electoral, y el pueblo respondió con cientos de miles de sufragios auténticos, a pesar del fraude y la abstención. El régimen supo entonces que ningún fraude podía ya cubrir la verdad: Falange era el corazón cívico de Bolivia.
Fue entonces cuando se consumó el crimen. El 19 de abril de 1959, Óscar Únzaga de la Vega cayó en La Paz. El régimen lo llamó suicidio; la historia, la conciencia del pueblo y los hechos lo han llamado, para siempre, as*****to. Porque no se suicida quien se enamoró de la vida hasta el punto de ofrecerla entera a una Patria. No se quita la vida quien había jurado entregarla sólo a Bolivia.
Cayó el Jefe. Pero con su caída no se apagó la llama: se multiplicó.
III. Los mártires: la sangre que no se olvida
Óscar Únzaga no camina solo por la eternidad. Lo acompaña una pléyade magnífica de camaradas que también pagaron con su vida el derecho de Bolivia a existir. El Jefe Mario R. Gutiérrez, al tomar el mando de Falange tras la caída de Únzaga, nombró en homenaje a los héroes que la memoria de la Patria no puede ni debe olvidar:
Rioja. Ortega. Montero. Mesa. Paniagua. Urquidi. Cuéllar. Castellares. Barros. Roldán. Castro. Cuadros. Alcocer. Terán. Alpire. Durán. Coca. Andrade. Roel. Kellemberger. Palacios. Álvarez Daza. Prudencio. Gallardo. Y Óscar Únzaga de la Vega, Fundador y Jefe.
Y detrás de cada uno de estos nombres, cientos más, anónimos, cuya sangre regó el suelo boliviano desde Chuquisaca hasta Santa Cruz, desde La Paz hasta Tarija. Hombres y mujeres, jóvenes en su mayoría, que no pidieron recompensa, que no buscaron honores, que sólo quisieron servir. Caídos en la calle, en las trincheras de la resistencia cívica, en los pasillos de las cárceles, en los cuarteles de tortura, en los caminos polvorientos del confinamiento.
No se cuentan por sus apellidos. Se cuentan por la herida que dejaron abierta en la conciencia nacional.
IV. El martirio y su significado
¿Para qué sirvió tanto sacrificio? Los falangistas lo hemos respondido con las palabras de nuestra propia doctrina: para que nuestro calvario en los campos de concentración, el martirio de nuestros mejores y la muerte de nuestros héroes nos permitan redimir los errores del pasado y ganar el derecho de pedirle al pueblo audacia, esfuerzo y sacrificio para crear una nueva sociedad.
El mártir falangista no murió por odio. Murió por amor. Amor a Bolivia, amor a su pueblo, amor a una idea superior del hombre — el hombre integrado, libre, digno, dueño de su propio destino, raíz en su tierra y vuelo en su espíritu. Murió para que otros creyeran. Murió para que los que venimos después no podamos refugiarnos en la comodidad ni en la tibieza.
Por eso Únzaga no descansa. Por eso los mártires no duermen. Su voluntad sigue mandando los actos de cada falangista verdadero. De sus tumbas sube la orden que jamás nos permite vacilar, la que nos sostiene adelante, la que nos enseñó que cuando se quiere vencer, se vence.
V. La lucha que continúa
Bolivia no ha terminado su camino. Los males que denunció Únzaga siguen vivos bajo nuevos nombres: la entrega de lo nuestro, la mentira disfrazada de historia, la demagogia que se come a las generaciones, la miseria que convive con la opulencia de los favorecidos del poder, el desprecio por el hombre integral, la sustitución del servicio por el apetito.
Y mientras esos males existan, Falange vive. Mientras un solo boliviano se niegue a vivir de rodillas, Únzaga vive. Mientras exista una juventud que no acepte el adjetivo de cobarde, los mártires viven.
La antorcha no se apagó el 19 de abril de 1959. Pasó de mano en mano. De Únzaga a Gutiérrez, de Gutiérrez a todos los que desde entonces han jurado ante la bandera tricolor — roja como la sangre redentora, oro como la luz de los ensueños, verde como las nobles esperanzas — que no retrocederán ni se acobardarán.
Hoy, 19 de abril, a 67 años de aquella hora, los falangistas no venimos a llorar. Venimos a renovar el juramento. Venimos a decirle al Jefe, al Maestro, al Guía, y a todos sus camaradas que descansan en la gloria de la Patria:
"Que la santa bandera de la Patria, humillada en la vergüenza y la derrota, resurja como ustedes, rebelde y alta, llevada hasta la gloria por miles de bravos corazones que son la juventud de nuestra Patria".
¡Gloria eterna a Óscar Únzaga de la Vega!
¡Gloria eterna a los mártires falangistas!
¡Viva Falange Socialista Boliviana!
¡Por Bolivia Engrandecida y Renovada!
S.A.B.E.R.