03/09/2026
ALFONSO DÁVILA RIBEIRO: DIEZ AÑOS DESPUÉS, SU MÚSICA SIGUE NAVEGANDO POR EL AMAZONAS
Crónica de Francisco “Pacho” Salas
Este 3 de septiembre, el calendario vuelve a detenerse en una fecha que duele en la memoria de quienes conocimos, admiramos y compartimos caminos con Alfonso Dávila Ribeiro, nuestro querido y recordado “Bailarín”.
Han pasado diez años desde su partida, pero hay ausencias que el tiempo no consigue borrar. Al contrario: permanecen vivas en las canciones, en las conversaciones, en las enseñanzas y en la memoria cultural de un pueblo.
Alfonso no fue solamente músico, compositor y profesor. Fue, ante todo, un hombre de conocimiento, un apasionado por nuestras raíces y un defensor incansable de la música popular amazonense.
Su escenario no siempre tuvo luces, micrófonos ni grandes auditorios. Muchas veces fue una conversación entre amigos, una reunión de músicos, una guitarra, una canción o esas largas charlas en las que hablábamos sobre lo que significaba hacer música desde esta tierra amazónica.
Quienes tuvimos la fortuna de compartir con él recordamos sus interminables conversaciones sobre el futuro de nuestras músicas y sobre la necesidad de conocer de dónde venimos para saber hacia dónde queremos ir.
Alfonso entendía algo fundamental: la tradición no debía convertirse en una pieza de museo, sino en una semilla capaz de seguir germinando en las nuevas generaciones.
Y allí estaba una de sus grandes enseñanzas: el conocimiento solo adquiere verdadero sentido cuando se comparte.
Para Alfonso, enseñar era también una manera de construir comunidad. Compartir lo aprendido, escuchar a los demás, rescatar las raíces y transmitirlas a los jóvenes era, en el fondo, una forma de mantener viva nuestra identidad y de ser más humanos.
Su legado permanece en canciones que forman parte de la memoria sonora del Amazonas. “La Palizada”, “Tarapacá” y otras de sus composiciones siguen evocando paisajes, personajes, sentimientos y esa profunda identidad amazónica que tantas veces corre el riesgo de diluirse entre las nuevas modas y los sonidos que llegan de otras tierras.
Pero quizá hay una melodía que, apenas comienza a sonar, despierta de inmediato su recuerdo:
“Tiene nombre de mujer, de mujer bella,
que enamora al sonreír, qué hermosa es ella…”
Cuando esa canción suena, Alfonso vuelve.
Vuelve en la voz de quienes la cantan.
Vuelve en la guitarra de los músicos.
Vuelve en la memoria de sus amigos.
Vuelve en las calles de Leticia.
Vuelve en ese Amazonas que tantas veces fue inspiración y protagonista de su obra.
Por eso, que la Casa de la Cultura que lleva su nombre sea mucho más que un lugar para recordar su figura. Que sea también un espacio donde su pensamiento continúe inspirando, formando y despertando nuevas voces.
Porque honrar a un maestro no consiste únicamente en pronunciar su nombre una vez al año. Honrarlo es mantener viva su enseñanza.
Diez años después, aquella pregunta que Alfonso seguramente volvería a plantearnos sigue tan vigente como entonces:
¿Qué estamos haciendo para que nuestras músicas amazónicas tengan futuro?
Quizá esa sea la mejor manera de recordarlo.
No con silencio, sino con música.
No solamente con nostalgia, sino con compromiso.
No únicamente mirando hacia atrás, sino llevando sus enseñanzas hacia las nuevas generaciones.
Porque los pueblos que olvidan a sus maestros terminan perdiendo una parte de su propia identidad.
Hoy, familiares, amigos, músicos, alumnos y todos aquellos que alguna vez compartimos una conversación con el querido “Bailarín” podemos afirmar que su partida física no significó el final de su historia.
Su obra continúa viajando, como viaja el Amazonas: sin detenerse, buscando nuevos caminos, atravesando generaciones y llevando consigo la memoria de esta tierra.
Hoy debería sonar su música en cada rincón donde un amazonense quiera recordar quién es y de dónde viene.
Que suene “La Palizada”.
Que suene “Tarapacá”.
Que suenen sus canciones.
Que hablen sus enseñanzas.
Y que vuelva a escucharse aquella voz musical que nos habla de una mujer bella, de una sonrisa y del amor.
Porque mientras una canción siga siendo cantada, su creador nunca termina de morir.
Alfonso Dávila Ribeiro: diez años después, sigues caminando entre nosotros convertido en música, memoria y enseñanza.
Eternamente, Alfonso Dávila Ribeiro, nuestro querido “Bailarín”.
Francisco “Pacho” Salas
Periodista, escritor y amigo de la música amazónica