El Banco de la "Memoria" de Pasto, Ciudad, País

El Banco de la "Memoria" de Pasto, Ciudad, País El banco de la memoria, está repleto de historias desconocidas de Pasto o mejor de la Colombia Austral.

!!!EL HOMBRE QUE SE NEGÓ A RECIBIR UN MILLÓN DE DÓLARES!!!Hace unos días,  en una de tantas conversaciones con mi amigo ...
27/08/2026

!!!EL HOMBRE QUE SE NEGÓ A RECIBIR UN MILLÓN DE DÓLARES!!!

Hace unos días, en una de tantas conversaciones con mi amigo Xocimo Cepeda, si en esos encuentros que empiezan hablando de cualquier cosa y terminan llevándolo a uno por caminos inesperados, como si la vida tuviera la mala costumbre de poner una biblioteca en medio de una tertulia. Xocimo me habló de un personaje que yo no conocía: Grigori Perelman, un matemático ruso que, además de tener una cabeza capaz de hacer sufrir a cualquier calculadora, tiene algo todavía más extraño: una relación bastante poco convencional con el dinero, la fama y los aplausos.

Y ahí fue cuando la conversación se puso interesante. Porque Perelman hizo algo que en estos tiempos parece casi una enfermedad mental: resolvió un problema matemático que durante décadas había desafiado a los mejores cerebros del planeta y después rechazó un millón de dólares por haberlo hecho. Sí, leyó bien, no aceptó un millón de dólares, no era un diploma, ni una agenda, era un montón de dinero.

Ahí uno empieza a sospechar, que algo está profundamente equivocado en el mundo. Porque si a cualquiera de nosotros, nos ofrecen un millón de dólares por resolver siquiera el crucigrama del periódico, probablemente pedimos que nos den dos lápices por si acaso; pero Perelman era otra cosa.

Esta historia comienza, por una pregunta formulada por el matemático francés Henri Poincaré en 1904. La famosa conjetura de Poincaré, uno de los problemas más difíciles de la matemática, intentaba establecer una relación entre ciertas propiedades de los espacios tridimensionales y la esfera tridimensional; dicho así parece sencillo; pero no lo es.

La conjetura de Poincaré permaneció sin solución durante casi un siglo y terminó formando parte de los siete llamados Problemas del Milenio, para los cuales el "Clay Mathematics Institute" estableció un premio de un millón de dólares por cada solución correcta. Hasta hoy, la conjetura de Poincaré es el único de esos siete problemas que ha sido resuelto.

Grigori Perelman, entre 2002 y 2003 publicó en internet, una serie de trabajos en los que presentó las ideas que conducirían a la solución, utilizando herramientas relacionadas con el llamado flujo de Ricci, desarrollado en buena parte por el matemático estadounidense Richard Hamilton.
Después vinieron los años de revisión, comprobación y discusión matemática.

Y finalmente ocurrió lo que parecía imposible: Perelman había resuelto el problema un problema que había sobrevivido a generaciones de matemáticos. Un problema que había resistido durante casi cien años, si un enigma que probablemente había hecho, que más de un matemático mirara al techo preguntándose por qué diablos había escogido esa profesión.

Pero aquí viene la parte, más interesante de esta historia; ya que en 2006 le concedieron la Medalla Fields, considerada el máximo reconocimiento internacional de las matemáticas. Y Perelman también dijo que no y no se acercó a recibirla; no quiso convertirse en celebridad; no quiso entrar en el circuito de las entrevistas, las fotografías, las ceremonias y los homenajes. Y cuando en 2010 el Clay Mathematics Institute, anunció que le correspondía el primer Premio del Milenio, dotado con un millón de dólares, volvió a decir que no.

Ahí fue cuando mi amigo Xocimo, me dijo algo que me quedó dando vueltas;
porque Xocimo no hablaba de Perelman como quien cuenta la historia de un matemático excéntrico. Hablaba de él como quien reconoce una manera de entender la vida. Una forma de decir:
“Yo hago esto porque me interesa hacerlo. No porque alguien vaya a ponerme una medalla.” Y eso, en estos tiempos, eso resulta casi revolucionario.

Ya que vivimos en una época en la que hasta respirar parece necesitar reconocimiento. Alguien desayuna y lo publica. Camina cinco kilómetros y lo publica. Lee tres páginas de un libro y lo publica. Ayuda a alguien y, si puede, consigue una fotografía del momento exacto en que está ayudándolo y si nadie le da “me gusta”, empieza la tragedia.

Perelman, en cambio, parecía haber descubierto algo que a nosotros se nos olvidó hace tiempo: que algunas cosas tienen valor aunque nadie las aplauda.
Y eso fue precisamente lo que encontré interesante en la conversación con Xocimo. Porque mi amigo tiene esa extraña enfermedad de quienes todavía creen que el conocimiento vale por sí mismo. No necesita convertir cada conversación en una vitrina. No necesita demostrar que sabe. No necesita llegar con el título debajo del brazo para que uno sepa que ha leído.

Eso me hizo pensar que quizá Xocimo y Perelman tienen algo en común.
No necesariamente la matemática, aunque uno nunca sabe; con Xocimo uno puede empezar hablando de una ecuación y terminar descubriendo que la ecuación era apenas la puerta de entrada, sino esa idea de que la inteligencia no debería necesitar lentejuelas para ser inteligencia.

Porque vivimos en una sociedad que confunde demasiado fácilmente conocimiento con éxito, éxito con dinero y dinero con felicidad. Y entonces ocurre la paradoja: El que sabe mucho quiere demostrar que sabe. El que tiene dinero quiere demostrar que tiene dinero.
El que tiene fama quiere demostrar que tiene fama. Y el que no tiene ninguna de las tres cosas se inventa una fotografía al lado de alguien que sí las tiene.

Perelman hizo exactamente lo contrario;
resolvió uno de los problemas matemáticos más importantes de la historia y después se retiró del espectáculo; había rechazado la Medalla Fields y posteriormente rechazó el millón de dólares. Su vida pública se volvió cada vez más reservada y terminó alejándose incluso de la vida académica formal. Las fuentes disponibles lo describen viviendo modestamente en San Petersburgo y apartado de la exposición pública.

Y aquí es donde la historia deja de ser una anécdota matemática, para convertirse en una pequeña bofetada filosófica; porque la pregunta verdaderamente interesante no es:
¿Por qué Perelman rechazó un millón de dólares? La pregunta es: ¿Qué tenía Perelman que el millón de dólares no podía comprar? Tal vez tranquilidad. Tal vez independencia. Tal vez la satisfacción íntima de haber resuelto algo que parecía irresoluble. Tal vez la certeza de que su trabajo tenía sentido antes de que apareciera el cheque y quizá, simplemente, no necesitaba que el mundo certificara lo que él ya sabía.

Eso me recuerda a Sócrates, que terminó siendo condenado en Atenas y no precisamente por tener demasiados seguidores en Instagram. Sócrates sostenía que una vida sin examen no merecía ser vivida. Perelman parece haber llevado la idea a otro territorio: un conocimiento que necesita constantemente ser exhibido quizá termina siendo menos importante que el conocimiento que simplemente se disfruta.

Claro que tampoco hay que convertir a Perelman en santo. Eso sería otro exceso. No sabemos exactamente qué pasa por la cabeza de un hombre que decide rechazar un millón de dólares. Y sería absurdo convertir su austeridad en una obligación moral para todos. Porque, seamos sinceros, yo respeto muchísimo la filosofía de Perelman, pero si mañana alguien aparece en mi casa con un millón de dólares, prometo someter el asunto a un profundo análisis filosófico.
Probablemente durante unos siete segundos.Después preguntaría dónde firmo.

Pero la historia de Perelman sí nos obliga a preguntarnos algo. ¿Cuánto de lo que hacemos lo hacemos porque realmente nos importa y cuánto porque queremos que los demás sepan que lo hicimos? Esa pregunta incomoda;
porque vivimos rodeados de vitrinas.
El conocimiento se exhibe. La solidaridad se exhibe. La felicidad se exhibe. La indignación se exhibe. Hasta la humildad se exhibe.

Por eso me gustó tanto aquella conversación con Xocimo. Porque mientras hablaba de Perelman, en realidad estaba hablando de una manera de vivir. De esa vieja idea, cada vez más extraña, de que uno puede estudiar porque quiere entender. Leer porque quiere aprender. Pensar porque quiere comprender. Conversar porque quiere descubrir.

Quizá eso sea lo verdaderamente revolucionario de Perelman. No haber resuelto la conjetura de Poincaré. Eso ya es extraordinario. Lo verdaderamente extraordinario fue que después de resolverla no permitió que el mundo le resolviera la vida a punta de dinero y aplausos.

Y eso me lleva nuevamente a Xocimo.
Porque quizá los amigos también sirven para eso. Para contarnos historias que parecen hablar de otros cuando, en realidad, están hablándonos de nosotros. Xocimo me habló de un matemático ruso. Yo terminé pensando en un amigo colombiano. Y terminé pensando también en mí. Porque entre el millón de dólares de Perelman y nuestra cotidiana carrera por conseguir reconocimiento hay una pregunta que sigue flotando:

¿Qué haríamos si descubriéramos que algo puede ser valioso aunque nadie nos premie por hacerlo? No sé. Tal vez aprenderíamos a vivir de otra manera.
Tal vez leeríamos más y posaríamos menos. Tal vez conversaríamos más y publicaríamos menos. Tal vez volveríamos a hacer algunas cosas simplemente porque nos gustan.
Y quizá, solo quizá, descubriríamos que hay una riqueza que no aparece en ninguna cuenta bancaria.La de saber.
La de comprender. La de pensar.

Perelman rechazó un millón de dólares;
yo no sé si tendría esa fortaleza; pero después de conversar con Xocimo entendí algo: "Hay personas que no quieren ser millonarias porque ya encontraron algo que para ellas vale mucho más"

Y eso, en un mundo donde casi todo tiene precio, resulta una forma bastante elegante de ser rico......

¡¡¡EL MUÑECO, LA TIERRA Y LAS SEÑALES QUE TODAVÍA NO ENTENDEMOS¡¡¡Hay momentos en la vida en los que el tiempo parece de...
16/08/2026

¡¡¡EL MUÑECO, LA TIERRA Y LAS SEÑALES QUE TODAVÍA NO ENTENDEMOS¡¡¡

Hay momentos en la vida en los que el tiempo parece detenerse; un segundo antes, todo es normal; un instante después, nada vuelve a ser exactamente igual. El lunes 10 de agosto de 2026, Colombia vivió uno de esos momentos. A las 7:34 de la mañana, la tierra comenzó a moverse con una violencia que convirtió una mañana cualquiera en una pesadilla nacional. El Servicio Geológico Colombiano registró un terremoto de magnitud 7,4, con epicentro en el municipio de San José del Palmar, Chocó. El movimiento fue sentido en buena parte del país y produjo graves daños en diferentes regiones.

Pero mientras millones de colombianos todavía dormían, mientras otros apenas comenzaban su jornada y nadie imaginaba lo que estaba a punto de suceder, en la habitación de mi hija María Fernanda ocurría algo que, después del terremoto, adquirió una dimensión que todavía nos cuesta explicar. Allí estaba “Muñeco”, un pequeño Shih Tzu que hace mucho dejó de ser simplemente un animal y se convirtió en parte esencial de la familia. Porque hay “seres” que terminan convirtiéndose en parte de la esencia emocional de una casa; están allí cuando uno llega cansado, cuando alguien está triste, cuando hay silencio, cuando hay alegría; parecen entender todo lo que pasa en la casa y muchas cosas más.

“Muñeco” es así; tiene una sensibilidad y una inteligencia que a diario nos sorprenden. Pero aquella madrugada fue diferente. Antes de que amaneciera, ese lunes 10 de agosto, comenzó a aullar; no a ladrar. Lo hacía como un lobo y no fue solo un instante: estuvo así durante casi una hora. Mi hija María Fernanda se despertó exaltada y escuchó aquel sonido extraño en medio de la madrugada. Comenzó a preocuparse. ¿Qué le pasaba? ¿Estaría enfermo? ¿Tendría algún dolor? ¿Le habría ocurrido algo? Pero “Muñeco” continuaba aullando y, después de casi una hora, empezó a correr y girar en círculos, una y otra vez, inquieto, desconcertado, angustiado. María Fernanda comenzó a sentir esa angustia que produce ver sufrir a alguien que uno quiere y no saber cómo ayudarlo; porque no sabía qué le pasaba y quedó atrapada en la incertidumbre; pensó que “Muñeco” estaba enfermo.

Y entonces llegó el momento más dramático; segundos antes del terremoto, “Muñeco” comenzó a temblar, se hizo un ovillo, escondió la cabeza dentro de su propio cuerpo y permaneció en esa posición, temblando. Mi hija ya estaba desesperada: lo levantó, lo abrazó, lo besó e intentó protegerlo con sus brazos. Y en esa fracción de segundo ocurrió el terremoto. La tierra se sacudió; el apartamento se estremeció; el mundo cotidiano dejó de ser cotidiano. Y mi hija, abrazada a Muñeco, pasó de preguntarse qué le ocurría a su perro a preguntarse qué estaba ocurriendo con la tierra y, por supuesto, con el resto de la familia. Es difícil explicar lo que siente una persona cuando las paredes comienzan a moverse; el cerebro tarda unos segundos en comprender que aquello que está ocurriendo no es una pesadilla, sino una compleja realidad.

El cuerpo reacciona antes que la razón. El corazón se acelera, la respiración cambia, las manos buscan algo de qué agarrarse, la gente empieza a gritar; algunos corren, otros quedan paralizados. Hay quienes llaman desesperadamente a sus hijos, a sus padres, a sus parejas, a sus amigos. Y durante unos segundos que parecen eternos, todos tenemos la misma pregunta: ¿qué está pasando? Ese fue el momento que vivieron millones de colombianos; un momento de miedo colectivo, un país entero preguntándose si su casa resistiría; si sus familiares estarían bien; si el edificio seguiría en pie; si las personas que ama habrían tenido tiempo de salir.

Después del movimiento viene otro terremoto: el de las emociones. Cuando la tierra deja de moverse, no necesariamente termina el terremoto; porque comienza otro: el terremoto emocional. La angustia de llamar y no obtener respuesta; el silencio de un teléfono que no contesta; el mensaje que no llega; la fotografía de una casa convertida en escombros; la noticia de un edificio colapsado; la búsqueda desesperada entre ladrillos, concreto y polvo; el abrazo de dos desconocidos que acaban de descubrir que siguen vivos. El llanto de una madre; el rostro de un niño que todavía no comprende por qué su casa ya no existe. Las cifras de mu***os y heridos comenzaron a crecer mientras los organismos de socorro trabajaban entre los escombros.

El Servicio Geológico Colombiano ha advertido reiteradamente que Colombia es un país expuesto a amenaza sísmica y que cuenta con herramientas para identificar y modelar esa amenaza. Entonces, el problema no es que no sepamos que puede ocurrir; el problema es qué hacemos con lo que sabemos. Porque la amenaza es natural; el desastre, muchas veces, es socialmente construido. Una falla geológica no decide dónde construimos; no decide si construimos bien o mal; no decide si urbanizamos una zona de riesgo; no decide si una escuela está preparada o no; no decide si un hospital puede continuar funcionando después de un terremoto. Eso sí depende de nosotros.

Japón, al igual que Colombia y muchos países, tampoco puede ordenar a la tierra que permanezca quieta y, sin embargo, ha construido una formidable cultura de prevención. Allá, la educación sobre desastres comienza desde la infancia y forma parte de la formación de los estudiantes en diferentes niveles educativos. Existen sistemas de alerta temprana, protocolos, simulacros, normas constructivas estrictas, monitoreo permanente y mecanismos para reducir la exposición y la vulnerabilidad. La Agencia Meteorológica de Japón utiliza sistemas de alerta temprana que detectan las ondas iniciales de un terremoto y pueden proporcionar segundos de advertencia antes de la llegada de las ondas más destructivas a determinadas zonas.

Pocos segundos pueden parecer insignificantes; pero en una emergencia pueden marcar la diferencia entre estar de pie o quedar debajo de un objeto que cae. Por eso Colombia, y la ciudad donde vivo, Pasto, tampoco puede mirar para otro lado. Este es un municipio rodeado de amenazas naturales: el Galeras, los movimientos sísmicos, los fenómenos de remoción en masa, las inundaciones, los incendios y las condiciones geológicas y geomorfológicas propias de un territorio andino-amazónico. Y no estoy hablando de amenazas imaginarias; estoy hablando de riesgos conocidos. Los últimos estudios de gestión del riesgo, recientemente entregados al municipio, así lo demuestran y deben convertirse en insumos concretos del ordenamiento. Sin embargo, al revisar el portal oficial de la Alcaldía de Pasto, se observa que se mantiene como instrumento vigente el POT 2015-2027 y se sigue aplazando, sin una justificación suficiente, la incorporación de estos estudios en el urgente ajuste del Plan de Ordenamiento Territorial.

Y aquí debemos ser "incómodos"; porque los estudios que descansan en un archivo no protegen a nadie. Un mapa de riesgo guardado en las oficinas de Planeación no salva vidas, y una consultoría técnicamente impecable, que no se convierte en norma del POT tampoco. Un estudio que identifica una zona de amenaza, pero no modifica las decisiones de ocupación del suelo, es, en términos prácticos, una advertencia que nadie escuchó. Por eso Pasto necesita avanzar con decisión en el ajuste de su POT y en la incorporación efectiva de los estudios de riesgo. No mañana; no después de la próxima tragedia. Es ahora.

Porque ordenar el territorio no es simplemente decidir dónde construir una avenida, dónde permitir una urbanización o dónde ubicar una actividad económica. Ordenar el territorio significa decidir dónde y cómo puede vivir una sociedad sin poner innecesariamente en peligro a sus habitantes. El riesgo debe estar en el corazón del POT de Pasto y de los POT y EOT de todos los municipios de Colombia. No como un capítulo burocrático al final del documento, sino como una condición fundamental de las decisiones públicas.

Por eso tenemos que aprender a escuchar antes de que la tierra vuelva a sorprendernos. Y aquí regreso a la historia con la que comenzó esta crónica: “Muñeco”. Porque quizá esta pequeña historia tenga una respuesta científica algún día, o quizás no. El Servicio Geológico Colombiano ha investigado reportes sobre comportamiento animal asociado con terremotos en Colombia; un estudio recopiló 138 reportes relacionados con 41 sismos destructivos y encontró numerosos registros de cambios de comportamiento, particularmente en perros. Pero los investigadores son claros: estos reportes no permiten afirmar que los animales puedan predecir terremotos de manera confiable; por eso plantean la necesidad de realizar investigaciones sistemáticas.

No pretendo convertir a “Muñeco” en un oráculo; pero tampoco debemos cerrar la puerta a la pregunta inicial. ¿Por qué aulló? ¿Por qué estuvo inquieto durante tanto tiempo? ¿Por qué comenzó a temblar? ¿Por qué ocurrió todo aquello segundos antes del terremoto? Puede haber una explicación; puede no haberla. Pero investigarlo es mejor que burlarse. La ciencia avanza precisamente cuando alguien tiene la humildad de decir: “No sabemos”. Quizás algún día encontremos que ciertos animales perciben determinadas señales físicas antes de que lleguen las ondas sísmicas más fuertes. Quizás descubramos que esas conductas tienen explicaciones completamente diferentes. Cualquiera de las dos posibilidades será un avance. Porque conocer la verdad siempre será mejor que inventarla.

Después de todo este suceso, “Muñeco” sigue siendo el mismo pequeño perro, que juega, duerme, observa y se mueve por la casa como si fuera el dueño de todo. Pero, por ahora, cada vez que lo vemos recordamos aquella madrugada; recordamos sus aullidos, sus vueltas, su angustia y su cuerpo convertido en un pequeño ovillo. Y recuerdo a mi hija María Fernanda abrazándolo justo cuando la tierra comenzó a rugir. No sabemos si “Muñeco” sabía lo que venía; no sabemos si sintió algo que nosotros no pudimos sentir; no sabemos si fue una extraordinaria coincidencia. Pero lo que sí sabemos es que aquella historia nos dejó varias preguntas y, quizá, también una responsabilidad. Debemos aprender a escuchar: escuchar a la ciencia, escuchar a los territorios, escuchar a las comunidades, escuchar las advertencias y escuchar los mapas de riesgo; escuchar a quienes conocen la geología, escuchar a quienes estudian el comportamiento animal, escuchar a quienes llevan años diciendo que debemos prepararnos.

Porque la tierra no necesita que creamos en ella; la tierra simplemente se mueve. La verdadera pregunta es si nosotros estaremos preparados cuando vuelva a hacerlo. Hoy Colombia llora; hoy Colombia abraza a sus víctimas; hoy Colombia busca entre los escombros; hoy Colombia necesita solidaridad. Pero mañana Colombia tendrá que levantarse y, cuando lo haga, no debería hacerlo exactamente igual que antes. Debería levantarse con una convicción: el próximo terremoto no podemos evitarlo, pero sí podemos evitar que nos encuentre tan desprevenidos.

Porque la prevención no es miedo; la prevención es esperanza organizada. Y quizás, después de haber sentido temblar la tierra, esa sea la mejor manera de honrar a quienes hoy ya no están: hacer todo lo posible para que la próxima vez haya menos lágrimas, menos escombros y más vidas a salvo......

08/08/2026
!!!ODISEO, NOLAN Y EL MIEDO A LAS NUEVAS VERSIONES!!!Confieso que llegué a ver la última película de Christopher Nolan (...
07/08/2026

!!!ODISEO, NOLAN Y EL MIEDO A LAS NUEVAS VERSIONES!!!

Confieso que llegué a ver la última película de Christopher Nolan (La odisea), con más dudas que entusiasmo; mi hijo Andrés Felipe me invitó y acepté más por compartir una noche con él, que por las expectativas que tenía de la película; pensaba si iba aguantar tres horas de duración, una función nocturna y una historia escrita hace casi tres mil años, no parecían la mejor receta para mantenerme despierto.

Mientras se apagaban las luces estaba convencido de que, tarde o temprano, terminaría luchando más contra el sueño que siguiendo las aventuras de Odiseo; pero me equivoqué; ya que desde el primer segundo, Christopher Nolan logra atrapar al espectador. La banda sonora impone el ritmo, la fotografía y las imágenes son sencillamente deslumbrantes y cada escena, parece construida con el cuidado de quien sabe, que también está contando una historia con la luz; la narración avanza con tal fuerza que, cuando aparecen los créditos finales, las tres horas parecen haber transcurrido en un instante, y eso, tratándose de una obra tan extensa, compleja y antigua como La Odisea, ya es un mérito enorme.

Naturalmente, no tardaron en aparecer las críticas; se cuestionaron las licencias narrativas, los personajes eliminados, los cambios en algunos episodios, e incluso la forma en que Nolan reinterpreta al protagonista; son observaciones legítimas. La propia escritora española Irene Vallejo ha recordado que la película modifica pasajes esenciales del poema, y otros especialistas han señalado diferencias importantes frente a la obra de Homero.

Pero esas observaciones no disminuyen el valor de la película como experiencia cinematográfica; porque una cosa es discutir la fidelidad al texto y otra muy distinta negar que Nolan consiguió algo extraordinario: hacer que millones de personas permanezcan durante tres horas cautivadas por una historia escrita hace casi tres mil años.

Y ahí comienza la verdadera discusión; ya que hay algo profundamente irónico en toda esta polémica; durante casi treinta siglos, la historia de Odiseo sobrevivió a guerras, imperios, incendios de bibliotecas, traducciones, religiones y cientos de reinterpretaciones. Sin embargo, ahora pareciera que algunos quisieran protegerla de Christopher Nolan, como si Homero hubiera dejado un manuscrito sagrado con la advertencia: "Prohibido modificar esta historia."

Lo curioso es que nunca ocurrió así, ya que la Odisea nació como una narración oral; antes de convertirse en poema ya había pasado de boca en boca, cambiando con cada narrador. Los propios griegos reescribían constantemente sus mitos. Sófocles, Eurípides y muchos otros ofrecieron versiones distintas de los mismos personajes, sin que nadie hablara de sacrilegio literario.

Precisamente eso recordó la escritora española Irene Vallejo hace unos días: "para los antiguos, los grandes relatos no eran piezas de museo. Eran historias vivas, destinadas a ser contadas una y otra vez"; quizá, paradójicamente, somos nosotros quienes hemos terminado siendo mas griegos que los propios griegos.

La película, por supuesto, no es una copia de Homero y tampoco pretende serlo; en el poema original, Odiseo , el Ulises de la tradición latina, es un personaje mucho más ambiguo; es inteligente, brillante y extraordinariamente astuto, pero también orgulloso, manipulador, seductor y capaz de mentir siempre que la supervivencia lo exigiera.

No es el héroe perfecto; es un ser humano lleno de contradicciones; el Odiseo de Nolan conserva la inteligencia, pero deja en segundo plano al estratega, para mostrarnos a un hombre herido por la guerra, perseguido por sus recuerdos y obsesionado con regresar a Ítaca; ya no es solamente el héroe de las mil tretas; es un hombre que carga con el peso de sus decisiones.

También desaparecen episodios importantes de la obra escrita. El encuentro con Nausícaa y los feacios se reduce considerablemente; el famoso engaño del "Nadie", frente al Cíclope pierde protagonismo; Circe y Calipso adquieren otra dimensión y el papel de los dioses se vuelve mucho más discreto. Atenea deja de ser la divinidad que guía permanentemente a Odiseo, para convertirse casi en una presencia interior, una voz de su conciencia.

No son cambios menores, pero tampoco son traiciones incomprensibles; ya que son la manera en que un director del siglo XXI, decide dialogar con un poeta del siglo VIII antes de Cristo; y eso obliga a hacerse una pregunta mucho más interesante que la simple comparación entre un libro y la película: ¿Qué esperamos realmente de una adaptación? ¿Que reproduzca cada escena exactamente como fue escrita hace casi tres mil años? ¿O que consiga transmitir el espíritu de una historia utilizando el lenguaje del cine?

Porque el cine no se hace como la literatura; ya que Homero tenía palabras;
Nolan en cambio tiene imágenes. Homero podía detenerse durante cientos de versos para describir un banquete o una conversación; Nolan necesita que el relato avance con el ritmo que exige una sala de cine contemporánea. No compiten entre sí; hablan idiomas diferentes y sin embargo, ambos conservan lo esencial. El viaje, la pérdida, la guerra, la nostalgia, la familia y el deseo de volver a casa.

Porque, en el fondo, La Odisea nunca fue solamente la historia de un hombre que quería regresar a Ítaca; es la historia de alguien que descubre que regresar, no consiste únicamente en volver al lugar del que partió, sino en averiguar si todavía pertenece a él; quiza por eso la película funciona tan bien; no porque copie a Homero palabra por palabra, sino porque logra que una historia escrita hace casi treinta siglos, siga emocionando al espectador contemporáneo y ahí radica, probablemente, su mayor triunfo.

Cuando terminó la función pensé en algo que pocas películas consiguen; no salí del cine preguntándome si Nolan, había sido completamente fiel a Homero; salí con ganas de volver a leer a Homero y esa, tal vez, sea la mejor adaptación posible.

Porque un clásico no permanece vivo cuando nadie se atreve a tocarlo;
permanece vivo cuando, después de casi tres mil años, todavía sea capaz de despertar conversaciones, provocar desacuerdos, inspirar nuevas miradas y hacer que alguien cierre la puerta del cine con una pregunta rondándole la cabeza: ¿Cómo era realmente la historia de Odiseo?

Si una película consigue eso, ya ha cumplido una misión que va mucho más allá del entretenimiento; ha devuelto un clásico a la conversación cotidiana. Y eso, aunque incomode a los guardianes de la fidelidad absoluta, probablemente habría hecho sonreír al propio Homero....

!!!LA ÉTICA, MORAL Y OTRAS MANERAS DE JUSTIFICAR LO QUE NOS CONVIENE!!!Hace unos días atrás, tuve una conversación con u...
03/08/2026

!!!LA ÉTICA, MORAL Y OTRAS MANERAS DE JUSTIFICAR LO QUE NOS CONVIENE!!!

Hace unos días atrás, tuve una conversación con un par de amigos sobre: política, ética y moral; por supuesto no voy a decir quienes porque quiero conservar su amistad y porque debo reconocer que en esa conversación el que más tenía que aprender era yo.

Mis amigos, a diferencia de quienes opinamos de todo, con la seguridad de quien acaba de recibir las tablas de Moisés directamente del cielo, saben bastante de filosofía, de comportamiento humano y de esas preguntas incómodas que uno suele evitar porque no tienen una respuesta que quepa cómodamente en una publicación de Facebook Instagram.

Comenzamos hablando de política, grave error; porque en Colombia hablar de política es una manera bastante eficiente de terminar hablando de: religión, corrupción, democracia, comunismo, capitalismo, Petro, Uribe, Abelardo, Trump, Venezuela, Cuba, Dios, Satanás y terminamos hablando de algo mucho más peligroso: de nosotros mismos y de una pregunta que debería perseguirnos mucho más, ¿tenemos principios o simplemente tenemos argumentos para defender nuestras preferencias?

La ética y la moral son dos palabras que utilizamos con una facilidad extraordinaria; las pronunciamos en discursos, debates, columnas, homilías, campañas políticas y conversaciones de café. "Eso no es ético”;“eso es inmoral”; “ese gobierno no tiene principios”;
“ese político no tiene moral”; "los otros son corruptos”. Y mientras pronunciamos solemnemente estas frases, rara vez nos detenemos a preguntar algo bastante más incómodo:
¿aplicaríamos el mismo juicio si el protagonista fuera uno de los nuestros?

Ahí comienza el problema; porque una cosa es tener normas y otra cumplirlas;
una cosa es saber qué está bien y otra actuar correctamente cuando hacerlo nos perjudica. Y una cosa todavía más difícil es reconocer que el otro puede tener razón. Para entenderlo quizá conviene regresar unos cuantos siglos;
mucho antes de que se inventara el Twitter, TikTok, los debates televisivos y esa maravillosa costumbre contemporánea de opinar con absoluta seguridad, sobre asuntos que desconocemos por completo, ya había un señor en Atenas llamado Sócrates haciendo preguntas incómodas.

Sócrates no escribió tratados filosóficos, el solo preguntaba hasta que su interlocutor descubría, que aquello que creía saber con absoluta certeza quizá no lo sabía tanto; una práctica que, si se aplicara hoy en las redes sociales, probablemente produciría una catástrofe humanitaria. Porque Sócrates habría preguntado: ¿Qué es la justicia? y alguien le habría respondido: La justicia es defender a los buenos. Entonces Sócrates habría preguntado: ¿Y quiénes son los buenos?, los que están de nuestro lado. ¿Y cómo sabemos que nuestro lado es el bueno? Y allí probablemente se habría terminado la amistad.

Pero esa es precisamente la grandeza de la pregunta socrática; nos obliga a sospechar de nuestras propias certezas.
Y eso resulta especialmente útil en política; porque hemos convertido nuestras convicciones en pequeñas fortalezas amuralladas; desde allí observamos al enemigo y le aplicamos la ética; a los nuestros, en cambio, les aplicamos comprensión. Si el adversario miente: es un mentiroso y si el nuestro miente: es qué está simplificando el mensaje. Si el adversario utiliza la fuerza: es autoritario y si el nuestro utiliza la fuerza: está defendiendo el estado de derecho; y así, sin darnos cuenta, hemos creado una sofisticada doctrina filosófica: la ética del espejo, todo depende de quién esté parado frente a él.

Platón heredó de Sócrates, buena parte de esa preocupación por la justicia. En "La República", la pregunta por la justicia no es un simple asunto de buenos modales. Está vinculada con el orden de la ciudad y con el orden interior del individuo; la idea es mucho más profunda de lo que parece. Una sociedad justa no puede depender únicamente de que cada individuo haga lo que le conviene; porque si cada cual define la justicia según su propio interés, la justicia termina convirtiéndose en una especie de supermercado moral:
uno escoge lo que necesita, paga con argumentos y sale convencido de que hizo una compra filosóficamente responsable; y eso es exactamente lo que hacemos en política; construimos una moral a la medida de nuestras simpatías.

Aristóteles, discípulo de Platón, llevó la discusión por otro camino; para él, la ética no consistía simplemente en conocer el bien, había que formar el carácter. Para el la virtud se construye mediante hábitos: aprendemos a actuar bien practicando el bien. La ética, por tanto, no es solamente una teoría sobre cómo deberíamos vivir; tiene que ver con la manera concreta en que vivimos.

Y aquí aparece una pregunta incómoda:
¿de qué sirve hablar de honestidad si solamente somos honestos cuando no tenemos nada que ganar con la mentira?
¿De qué sirve hablar de justicia si solamente defendemos la justicia cuando favorece a nuestros amigos?
¿De qué sirve hablar de democracia si solamente aceptamos sus resultados cuando gana nuestro candidato? Quizá Aristóteles nos diría que el problema no está únicamente en nuestras opiniones; porque está en nuestros hábitos. Nos hemos acostumbrado a justificar y quien adquiere el hábito de justificar termina siendo capaz de justificar casi cualquier cosa.

Luego llegó Kant con una idea todavía más incómoda. El filósofo alemán propuso que la moral debía descansar en principios que pudiéramos querer como reglas universales. Su famoso imperativo categórico exige que nuestras máximas de conducta puedan valer para todos, no solamente para nosotros cuando nos resultan convenientes. Traducido a lenguaje colombiano: no puedes pedir una regla para los otros y una excepción para los tuyos. Si está mal robar cuando lo hace el adversario, está mal robar cuando lo hace nuestro candidato.

Si está mal mentir cuando lo hace la izquierda, está mal mentir cuando lo hace la derecha. Si es inmoral perseguir políticamente a un enemigo cuando lo hace un gobierno que odiamos, también debería ser inmoral cuando lo hace un gobierno que apoyamos. Si la libertad de expresión es un derecho, debería seguir siéndolo cuando habla alguien cuya opinión nos produce urticaria. Y si defendemos la democracia, deberíamos defenderla incluso cuando los resultados electorales nos producen una profunda indigestión.

Ese es el problema de Kant, no deja mucho espacio para la trampa. Hume, por su parte, vino a recordarnos algo todavía más humano: que no somos máquinas racionales. Nuestros sentimientos, simpatías, antipatías y pasiones participan profundamente en nuestros juicios morales. Para Hume, la aprobación moral está estrechamente relacionada con nuestras respuestas humanas frente a las conductas y los caracteres de los demás. Y aquí quizá encontramos una explicación de nuestra conducta política. Primero nos cae mal alguien. Después descubrimos que es malo. Primero amamos a nuestro líder.
Después descubrimos que todo lo que hace tiene una justificacion.

Y Nietzsche, que nunca tuvo demasiado interés en dejarnos tranquilos, nos habría preguntado de dónde vienen realmente nuestros valores. ¿Quién los construyó? ¿Quién se beneficia de ellos?
¿Quién decide qué llamamos bueno y qué llamamos malo? Nietzsche desconfiaba profundamente de las morales presentadas como verdades eternas e intocables y sometió los valores heredados a una genealogía crítica. Su pregunta sigue siendo incómoda: ¿cuánto de nuestra moral es realmente convicción y cuánto es herencia, costumbre, resentimiento o necesidad de pertenecer?

Eso también sirve para la política;
porque muchos colombianos no defienden una idea porque la hayan pensado; la defienden porque pertenece a su tribu. Y una tribu política tiene una ventaja maravillosa: uno nunca está obligado a pensar demasiado; porque el grupo ya pensó por uno; solo hay que repetir y aquí entramos en uno de los terrenos más delicados: la religión.
Porque la religión puede ser una fuente extraordinaria de valores, compasión, solidaridad y sentido de responsabilidad;
pero también puede convertirse, como cualquier otra estructura humana, en un instrumento para juzgar al otro mientras nos concedemos indulgencia a nosotros mismos.

El creyente puede condenar la inmoralidad del que no comparte su fe; el ateo puede sentirse moralmente superior porque no cree en Dios; el conservador puede acusar al progresista de destruir la sociedad; el progresista puede acusar al conservador de querer destruirla también. Unos pueden invocar a Dios; otros pueden invocar a la historia y todos pueden terminar haciendo exactamente lo mismo: utilizar una autoridad superior para darle sello de legitimidad a sus propias preferencias.

El problema entonces no es creer; el problema tampoco es no creer. El problema aparece cuando creemos que nuestra creencia nos convierte automáticamente en mejores personas.
La historia humana demuestra que ninguna ideología, religión o doctrina ha conseguido abolir la capacidad humana para hacer el mal mientras se convence de que está haciendo el bien.

Y entonces aparece Colombia, si ese maravilloso laboratorio donde podemos observar todas estas contradicciones, funcionando simultáneamente. Durante años hemos construido una política en la que la moral parece tener partido político. Ya que cuando gobierna la izquierda, una parte de la derecha descubre de repente una apasionada vocación por la institucionalidad;
cuando gobierna la derecha, una parte de la izquierda descubre una repentina preocupación por los derechos humanos.

Cuando un gobierno que detestamos negocia con un grupo armado, hablamos de complicidad. Cuando lo hace uno que apoyamos, hablamos de paz. Cuando el adversario cuestiona las instituciones, está destruyendo la democracia. Cuando las cuestionamos nosotros, estamos salvando la democracia. Cuando el otro protesta, es vandalismo. Cuando protestamos nosotros, es participación ciudadana. Y cuando el otro gana las elecciones: el pueblo se equivocó; pero si ganamos nosotros: la democracia habló. Esta última frase debería ser estudiada algún día por los filósofos;
porque aparentemente la democracia tiene la curiosa costumbre de hablar con voz muy clara, cuando gana nuestro candidato y de padecer sordera temporal cuando pierde.

Después de aquella conversación con mis amigos, me quedó una sospecha; tal vez no necesitamos tanta gente hablando de moral; necesitamos más gente practicándola; porque hablar de ética es relativamente sencillo; hasta un corrupto puede dar una conferencia sobre transparencia. Hasta un autoritario puede hablar durante tres horas sobre libertad. Hasta un mentiroso puede escribir un tratado sobre la verdad.

La verdadera dificultad está en vivir aquello que predicamos. Ahí es donde la filosofía deja de ser un asunto de libros y comienza a convertirse en un asunto de carácter. Quizás Sócrates tenía razón al enseñarnos a desconfiar de nuestras certezas. Quizás Platón tenía razón al insistir en la justicia. Quizás Aristóteles tenía razón al decirnos que el carácter se forma con nuestros hábitos. Quizás Kant tenía razón al exigir principios que puedan valer para todos. Quizás Hume tenía razón al recordarnos que nuestras pasiones participan en nuestros juicios.

Quizás Nietzsche tenía razón al obligarnos a mirar de dónde vienen nuestros valores y quizás Arendt tenía razón al recordarnos que pensar es también una forma de responsabilidad.
Pero todos ellos, juntos, nos dejan frente a una pregunta que ningún filósofo puede responder por nosotros:
¿qué hacemos cuando nuestros principios chocan con nuestros principios?

Finalmente, quizá la filosofía sirve para algo mucho más sencillo que ganar discusiones: sirve para descubrir las veces que uno está equivocado......

Nota. Bibliográfica.

Para entender este galimatias es importante consultar:

Aristóteles. Ética a Nicómaco.

Platón. La República. Madrid: Gredos.
Referencia central para la reflexión sobre justicia, virtud, poder.

Platón. Apología de Sócrates. Madrid: Gredos.

Kant, Immanuel. Fundamentación de la metafísica de las costumbres. Madrid: Alianza Editorial.

Hume, David. Investigación sobre los principios de la moral. Madrid: Alianza Editorial.

Nietzsche, Friedrich. La genealogía de la moral. Madrid: Alianza Editorial

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