03/08/2020
por qué no usar la imaginación, cuando es un don bendito que se me dio en los patios de mi infancia:
La primera semana se miraba al espejo, le gustaba cuidar esos lugares donde el había depositado sus besos y sus más tiernas palabras. Se cepillaba el pelo y ajustaba sus tiernos lazos en una gran trenza negra. Comía con ánimos y hablando sola pero con él, la figura invisible de su recuerdo. Estaba segura de que podía predecir sus palabras. "Que exquisito pan. Que maravillosas hierbas. ¿Sabías que las antiguas curanderas la usaban para la melancolía?". Entonces le sonreía a ese espacio del aire que representaba su rostro. Por la tarde, leía sobre botánica a escondidas. Imaginaba que todas esas ideas se las diría cuando pudiera volver a verlo y así sonar, quizás, un poco más inteligente. Ni siquiera inteligente, si no curiosa e interesada, interesada en su mundo de sanaciones y enredaderas.
"Hasta las seis se reparten las cartas" se decía mirando el largo camino que llegaba a su casa.
Hasta la seis espero una semana, luego dos, luego tres.
A la tercera ya no amarraba su cabello con lazos, si no que lo dejaba caer. El libro de botánica ya no tenía más páginas para leer y eso que hasta se dio el tiempo de escribir las ideas más elementales. El pan se sentía más duro y luego, esa sonrisa dibujada en el aire empezó a desaparecer. En tres semanas se acabaron los recursos, en tres semanas el recuerdo de su voz retumbaba lejano y con su incipiente pérdida, llegaba el fuerte dolor de estómago y la falta de apetito.
Al mes su madre le dijo: "Señorita, no puede morirse esperando" lo que la alteró fuertemente. Entonces fue cuando empezó a relacionar algunos hechos con su regreso, creyendo que había cierta conexión mágica que lo traería de vuelta o una simple coincidencia.
Cuando se fue las montañas lucían moradas como la lavanda, ahora son naranjas o negras, lo que le hacía pensar que la vuelta de esos atardeceres, lo traería de vuelta.
Cuando se fue las nubes estaban más densas, no tan difuminadas y entonces esas nubes densas lo traerían de vuelta.
Cuando se fue se rompieron dos tazas al amanecer, quizás cuando otras dos vuelvan a romperse sería el aviso de su regreso.
Y así, se tejieron conexiones ambiguas en su mente que para ella guardaban un profundo y misterioso sentido.
Dos meses y la esperanza intacta era un complemento paradójico de su estado. Su cuerpo, cada vez más delgado. Sus cabellos, cada días más despeinados. Los lazos absolutamente perdidos, los vestidos arrugados, las palabras tan vacías y sus hinchados ojos eran todo el fiel reflejo de su desgaste. Tirada entre la paja, se dijo por quinta vez en el día: "Cuando se asume la pérdida, no hay nada más que esperar que suceda". Y fue ahí exactamente cuando apareció.
Cabalgando llegó el caballero con su bolso, corrió sacando la energía vital de sus órganos, tropezó y corrió otra vez. No entendía por qué si la montaña estaba naranja, las nubes difuminadas y las cerámicas intactas, había llegado al fin su momento esperado. Corrió hasta el caballero, quien dejó entre sus manos un papel color café con su nombre grabado. Era su letra:
"Querida, el tiempo en este universo es diferente, por tanto asume que este quien te escribe, no es el mismo que hoy. Quizás mis pelos estén más gruesos y arañados, quizás el cuello de mi camisa más gastada, quizás mi barba más larga, pero mi sentir, al igual que siempre, es inmutable. Querida, en este universo donde no nos acompañan las pantallas vibrantes, no podemos estar conectados siempre y no es acaso eso algo mágico. Créeme, aunque no pueda escucharte ni verte, confío en que tu alma permanece fuerte, igual que tus convicciones. Es bueno que estemos aquí, pues nuestra espera es menos dolorosa y este momento, es un tesoro tanto para mi como para ti. Acaso en la otra realidad hubiese podido yo mirar las montañas y recordarte, mirar las hojas y recordarte, olerte en las flores y recordarte. Quizás la rapidez de la civilización no me lo hubiese permitido, quizás la rapidez de la civilización nos hubiese alejado más que esta misma lejanía. Querida, yo creo que hicimos bien en venir aquí y no olvides nunca lo que me dijiste antes: "Soy esa hoja de otoño que se resiste, esa última en caer". El tiempo es irrelevante. Te amo".