Las políticas de consenso y el entreguismo político nos mantienen distraídos de lo que ahí pasa. Mientras hacemos acuerdos por debajo de la mesa para que las transformaciones “dejen contentos a todos” la ciudadanía se comienza a organizar de a poco. Quienes adherimos a JR A LA CALLE somos parte de ese movimiento que florece en distintos lados. Hemos llevado las banderas del radicalismo en nuestra
s universidades, colegios y trabajos. Hemos sido detenidos por marchar, nuestros derechos han sido vulnerados, nos han endeudado por estudiar, vemos que nuestros recursos naturales son regalados y que nuestra soberanía se ve disuelta ante el poder del capital. A LA CALLE no es solo un grito necesario, es un proyecto político que nace de radicales que no se conforman con lo que tenemos. Desde el congreso de Yerbas Buenas, nos planteamos la necesidad de repensar la orgánica partidaria, además de poner la discusión ideológica en el centro del debate. Lo logramos, la juventud asumió el laicismo, el socialismo y la democracia como principales banderas. También, luego de años de debate, logramos instalar una orgánica descentralizadora, otorgando poder real a las regiones en las decisiones política de la JR. Pero esto dista mucho de lo que queremos lograr. La despolitización de nuestra sociedad también afectó a los partidos, quienes renunciamos a proyectos transformadores para ser administradores de un modelo que no podía sufrir muchos cambios. En este escenario -de No discusión política- se fue forjando una cultura de militancia sin compromiso transformador. Abandonamos el análisis político por el análisis de la máquina. Nos volvimos expertos contadores de fichas de ingreso, maestros estudiosos de los padrones electorales. Asumimos que nuestra lucha era mantener al partido sobre el 5% del electorado para no disolvernos, pero sin defender ninguna idea estructural. Quienes adherimos al proyecto de A LA CALLE lo hacemos con la convicción de que es posible iniciar un giro político importante. Comenzaremos por lo inicial, la ética política. No podemos construir otra realidad con los mismos comportamientos, poniendo al partido y la juventud al servicio de nuestros intereses personal para escalar en puestos de gobierno. Creemos que nuestro partido y nuestra juventud es un lugar donde hombres y mujeres con los mismos intereses transformadores se agrupan en una comunidad política que tiene la responsabilidad ser construida bajo nuestros valores. O sea, no podemos ser demócratas sin un partido democrático y no podemos ser socialistas sin una visión colectiva y solidaria. Esto es dar vida a la letra. No nos conformamos con tener los ideales en una declaración de principios, la debemos hacer realidad en lo cotidiano. Chile merece ser transformado y para eso necesitamos organizaciones con vocación de cambio. No nos conformaremos con ganar una elección. Queremos cambiar la cultura del militante radical. La verdadera victoria llega cuando le damos nuevo sentido a nuestros conceptos. Ganaremos cuando la fraternidad no signifique un saludo cínico o un apretón de manos a la fuerza, sino que se entienda como respeto a los correligionarios y a nuestra organización.