17/07/2026
SAMBO: CIEN AÑOS DE UN HOMBRE QUE SIGUE VIVO EN LA MEMORIA DE SOPLAVIENTO.
Hoy, 16 de julio, José Sarmiento Ortega habría llegado al centenario de su existencia. Cien años de una vida que dejó una huella imborrable en el corazón de Soplaviento y que el paso del tiempo no ha logrado borrar.
Para quienes lo conocieron, bastaba pronunciar su apodo, SAMBO, para que la memoria comenzara a poblarse de imágenes y entrañables recuerdos.
Si la muerte no hubiera escrito el punto final de su historia, desde muy temprano la calle La Loma, en el barrio que lleva el mismo nombre, estaría vestida de fiesta. La música recorrería cada rincón del vecindario anunciando que el cumpleaños del SAMBO había llegado, porque celebrar la vida era, para él, mucho más que una costumbre: era un acto de gratitud, un ritual sagrado que nadie podía interrumpir.
En el fogón herviría lentamente la enorme olla del tradicional sancocho de costilla de res, cuyo aroma se mezclaría con la alegría de los presentes. No era solo un plato para compartir; era la excusa perfecta para reunir afectos, estrechar abrazos y alimentar esa amistad sincera que el tiempo jamás pudo desgastar.
Y, como si se tratara de un libreto escrito de antemano, aparecerían sus inseparables compañeros de tantas jornadas: Augusto Amor, "El Paye"; Carlitos Pérez Cueto; y el inolvidable "Campeón". Ellos no eran simples invitados. Eran parte esencial de una celebración reservada para quienes ocupaban un lugar privilegiado en el corazón del homenajeado.
Estar allí significaba haber conquistado el tesoro más valioso que puede ofrecer un ser humano: su amistad.
Hoy todo aquello pertenece al territorio de los recuerdos. Sin embargo, basta cerrar los ojos para volver a escuchar la música, sentir el aroma del sancocho y contemplar la alegría que irradiaba un hombre cuya mayor riqueza consistía en compartir con los suyos.
SAMBO ya no camina por las calles de Soplaviento, pero sigue habitando en la memoria de su pueblo. Vive en las conversaciones de quienes lo conocieron, en las anécdotas que se transmiten de generación en generación y en ese cariño inmenso que solo despiertan los hombres auténticos, los que hicieron del afecto una forma de vivir.
Porque hay personas que mueren y desaparecen con el tiempo. Otras, en cambio, derrotan al olvido. José Sarmiento Ortega pertenece a estas últimas.
Su nombre quizá figure en los registros civiles, pero fue SAMBO quien conquistó la inmortalidad en la memoria colectiva de Soplaviento.
Hoy, cuando se cumplen cien años de su nacimiento, no lo recordamos con tristeza, sino con la gratitud de haber compartido una época que él supo llenar de alegría, generosidad y amistad. Mientras alguien pronuncie su nombre y evoque una de sus historias, el gran SAMBO seguirá celebrando la vida entre nosotros.
Que Dios lo tenga en el lugar de honor reservado para los hombres buenos, aquellos que hicieron de su paso por este mundo una fiesta para los demás.