15/07/2026
La parroquia San José
A veces regreso, sin mover un pie, a la iglesia donde me bautizaron. No vuelvo con el cuerpo, sino con esa parte del alma que sabe caminar hacia atrás sin perderse. La veo como si aún estuviera allí: una capilla tibia, hecha de madera y ladrillo, que guarda el eco de oraciones que ya no tienen dueño. El piso —que alguna vez fue de madera pulida y crujía como un viejo amigo— ahora, convertido en baldosas, sigue reconociendo mis pasos, aunque ya no sea el niño que llevaron en brazos.
La luz entra despacio, como si pidiera permiso. Se posa en las paredes claras, en los bancos gastados, en las flores que alguien dejó para honrar un silencio que nunca termina de apagarse. Todo tiene un aire de casa antigua, de lugar que no necesita grandeza para ser sagrado.
En el centro se alza el altar de San José, apoyado en la muralla, tallado en una madera que parece haber sido acariciada por generaciones. Sobre él, un crucifijo que no impone, sino que acompaña. Y detrás, en su nicho de arco suave, San José me mira con esa serenidad que sólo tienen los hombres que han aprendido a sostener el mundo sin hacer ruido. Una luz —caprichosa o divina— se posó una vez sobre su imagen, y alcancé a captarla. Su figura, firme y humilde, parece custodiar no sólo el templo, sino también las vidas que por décadas han pasado bajo su mirada.
Bajo esa mirada descansa el tabernáculo, pequeño sol dorado en medio de la penumbra. Su puerta brilla como si guardara un secreto antiguo, uno que yo no entendía entonces, pero que intuía en la forma en que los adultos bajaban la voz al acercarse. La lámpara encendida a un costado parecía velar por él, como un corazón que late incluso cuando nadie lo mira.
Ese tabernáculo fue, sin que yo lo supiera, mi primer centro del mundo. Allí comenzó mi historia cristiana, cuando el sacerdote Eduardo Méndez ungió mi frente con óleo y crisma, dejando mi nombre escrito en los registros sacramentales, en la quietud de San José, que sostenía sus herramientas de carpintero como quien sostiene la memoria de un pueblo. Y aunque la vida me llevó lejos, aunque cambié de país, de idioma, de ciudades, de acentos y de certezas, cada vez que busco mis raíces vuelvo a ese lugar: a la luz mansa, al silencio antiguo, al pequeño templo donde el tiempo parece detenerse para que yo pueda empezar de nuevo.
José Urrutia