01/05/2025
𝑳𝒐𝒔 𝒂𝒑𝒐𝒅𝒐𝒔 𝒅𝒆𝒏𝒕𝒓𝒐 𝒅𝒆 𝒏𝒖𝒆𝒔𝒕𝒓𝒂 𝒓𝒆𝒂𝒍𝒊𝒅𝒂𝒅.
𝙋𝙖𝙧𝙩𝙚 𝙁𝙞𝙣𝙖𝙡.
Los sobrenombres o apodos son una parte integral de la cultura ecuatoriana desde tiempos ancestrales. En la era precolombina, las tribus indígenas lo utilizaban para distinguir a sus miembros y establecer jerarquías sociales. Estos apodos a menudo se basaban en las habilidades, características físicas o la región de origen. Con la llegada de la colonización española, los ibéricos asignaban apodos a los indígenas para establecer estatus social e incluso como denigración.
Los apodos, han evolucionado a lo largo de los años, adaptándose a cambios sociales, culturales, regionales; se usan de manera informal, denotando cariño y aprecio por amigos, familiares, compañeros o conocidos, pero también se los toma como burla despectiva e irrespetuosa.
A nivel de la capital de la república, se pusieron motes a los forasteros, como el caso de los oriundos del extremo nombre (provincia del Carchi) a los que se nombró como “pupos”, a los venidos de la parte austral: “morlacos”, a los costeños: “monos”, a quienes venían de Ambato: “guaytambos”, a los latacungueños: “mashcas”, a los venidos de la región amazónica: “aucas”.
Propio de una ciudad pequeña, como la nuestra, donde todos se conocen con todos o por lo menos así parecería, los apodos son parte de la espontaneidad, llevados también por el apelativo utilizado en las primeras décadas del siglo XX para llamar a los provincianos en especial de la parte centro norte de la Sierra, como “chagras”, que servía para denominar también a los campesinos pobres y a los latifundistas, aplicado indistintamente a quienes venían del campo, el término no se fijaba en rasgos étnicos o aspectos raciales específicos, como sí, lo hizo: “longo”, “cholo” y “mulato”.
Denota que hay una variedad de motes, que hacen referencia por ejemplo a rasgos físicos: irqui, omoto, manco, mudo, suco, patucho, sambo, lluro, wisto, pelón; también podrían ser tomados en cuenta los diminutivos de los nombres (hipocorísticos): Lucho, Pepe, Charo, Pancho, Maruja, Nacha, Lola, Llallo, Chabela, Chana, Miche, Beto, Lupe, Bacha, Chelo, etc.; los que denotan parecidos a animales: chivo, conejo, pájaro, mono, gato, pato, loro, borrego; o los que se toman de personajes: Kalimán, Tarzán, Superman.
Haciendo un repaso a lo local veremos como a los aloasileños los llaman “cotos”, a los uyumbichenses “areperos”, a los aloeños se los ha tenido por ser enojones tal vez por eso no dejaron que se les designe de otra manera, en Tandapi se tiene a los “montubios”, los machacheños como “coles verdes”, finalmente a los de Tambillo se los llamó como: “mishcapiedras”.
Para rematar la chispa machacheña, donde se denota picardía e ingenio, con apodos que se fueron heredando como: batatazo, bomboroto, caquita, canca, cashón, chachire, chazo, chichibuche, chibiliche, chilicuto, chomelo, chugo, chulo, cuyseco, chusca, cucomono, guanchinplin, llito, llullo, matute, mishquichuro, macuco, patalarga, perica, rebulicio, tatarata, tatachin, tililaco, valico, entre otros.
Los nombres y apellidos no bastan para diferenciarnos los unos a otros, sobre la base del respeto, se ha querido traer a colación una conducta propia del ser humano y mucho más de sociedades inquietas, que han debido poner su impronta en algo tan general como la nominación, dada la rica herramienta que es el idioma, enriquecido con acentos regionales, marcando por palabras que provienen de la chispeante cultura caribe, de los giros mejicanos y de las modulaciones andinas.
𝙁𝙤𝙩𝙤𝙜𝙧𝙖𝙛í𝙖𝙨: Fotografía Patrimonial- Archivo del Instituto Nacional de Patrimonio Cultural- INPC.