15/12/2025
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Capitulo 1...4
Juntos recorrían las polvorientas avenidas del pueblo, y los niños, al verlos pasar, estallaban en un coro que era más un himno que una burla:
—¡Ahí van el José Maco y la Papelito!
José siempre llevaba un tabaco en la boca, una bolsa al hombro, una hamaca rota y un telar de madera que, según la voz popular, no servía para tejer ropa, sino para tejer tormentas.
Mientras tanto, la Papelito pedía comida, recitaba cantos y arrancaba risas y tristezas al mismo tiempo con su canto desafinado, mitad canción, mitad lamento, mitad alegría.
Al amanecer también se les veía en el puerto de las chalupas, lugar donde llegaban y salían las lanchas que cruzaban el gran río Magdalena rumbo a diferentes destinos. El río era ancho como una bendición, para atravesarlo, todos preferían la chalupa antes que el ferry que solía demorar más que las lluvias en verano. Así que la gente madrugaba para tomar ese transporte ligero y ruidoso que los llevaba al otro lado, donde podían seguir camino hacia los pueblos vecinos, tomar buses para las capitales o subirse a los jumbos, las chalupas grandes y veloces que iban directo a Barranquilla.
A esa hora, el puerto se convertía en un hormiguero de viajeros: mujeres cargando bebés dormidos, hombres con bultos al hombro, comerciantes, pescadores y agricultores que iban y venían entre el v***r de las ollas y el polvo que levantaban las mulas. El Maco y la Papelito llegaban allí a pedir limosna, a contar historias y a echar chistes que hacían reír hasta a los recién llegados.
Aquel puerto era un festival improvisado: el bullicio de la venta de granos, carnes, pescados y verduras se mezclaba con los relinchos de las mulas, el rebuzno de los burros, el ladrido de los perros y el rugir de los motores. Entre aguardiente, tinto y cerveza, sonaban rancheras tristes y alegres, como si los cantantes quisieran enviar sus p***s río arriba para que se perdieran entre las aguas.