30/05/2026
La tiranía de las encuestas
Con las encuestas pasa algo muy raro: todos las esperamos con mucha expectativa, pero después nos dejan insatisfechos. Además, son tantas las que publican, y sus resultados son tan distintos, que hasta desconfiamos de ellas. Ni qué decir cuando al que lo miden es a uno, pues si el resultado es favorable es porque la encuesta es confiable; pero si es desfavorable, es porque está amañada.
Yo mismo, cuando fui candidato a la Alcaldía de Cali, no les ponía atención al principio. ¿Cómo iba a darles crédito si empecé marcando menos del 1 por ciento en la intención de voto? Pero a medida que pasaban las semanas y mi nombre escalaba posiciones, esas mismas encuestas me motivaban a emplearme a fondo para sobrepasar a Angelino Garzón, que en ese momento parecía imbatible, pues venía de ser el vicepresidente de Juan Manuel Santos. Pero faltando una semana para las elecciones, ya las encuestas anunciaban un empate técnico entre Roberto Ortiz y yo. Al final le saqué 112.759 votos de diferencia al primero y 88.876 al segundo.
Como alcalde tampoco les di importancia. Quizá porque al principio me ubicaban con una popularidad razonablemente buena. Pero hubo una caída en mi aceptación que preocupó tanto a las personas de mi círculo cercano, que se encargaron de transmitirme su angustia. Entre ellas Patricia, mi esposa, que todas las noches, cuando regresaba de trabajar, me recibía diciéndome que la gente estaba volviéndome trizas en las redes sociales.
De alguna manera eso sirvió para que dejara de ignorar las comunicaciones, porque siempre he creído que la verdad, al final, termina imponiéndose. Además, me parecía que una ciudad con tantas necesidades y tan poco presupuesto no podía darse el lujo de destinar recursos para comunicar lo que estábamos haciendo. Pero entendí a las malas que si uno no cuenta lo que hace, se puede interpretar como que no se está haciendo nada. Y ahí es cuando aparecen los opositores a llenar los vacíos con sus propias versiones.
Entonces decidí darles alguna importancia a las comunicaciones y logré visibilizar lo que yo creía que todo el mundo reconocería sin poner de mi parte. Eso me ayudó a terminar la alcaldía con una aceptación más o menos decorosa. Sin embargo, debo anotar que no se trata de comunicar por comunicar, como lo hacen en ciertas alcaldías y gobernaciones; se trata de ejecutar y acompañar los resultados con una comunicación seria, sin estridencias, porque es inaudito utilizarla para proyectar una carrera política presidencial. No hay derecho a que se gasten recursos públicos en publicidad para beneficio personal.
No hay duda de que las encuestas han protagonizado esta campaña presidencial. Han sondeado tantos nombres como jurados de votación habrá el próximo domingo. Con cada medición que sale, aparecen cuatro o cinco más donde los márgenes se agrandan o se estrechan. Depende de quién las publique. Para justificar los resultados, los encuestadores dicen que cada una revela la foto de un momento específico. No he dejado de preguntarme como es que si todos toman esa foto al mismo tiempo, sus resultados son tan diferentes.
El hecho concreto es que tras una larga y polarizante campaña electoral, ha llegado el momento de elegir. Y el único consejo que puedo ofrecer es que voten por quien quieran, pero salgan a votar. Sin ponerle atención a lo que hayan estipulado las encuestas. Porque, definitivamente, el voto que más valor tiene es el que se deposita por convicción.