22/08/2024
𝐃𝐄 𝐅𝐋𝐎𝐑𝐄𝐒𝐓𝐀 𝐀𝐋 𝐄𝐒𝐏𝐀𝐂𝐈𝐎 𝐄𝐗𝐓𝐄𝐑𝐈𝐎𝐑: 𝐋𝐀 𝐈𝐍𝐂𝐑𝐄𝐈́𝐁𝐋𝐄 𝐇𝐈𝐒𝐓𝐎𝐑𝐈𝐀 𝐃𝐄 𝐌𝐀𝐑𝐈𝐀 𝐑𝐀𝐐𝐔𝐄𝐋 𝐃𝐄𝐋 𝐂𝐀𝐑𝐌𝐄𝐍 𝐕𝐈𝐕𝐀𝐒 𝐑𝐈𝐍𝐂𝐎́𝐍 𝐘 𝐒𝐔 𝐑𝐄𝐋𝐀𝐂𝐈𝐎́𝐍 𝐂𝐎𝐍 𝐋𝐀𝐒 𝐏𝐎𝐓𝐄𝐍𝐂𝐈𝐀𝐒 𝐃𝐄 𝐄𝐄𝐔𝐔 𝐘 𝐑𝐔𝐒𝐈𝐀
Raquel, una mujer nacida en el municipio de Floresta, Boyacá, Colombia, (1901-1995) fue protagonista de hechos muy importantes en el desarrollo de las naciones y el mundo, la dimensión internacional de su trabajo y la exploración espacial. Así se puede concluir de lo escrito por Fernando Gómez Echeverri, en el periódico El Tiempo de fecha martes 20 de agosto de 2024 que se muestra a continuación. Mas información en el Museo de Antropología e Historia, Floresta. H.G.S.
𝐋𝐀 𝐋𝐀𝐍𝐀 𝐂𝐎𝐋𝐎𝐌𝐁𝐈𝐀𝐍𝐀 𝐐𝐔𝐄 𝐂𝐎𝐁𝐈𝐉𝐎́ 𝐀 𝐀𝐒𝐓𝐑𝐎𝐍𝐀𝐔𝐓𝐀𝐒 𝐘 𝐂𝐎𝐒𝐌𝐎𝐍𝐀𝐔𝐓𝐀𝐒 𝐄𝐍 𝐏𝐋𝐄𝐍𝐀 𝐆𝐔𝐄𝐑𝐑𝐀 𝐅𝐑𝐈́𝐀
El artista Andrés Quintero recupera la figura de Raquel Vivas, que forró el Apolo 11 con lana de las ovejas de Güicán y presenta en la galería Sketch una muestra que recupera esta historia alucinante.
En el archivo de EL TIEMPO, entre un millón de historias, hay una realmente fuera de lo común; una historia que, en estos tiempos, podría ser una broma de Actualidad Panamericana o un fake news, pero es real: el Apolo 11, el vehículo espacial que transportó a Neil Armstrong a la Luna y que durante varios días logró que la humanidad tuviera los ojos en el firmamento, estaba recubierto en su interior de lana colombiana. Raquel Vivas, una mujer de Floresta, Boyacá, fue la encargada de fabricarla y enviarla en cargamentos ultrasecretos. No solo eso: Vivas –en plena Guerra Fría– también trabajaba para el Ejército ruso y su programa espacial.
Andrés Quintero descubrió el secreto en la hemeroteca de la Biblioteca Nacional, y en un viaje al pueblo de Raquel Vivas donde encontró un museo en su honor y el flamante traje de un astronauta ruso.
Quintero es artista de la Universidad Nacional, ganó una beca de investigación y se lanzó en la búsqueda de su santo grial: el punto donde se unen la alta tecnología y la tecnología campesina. Encontró la primera página de EL TIEMPO del 8 de julio de 1969 donde está la historia de Vivas y, tras leer la crónica y sumergirse en la vida de esta extraordinaria empresaria que también exportó su lana para el avión presidencial de Richard Nixon, descubrió algo más: las ovejas que usaba Vivas eran del pueblo de su familia: Güicán de la Sierra, Boyacá.
Andrés Quintero tiene el rostro de un recién graduado del colegio; usa unas gafas grandes que le tapan la mitad de la cara. No es alto ni bajo, tampoco se ve demasiado fuerte ni musculoso, pero luego de ver sus videos queda claro que es un hombre de alta montaña: Quintero tiene pulmones para ir a la luna o escalar el Everest. Y no puede creer que su pueblo no sea un referente nacional, un lugar tan mentado y nombrado como el Nevado del Ruiz o la Sierra Nevada de Santa Marta. El Güicán de la Sierra está a casi 3.500 metros de altura.
Cuando leyó que la lana de las ovejas que había ido a la Luna era de su pueblo, decidió regresar, no solo para sumergirse más en una historia apasionante, sino porque definitivamente los paisajes del Güicán son tan alucinantes como los de la Luna.
El Güicán le da paso a un cruce de pisos térmicos extremos: glaciares y páramos; Quintero descubrió que las ovejas que usaba Raquel Vivas eran de campesinos que habían logrado que sus animales se adaptaran a alturas extremas de 5000 metros sobre el nivel del mar. Las ovejas de Güicán –o mejor: sus ancestros ovejunos– son originalmente inglesas: las famosas Romney Marsh del condado de Kent. El cambio de alimentación –en las que sus estómagos han incluido en épocas de hambre las hojas de los frailejones– y la altura infernal en la que los pastores son incapaces de seguir su ritmo, las hicieron únicas. Una suerte de ovejas endémicas o mutantes: su lana no es inflamable.
𝐃𝐞 𝐥𝐚 𝐍𝐚𝐬𝐚 𝐚 𝐑𝐮𝐬𝐢𝐚
La Nasa quedó maravillada con su calidad: ¡qué mejor manera de proteger a Neil Armstrong, Buzz Aldrin y Michael Collins, la heroica tripulación del Apolo XI! En la nota de EL TIEMPO, Raquel Vivas dijo que el espacio se iba a llenar con el olor de la lana de Colombia.
Vivas no solo era una tejedora. Su empresa, la Fábrica de Telas Huatay, de la que solo queda una placa en Usaquén, hacía uniformes militares para el Ejército colombiano y su fama llegó a oídos de los rusos. Ellos también querían la habilidad de sus manos para sus hombres en el espacio y pronto tuvo varios encargos. Boyacá no solo estuvo presente en el glorioso apolo 11, sino en las infalibles naves Soyuz y Vostok, de la Unión Soviética que lograron que sus cosmonautas flotaran sobre la Tierra y desataran uno de los primeros terrores de la Guerra Fría: los ataques nucleares desde el cielo.
Quintero fue en busca de más información y le escribió a la Nasa. La respuesta fue el silencio de los asuntos ultrasecretos. Los rusos –en cambio– fueron increíblemente más abiertos. Se puso en contacto con el Instituto de Aviación de Moscú y el enlace que le proporcionaron –una vez que comprobaron que era estudiante de la Universidad Nacional– fue la profesora Ekaterina Sergeevna Novikona, que, tras un par de correos, le pidió que abriera una cuenta de Telegram para que su comunicación fuera más fluida y bajo los códigos rusos.
Ekaterina se metió en los archivos de los cosmonautas y con el nombre de la Fábrica de Telas Huatay encontró tres lotes. ‘Puedo enviar uno a Colombia’, le dijo. En esos días estalló la guerra contra Ucrania y –para colmo de males– la única ruta de correo era por EE.UU..
Ekaterina envió la insólita colaboración de la empresaria boyacense con los militares y científicos rusos en los años 60, pero el cargamento fue confiscado en Miami. El Departamento de Aduanas se puso en contacto con Quintero y le preguntó por qué pedía un lote de prendas y artefactos militares rusos. La Universidad Nacional tuvo que enviar cartas para explicar el proyecto de su estudiante. Los funcionarios estadounidenses comprobaron que eran prendas obsoletas solo con sentido histórico, que Quintero no era un peligroso terrorista internacional, sino un artista en busca del lado ovejuno de la Luna, y el lote viajó sin contratiempos a Bogotá.
𝐋𝐚 𝐞𝐧𝐜𝐨𝐦𝐢𝐞𝐧𝐝𝐚 𝐫𝐮𝐬𝐚
Quintero abrió el paquete y su cabeza explotó: había cascos, bitácoras, libretas con anotaciones y gráficos que solo comprenderían de un vistazo Kepler o Galileo, instrumentos de una belleza escultórica inesperada, un pequeño cuaderno con los rostros de los héroes espaciales rusos, y entre otras cosas, un carnet con el nombre del cosmonauta que usó un uniforme espacial tejido en Colombia y que no ha podido descifrar porque está escrito a mano con la caligrafía de un enamorado del vodka.
La exposición que presenta Quintero en la Galería Sketch de Bogotá (Carrera 23 n.o 77-41) mezcla objetos y archivos y una serie de obras increíbles: unas botas tejidas por él, varios videos en los que aparece perdido en paisajes lunares o acompañado por Bravucón, un carnero con alma de perro, que adoptó para sus caminatas; una preciosa cauchera de vidrio para disparar bolas de nieve; una piedra de sal –esculpida por la lengua de las ovejas– que parece un objeto selenita; la ruana que usa en un video y que, en el escenario en el que la tiene puesta, lo hace ver como un invasor alienígena o un dios pájaro listo para volar al espacio.
Fueron más de dos años de un viaje espectacular. Quintero navegó por los archivos de los programas espaciales de Estados Unidos y la Unión Soviética y en los archivos de su propio pueblo. En la iglesia del Güicán encontró los registros de ancestros del principal criador de ovejas de la zona, Hermes Carvajal, y descubrió que su familia tiene rebaños ovejunos desde 1830.
Sus tías, Edulbina y Paulina Quintero, le ayudaron con su red de amigos y conocidos y, entre otras cosas, estuvo como pastor a 4200 metros de altura con las ovejas de Juan Carlos Cristancho. Y en su viaje más increíble llegó a la casa de Isidro Flores y María Del Rosario, una pareja que vive en una cabaña construida con restos de frailejones desde hace casi medio siglo y tan acostumbrados al silencio y la soledad que le ofrecieron su techo para que hiciera lo que tenía que hacer.
Sus ovejas fueron las encargadas de esculpir la roca de sal que llevó desde otro pueblo boyacense: La Salina. “Para llegar a su casa son dos días de caminata”, sostiene Quintero. “Fui con Trino, un amigo indígena que se fue desde niño de su comunidad y se quedó en el pueblo, él conoce bien todos los caminos, llevábamos solo arroz y una estufa, pescábamos truchas y dormíamos en cuevas. Isidro y María Del Rosario vivieron primero en cuevas y luego llegaron al que sería su hogar. Su historia es de supervivencia. Su rebaño es de 200 o 250 ovejas”.
En sus tierras –tan espectaculares como los paisajes lunares– inventó aparatos para grabar el sonido aterrador del viento, usó el anemómetro que le enviaron los rusos para medir su velocidad, caminó por lugares que nadie conoce con la nieve hasta las rodillas, encontró ovejas muertas devoradas por los buitres y hasta una trinchera del Ejército de sus tiempos de combate con la guerrilla por el control del territorio.
“Entre 1997 y 2008 el Güicán fue atacado por las Farc, pero nunca pudieron someterlo, entre otras cosas, porque ni las balas ni las bombas pudieron con el grosor de la tapia pisada de la Alcaldía y la Estación de Policía: ¡otro ejemplo de la tecnología campesina!”, dice.
FERNANDO GOMEZ ECHEVERRI DIRECTOR DE REVISTA BOCAS Y LECTURAS