02/08/2025
*Ni Soros ni Rockefeller: que decidan los chilenos*
—René Fuchslocher
La política chilena ha sido reducida a una puesta en escena. Un show cuidadosamente producido cada cuatro años, donde los ciudadanos, convencidos de que su voto lo cambia todo, se lanzan a las urnas creyendo que están decidiendo algo relevante. Pero mientras discuten si es mejor la izquierda o la derecha, las decisiones importantes ya han sido tomadas, muchas veces fuera del país.
La verdadera división hoy no es ideológica, sino geopolítica: soberanía o globalismo. Esa es la pregunta que nadie quiere poner sobre la mesa. ¿Queremos un Chile que tome sus propias decisiones, que controle su destino, sus fronteras, sus leyes y sus recursos? ¿O vamos a seguir subordinados a agendas impuestas desde fundaciones extranjeras, organismos multilaterales y foros empresariales globales que no responden ante nadie más que a sus propios intereses?
Mientras a unos los financian redes vinculadas a George Soros y su entorno, a otros los alimentan estructuras ligadas a la familia Rockefeller. Todos se encuentran —con matices— en los mismos eventos, los mismos círculos, las mismas mesas de negociación. Y todos aplican versiones locales de una misma hoja de ruta: más regulación supranacional, más intervención, más deuda. Unos fomentan el caos y luego los otros venden la solución mágica que trae orden, pero a costa de tu libertad.
El electorado, mientras tanto, se mantiene ocupado en el espectáculo. Debates acartonados, encuestas manipuladas, peleas artificiales y una oferta política fabricada para dar la sensación de pluralismo, cuando en realidad representa matices del mismo paradigma. El sistema necesita que creas que estás eligiendo, aunque lo esencial ya esté decidido.
Por eso se excluye del debate a las voces que realmente cuestionan el modelo. No es casual que Johannes Kaiser —diputado electo, con base real y discurso coherente— sea marginado de los debates del gran empresariado. No es un problema de formas, sino de fondo: cuestiona la entrega paulatina de nuestra soberanía a poderes que no responden a los chilenos. Esa sola actitud basta para ser tachado de “peligroso”, “radical” o “no apto” para el juego democrático, que ya no es democrático ni juego.
Incluso quienes alguna vez se alzaron como alternativa —como José Antonio Kast— se han adaptado a los códigos y las coordenadas del consenso global. La elegibilidad exige sumisión, y muchos prefieren asegurar su lugar en la mesa que defender los principios que los llevaron allí.
Chile vive hoy una crisis de autodeterminación disfrazada de normalidad democrática. Y si no recuperamos la capacidad de decidir por nosotros mismos —como nación, como cultura, como pueblo— entonces no importa quién gane: el modelo global seguirá avanzando, y los chilenos seguiremos pagando la cuenta, hasta nuestra completa desaparición.
*Ni Soros ni Rockefeller. Que decidan los chilenos. De verdad.*