23/10/2023
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Pablo había mantenido durante muchos años una gran colección de libros para niños. Contenían las historias de su infancia y adolescencia. Tenía muchos libros para aprender las palabras, los colores y los animales. También muchos cuentos para niños y las primeras novelas que leyó en su adolescencia, muy sencillas y hasta predecibles, pero qué en su tiempo lo convirtieron en un gran lector.
Los había conservado con mucho cariño a lo largo de los años, sin darse cuenta de lo que iba sintiendo con el tiempo. Cada vez veía el montón de libros más como simples objetos estorbosos que solo ocupaban espacio mientras se llenaban de polvo.
Un día mientras Pablo limpiaba su casa, se detuvo frente a su librero y miró los libros con tristeza. Recordó todas las tardes que había pasado leyendo esas historias maravillosas y supo que debía hacer algo, aunque no sabía qué.
La respuesta le llegó hasta varios días después, cuando su vecina, una maestra joven y amable, llegó a pedirle un favor. Necesitaba que alguien regara sus plantas mientras ella estaba de vacaciones. Entre la plática, a Pablo se le ocurrió preguntarle si tenía alguna solución para su problema con los libros.
La maestra sonrió al instante. “Entiendo sí quieres conservarlos, pero a los niños del kinder donde trabajo le encantaría tener libros nuevos en el salón”, le dijo y le explicó lo importante que es llevar los libros hacia los lectores correctos. Pablo dudó al principio, pero luego pensó que tal vez era hora de dejar ir esos libros y darles una nueva vida.
Cuando la maestra volvió de su viaje, juntos llevaron los libros al jardín de niños. Los pequeños se emocionaron al ver tantos libros nuevos y Pablo los observó desde lejos, sintiendo una extraña sensación en su corazón. De repente, se dio cuenta de que estos libros siempre habían sido grandes e importantes, solo estaban en las manos incorrectas.