05/07/2025
Hace algunos días, recibimos unas fotografías y mensajes sobre una familia que vive en una zona rural de Tonchigüe, un poco más adentro, lejos del ruido, pero no del olvido. Una madre valiente, con más de seis hijos, enfrentando muchas necesidades, especialmente en alimentación y educación. Varios de sus pequeños no tenían ni siquiera los útiles escolares para continuar su aprendizaje.
Con mi esposa, y desde lo poco que tenemos, decidimos movilizarnos hasta su hogar. Recolectamos ropa de nuestros hijos que ya no les quedaba, conseguimos algunos útiles escolares y una ración de alimentos. Y llegamos hasta esa casa… una casa humilde, pero llena de alegría.
Allí, frente a esos niños —todos menores de 14 años—, nuestros corazones se estremecieron. Nos recibieron con una sonrisa que jamás olvidaremos. Fue un momento que nos tocó profundamente. Porque así como hay familias con más comodidades y oportunidades, hay muchas que cada día luchan simplemente por sobrevivir.
Esto no lo hicimos por política, ni por aplausos. Lo hicimos porque somos seres humanos. Porque también hemos vivido la escasez, y sabemos lo que duele. Porque el corazón no se mide por el cargo, sino por la compasión.
Gracias a esa familia por abrirnos las puertas de su hogar y de su vida. Y gracias a quienes nos compartieron su historia y nos permitieron llegar hasta ellos. Hoy los llevamos en el alma. Y cada gesto, cada mirada de gratitud, nos recuerda que cuando el amor guía los pasos, ningún camino es en vano.
Sigamos siendo puentes. Sigamos siendo manos que se extienden. Porque nadie lo tiene todo, pero todos tenemos algo que dar.