03/05/2026
Jaime Nebot construyó su imagen política siendo frontal, desafiante y sin miedo a confrontar al poder. Fue el político que le hablaba duro a presidentes, que marcaba territorio y que repetía que con Guayaquil no se metía nadie. Su estilo era la confrontación directa, la firmeza y hasta la soberbia política como sello personal.
Pero hoy, frente a Daniel Noboa Azin, ese Nebot parece otro. Sus declaraciones suenan tibias, calculadas, sin la fuerza de antes. Ya no es el líder que desafiaba al poder, sino un actor político prudente, casi temeroso, que mide cada palabra y evita el choque frontal.
La respuesta es simple, cuando alguien baja tanto el tono frente al poder, normalmente no es por prudencia, sino por conveniencia. Y en política, muchas veces el silencio tiene explicación, rabo de paja.
Durante años, su estructura política tuvo enorme influencia en espacios de poder, especialmente en la justicia, en decisiones clave y en redes de poder económico. Existen demasiadas sombras, demasiados silencios convenientes y demasiados intereses cruzados como para pensar que esa tibza es casualidad.
Nebot ya no grita porque sabe que también puede ser observado. El político que antes amenazaba con fuerza, hoy prefiere la diplomacia del miedo. Y cuando un viejo león deja de rugir, no siempre es por sabiduría, a veces es porque sabe demasiado de su propio pasado.