10/07/2026
¿Derechos humanos o egos? Cuando la inmadurez política termina golpeando las causas que dice defender
La reciente polémica alrededor del uso del nombre de Elvis Vivas en un observatorio y en actividades relacionadas con la defensa de los derechos humanos deja una reflexión que va más allá de quién tiene la razón jurídica o moral en esta controversia.
La familia de Elvis Vivas, especialmente su madre, ha manifestado públicamente su desacuerdo con el uso del nombre de su hijo sin autorización. Una posición que merece respeto, no solo por tratarse de una madre que aún carga con el dolor de una pérdida, sino porque la memoria de las víctimas debe construirse siempre con el consentimiento y la participación de sus familias.
Sin embargo, lo preocupante de este episodio es la incapacidad de algunos sectores para encontrar puntos de encuentro alrededor de una iniciativa que, en esencia, busca fortalecer la defensa de los derechos humanos en el territorio. En lugar de abrir espacios de diálogo, concertación y reconciliación, el debate ha derivado en una confrontación pública donde abundan los señalamientos, las descalificaciones y las disputas por el protagonismo.
La defensa de los derechos humanos no puede convertirse en una competencia de egos. Tampoco puede reducirse a una lucha por quién representa mejor una causa o quién tiene la legitimidad para hablar en nombre de una víctima. Cuando esto ocurre, el centro de la discusión deja de ser la protección de la vida, la dignidad y la memoria, y pasa a ser una disputa política que poco aporta a las comunidades.
Si realmente existe voluntad de honrar la memoria de Elvis Vivas, el camino debería ser el diálogo con su familia, la construcción colectiva y el respeto mutuo. Una organización comprometida con los derechos humanos debería comprender el dolor de una madre. Y quienes reclaman respeto por la memoria de una víctima también podrían encontrar en el diálogo una oportunidad para fortalecer iniciativas que contribuyan a que hechos como los ocurridos no se repitan.
Lo sucedido evidencia una debilidad recurrente de algunos sectores sociales y políticos: la incapacidad para construir consensos. Mientras las organizaciones se dividen, se atacan y se disputan la representación de las causas sociales, los problemas de fondo continúan sin resolverse y las víctimas siguen esperando verdad, justicia, garantías y reparación.
La memoria no debería ser un campo de batalla. Debería ser un punto de encuentro. Porque cuando quienes dicen defender los derechos humanos terminan enfrentados entre sí, los únicos que pierden son las víctimas, sus familias y las causas que intentan reivindicar.