20/09/2020
🔴 “SIN LUCHA NO HAY HISTORIA”
Vía Ciper
Era el 10 de Diciembre de 2019, un atosigante y extremadamente caluroso día Santiaguino, en medio de nuestra rebelde primavera, cuestiones que no le impidieron a Geraldine Alvarado Parra ir con los puños apretados y la esperanza intacta, por cambiar nuestro mundo en plaza Dignidad. “La China” como la conocen sus amigos, hasta ese fatídico día era alumna regular de 2° medio, del Liceo consolidada Dávila de la población homónima…
Ahí mismo se había filmado la serie Chilena El reemplazante, que mostraba en la televisión abierta, las desigualdades e injusticias sociales, que Geraldine padecía a diario en esta selva de inequidades, las que finalmente motivaron su presencia en la zona cero de la explosión social, donde a diario se daba una desigual lucha entre la Primera Linea y las fuerzas represivas.
En medio de los canticos, los conatos, las carreras producidas por las barridas y el Guanaco, “La China” logro llegar a Ramón Corvalán con Alameda, allí fue alcanzada en la cabeza, por una bomba lacrimógena. Debido al triste récord mundial de más de 350 víctimas con traumas oculares, se limito el uso de escopetas y perdigones “disuasivos”. Es por esto que algunas bombas lacrimógenas, comenzaron a ser lanzadas directamente al cuerpo o la cara, como medio de ataque por parte del brazo armado del estado.
Es lo que habría ocurrido con Geraldine, según contaron los testigos de la agresión. El objeto disparado a corta distancia, le abrió en forma vertical una herida de varios centímetros, desde la frente donde nace el cuero cabelludo hacia la nuca. El proyectil penetró dejando un profundo surco abierto en forma de “v”. Ni siquiera quedó allí un mechón de pelo o un colgajo de piel, en jerga clínica “fue un golpe con corte limpio” que le provoco pérdida de masa craneal. Fue trasladada hasta un punto de atención y de inmediato un equipo voluntario de rescatistas, dirigido por el enfermero reanimador, Michael Díaz Damiano (31), la recibe y comienzan a entregarle los primeros auxilios. Los asistentes a la marcha levantan las manos pidiendo una tregua para permitir la atención clínica y el traslado de la muchacha, pero los innombrables no detienen al “guanaco” y entonces Michael insiste con la misma orden:
¡Escudos! ¡Cubre poh, weón, cubre!
Geraldine tiene la mirada extraviada. Desconocidos la alientan: “Aguante, compañera”. Ella no responde, pero sí es capaz de colaborar y subirse a una camilla. En el día internacional de los Derechos Humanos, Michael Díaz y su piquete de rescatistas y bomberos, llevan horas atendiendo sin parar a personas lesionadas. La mayoría son casos de simple resolución, pero cuando reciben a “La China” advierten que están ante algo grave. Sin camilla para traslado, son socorridos con este implemento por los “Cascos Rojos”. Vendan con rapidez a la muchacha y parten los dos escuadrones con ella hacia un puesto de atención médica más equipado y mejor protegido en calle Nueva Bueras. La muchacha que intenta incorporarse, desorientada, es de inmediato conminada por Michael a no moverse: teme lo peor y no se equivoco.
Es recibida por la médico Amanda Zapata (26), de Salud a la Calle, ha sido avisada por teléfono de que va un paciente crítico y coordinan el arribo de una ambulancia. Apenas los rescatistas doblan la esquina, ella comienza con vómitos explosivos. Es una niña, aparente impacto de lacrimógena en la región frontal. Tiene compromiso de conciencia, está vomitando, informa Michael.
La ambulancia llega por Geraldine y es trasladada hasta el Hospital de Urgencia pública. En el recinto hay otros pacientes graves, derivados desde plaza Dignidad, de todos ellos, la que presenta el cuadro clínico más complicado es la niña. De madrugada, la someten a una craneotomía descompresiva, le abren una parte del cráneo para acceder al cerebro y le realizan un vaciamiento de hematoma subdural. Está con riesgo vital. Si sobrevive, si logra esa hazaña, es probable que quede con secuelas importantes.
“Sin lucha no hay historia”. La frase la escribió Geraldine en el muro de su Facebook. Cuenta su padre Héctor Alvarado Araya (53), que desde hacia unos meses antes del estallido, la adolescente comenzó a hablarle de temas que para él eran ajenos o tal vez tan conocidos que ya no reparaba en ellos. Estaba ocupado en cosas prácticas: “parar la olla”, dice, y para eso había que trabajar en lo que fuera. Tiene experiencia en construcciones, pero sólo estudió hasta sexto básico y eso no ayuda a la hora de “buscarse la vida”.
Héctor había aprendido por años a caminar en una ingrata cornisa financiera. También se había convencido de que el destino está más o menos trazado: se nace pobre y se muere pobre. A esa convicción, Geraldine le dio un nombre: inequidad…
Su sueño de estudiar medicina forense se vio siempre tan lejano, es porque entre la educación pública y la privada más que una brecha hay un abismo.
Cuando me conversaba eso, yo me iba para abajo. Yo nunca iba a poder darle una educación de la manera que ella lo anhela. Igual lo tomaba como una cosa que ella podía cambiar porque estaba más chiquitita cuando me decía eso. Y ahora en el colegio que está estudiando iba a comenzar con gastronomía en tercero medio, pero se metía también en la parte metalúrgica. Yo le traía guantes, antiparras de mi pega.
Ella cuestionaba que faltaran cosas, instrumentos para trabajar.
Después de los ataques recibidos por Gustavo Gatica y Fabiola Campillai, Héctor sintió miedo; Geraldine, no. Quizás esa diferencia hizo que para él prohibirle acudir a Santiago centro, a la Plaza Dignidad, se convirtiera en una batalla perdida: Era un problema porque me hablaba con muchos fundamentos de por qué ella salía. También del patriarcado. Yo me tenía que quedar callado porque no sabía qué responderle, porque son cosas que uno a veces las deja pasar y ella tenía esa capacidad de verlas con más facilidad.
Frente a los argumentos de Geraldine, Héctor pasó del “no vayas” al “cuídate, por favor”. No tenía mucho margen para negociar: los horarios en su trabajo no coincidían con los de la muchacha y además ella, como muchos de su generación, estaba convencida de que los cambios se conquistan en las calles.
Héctor debió decidir por seguir trabajando o quedar a los cuidados de la vida de su hija, con quién comparte una pieza y las necesidades, de lo que significa ser pobre, cesante y con una enferma a cuesta. Desde que fue operada y retirada desde el centro de salud, el desamparo por parte del estado es total, solo han sido amparados por organismos sociales. Viven de allegados y de las ayudas recibidas por conocidos, la situación con la actual Pandemia, empeoro el oficio de la construcción y aunque Héctor pudiese trabajar, debería abandonar los cuidados de la joven.
Hacemos eco nuevamente en solicitar la solidaridad, que ha caracterizado a este colectivo. Los procesos sociales no se detienen, ni con el crimen, ni con la fuerza.
Créditos a Ciper…