17/06/2026
Como abogado, actor político y estudioso del derecho constitucional, me preocupa profundamente que algunos líderes planteen la posibilidad de que el país “se incendie” si un determinado sector pierde las elecciones. Más allá de quién lo diga o de la corriente ideológica que represente, este tipo de discursos reflejan una peligrosa debilidad democrática.
Desde lo jurídico, la protesta es un derecho fundamental protegido por la Constitución y por el Sistema Interamericano de Derechos Humanos. Pero una cosa es defender la movilización ciudadana y otra muy distinta normalizar escenarios de confrontación o caos como respuesta a la decisión soberana de los electores.
Desde lo político, estas declaraciones evidencian la creciente incapacidad de algunos sectores para reconocer al adversario como un competidor legítimo. Cuando una campaña transmite que solo existe democracia si gana su proyecto, se erosiona la confianza en las instituciones y se profundiza la polarización.
Desde lo social, Colombia viene de años de tensiones, protestas y divisiones. El país necesita dirigentes que reduzcan la confrontación, no que la alimenten. Los ciudadanos esperan soluciones a los problemas de seguridad, empleo y desarrollo, no advertencias sobre posibles escenarios de crisis.
considero que este tipo de mensajes suelen ser un síntoma de campañas que buscan movilizar emociones a través del miedo. Sin embargo, las democracias sólidas no se construyen sobre la amenaza de la inestabilidad, sino sobre la capacidad de aceptar los resultados, ejercer una oposición responsable y defender las instituciones incluso cuando no favorecen nuestros intereses.
La verdadera prueba democrática no es saber ganar; es saber perder sin poner en riesgo la estabilidad del país. Esa debería ser una obligación ética de cualquier líder político, sin importar si es de izquierda, de derecha o de centro.
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