04/08/2025
A 14 años de la partida de la Tita, por la verdad y su memoria
Este 5 de noviembre se cumplen 14 años desde la partida de una mujer extraordinaria: Audita del Carmen Salazar Salazar, conocida cariñosamente por muchos y muchas como la Tita. Una mujer con un corazón enorme, que dejó una profunda huella en la comunidad penquista, en su entorno, y especialmente en quienes tuvimos el privilegio de ser parte de su vida.
Hoy escribo esta carta en su memoria y en nombre de la verdad.
Yo soy su hija. Su niña. Su chiquilla, como ella solía decirme.
No fui su hija biológica, pero fui su hija por su amor, por su elección y por su compromiso conmigo. Ella me adoptó cuando tenía apenas tres días de nacida, y así lo reconoció públicamente en un documental realizado por jóvenes franceses, donde relató con orgullo nuestra historia. La suya y la mía, su hija.
Sin embargo, durante estos 14 años, algunas personas han intentado negar esa verdad, diciendo que la Tita solo tuvo un hijo. Eso no es verdad. También estoy yo. Yo existo.
Negar mi existencia y borrar mi presencia en la vida de mi mamá ha sido por un objetivo claro: ambición.
Con frialdad se apropiaron de una historia que no vivieron. Me han borrado, me han negado, como si mi vida al lado de ella nunca hubiese existido.
Y eso duele. Mucho.
Estuve con mi madre cada día de sus últimos 25 años.
La acompañé en su enfermedad, congelé mis estudios para cuidarla, estuve a su lado en cada noche de hospital hasta el día de su partida: el 5 de noviembre de 2011, a las 7:15 a.m. en el Hospital Regional de Concepción. Yo estuve. Siempre.
Y, sin embargo, hoy otros hablan y ocupan un lugar en el que nunca estuvieron.
Duele ya que recuerdo muy bien cómo fue tratada por quienes debieron protegerla: mi madre prestó más de 20 millones de ese tiempo -dinero de sus ahorros- a su hijo biológico, esos recursos mi madre los guardaba para construirse su casa. Quienes conocen esta historia, saben muy bien que con mi madre, hasta el día de su muerte vivimos siempre en una casa antigua y de material ligero. Ella nunca pudo construir su casa. Él prometió devolver esos dineros. Jamás lo hizo.
Peor aún, construyó su casa con ese dinero y nunca la invitó a pasar, ni siquiera cuando celebraron el cumpleaños de su hijo. Ese día, mi madre me dijo con tristeza: “Nunca iré a esa casa.”
Y así fue. Solo la conoció una vez, llevada en silla de ruedas y contra su voluntad, ya en plena enfermedad.
Después de su fallecimiento, me prometieron que cumplirían su voluntad: construir un hogar para mí, como ella deseaba.
Tampoco cumplieron. Me dejaron fuera. Me negaron. Y hoy pretenden incluso contar su historia como si hubiesen sido parte activa de ella.
Hay personas que hoy hablan en medios de comunicación como si siempre hubiesen estado con ella.
Pero quienes conocieron realmente a la Tita saben la verdad. Saben quiénes fuimos quienes la acompañamos, quiénes trabajamos con ella, quiénes compartimos sus sueños y dolores.
Saben que su historia no se puede borrar ni reescribir.
Ella fue una madre para muchos y muchas. Fue una luchadora, una mujer del pueblo, una mujer que transformó el dolor en amor y acción.
Nos impulsó a organizar trabajos comunitarios, a levantar espacios de encuentro, a apoyar a mujeres y niños en las poblaciones.
Ella no crió solo una familia: ella formó una comunidad.
Hoy alzo la voz no por lo económico, sino por la dignidad.
Porque no es justo que se me niegue como hija, después de todo lo vivido.
Porque el silencio ya no puede seguir.
Porque mi madre merece ser recordada con verdad, con justicia, y con amor sincero.
Por ti, mamá.
Por lo que fuimos.
Por lo que nunca podrán borrar.
Tu hija,
la que siempre estuvo contigo, Amanda.